domingo 20/6/21
MEMORIA

El pasado que no se puede olvidar

Fotomontaje de la recreación que se realizó en las caballerizas del Palacio de La Magdalena y la foto original del campo de concentración
Fotomontaje de la recreación que se realizó en las caballerizas del Palacio de La Magdalena y la foto original del campo de concentración

Todavía recuerdo las excursiones que el colegio público donde cursé mis primeros estudios organizaba año tras al año al Palacio de la Magdalena de Santander. Financiado gracias a las respectivas fortunas de Ramón Pelayo de la Torriente, futuro Marqués de Valdecilla, la familia Botín y la Sociedad de Amigos de El Sardinero, quienes aportaron la para nada desdeñable cantidad de 100.000 pesetas de principios del siglo XX con el objetivo de albergar la residencia de verano del rey Alfonso XIII, este monumental retiro idílico junto a la Bahía de Santander no sólo es uno de los enclaves más conocidos de la región, sino también visita obligada para los cientos de escolares que cada año continúan recorriendo sus estancias y disfrutando de sus espacios recreativos cuando la llegada de la primavera regala un espléndido sol y un olor a salitre difíciles de olvidar.

Este recinto había servido como campo de concentración para más de 1.600 prisioneros republicanos hasta el otoño de 1939

El mejor momento de aquellas excursiones llegaba al mediodía, tras el parón para el almuerzo. Decenas de niños y niñas, sentados a la sombra de los riscos o bien en los bancos, a la testera del sol, abrían sus mochilas y empezaban a devorar los bocadillos preparados en sus casas esa misma mañana, con el papel de plata chorreando la grasa del lomo de cerdo empanado, el filete de ternera o la tortilla francesa. Incluso recuerdo que hacíamos competiciones entre nosotros para ver quién acababa antes de comer y se ponía lo más rápidamente posible en la cola del chiringuito para tomar un helado con las miras puestas en nuestra particular sobremesa, aquel “legendario” partido de fútbol en la campa de la magdalena.

La campa de la magdalena, con las caballerizas al fondo La campa de la magdalena, con las caballerizas al fondo

No recuerdo el por qué, pero tras numerosas visitas en diferentes cursos, pocas veces nos acercamos al edificio que se encontraba (y se encuentra) justo en la trasera de aquel chiringuito, las famosas caballerizas del Palacio. Fuera quizás debido a su propio significado etimológico, nunca este complejo tuvo un papel destacado en nuestras excursiones, ni siquiera como lo que en verdad acabaría siendo, la residencia de estudiantes de la Universidad Internacional de Verano de Santander, hoy sede principal de los Cursos de Verano que oferta la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP).

Muchos años después, mientras preparaba un trabajo relacionado con el tratamiento que la memoria histórica recibe en nuestro sistema educativo, estuve pensando largo y tendido en aquellas visitas. Nunca nadie nos había hablado, si mi propia memoria no me falla, del pasado oculto que recorre una de las estancias de la Península de la Magdalena, concretamente de las (para nosotros) desconocidas caballerizas. Nunca nadie nos había dicho que, tras la caída de Santander en manos de las tropas sublevadas en agosto de 1937, este recinto había servido como campo de concentración para más de 1.600 prisioneros republicanos hasta el otoño de 1939, cuando en origen su capacidad no permitía albergar ni siquiera a la mitad de esa cifra, unos 600. No resulta difícil imaginar entonces cuáles fueron las insalubres condiciones de vida de esos presos políticos durante poco más de dos años, obligados, entre otras cosas, a bañarse en las frías aguas de la Playa de la Magdalena en los meses de invierno.

Llegó la hora de defender mi trabajo ante tribunal público y no pude no incluir el campo de concentración de la Magdalena como uno de los muchos lugares de memoria que lamentablemente tienen Cantabria y España, lugares que deberían siempre ser reconocidos y habilitados por las autoridades políticas competentes, también las educativas. Mientras hablaba sobre ello observé que uno de los miembros del tribunal seguía muy atento mi explicación, quizá más de lo normal. En el turno de réplica, el profesor tuvo a bien hablar de su abuelo, uno de esos 1.600 prisioneros que habían tenido la desgracia de conocer demasiado bien las caballerizas, desde luego mucho mejor que yo tras aquellas repetidas excursiones.

Ahora que estoy a punto de alcanzar la edad que tenía entonces aquel hombre cuando estuvo preso en la Magdalena me pregunto si la historia y la memoria habrán llegado ya a este lugar para quedarse.

El pasado que no se puede olvidar
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