martes. 23.04.2024

Me llevaron de niña, como excursión escolar que complementaba nuestra formación  de pequeñas fascistas. Era la época en que se estudiaba Formación Espíritu Nacional, que contaba como nota final. La asignatura refería las glorias de la Falange Española y de las Jons, erigía como héroes sublimes de la patria a José Antonio Primo de Rivera, Ramiro Ledesma Ramos y Onésimo Redondo, que completaban la triada ideológica con el Generalísimo Franco.

Y las excursiones abundaban en la formación porque la dictadura no dejaba fleco que tratar. Educar, para ser españolas de bien,  a las niñas/os de la época era la función   principal de aquellos maestros que blandían la regla como arma de persuasión y la ocre oscuridad de las aulas como tormento a la infancia.

Recuerdo vagamente aquel viaje porque apenas debía de tener seis o siete años, quizá menos. Nos llevó mi maestra de entonces, la señorita Rocío que era prima de mi padre y recogía a infantes en su casa dentro de un aula bastante deprimente. La señorita Rocío era nieta de un hombre que no pudo soportar la derrota y se ahorcó el día veintiséis de agosto en la cuadra, al tiempo que las tropas moras, italianas y en menor medida españolas, atravesaban las calles de mi ciudad con paso triunfante, manos levantadas y oropeles de venganza. El buen hombre dejó escrita una carta pidiendo perdón a la familia,  asegurando que no podía soportar vivir bajo el fascismo* La señorita Rocío, seguro que conocía la historia de su abuelo pero callaba y transigía con la dictadura como forma de sobrevivir. Y nos llevó en autobús a conocer la Pirámide.

De los italianos, que la llamaban, porque en su seno guardaba los cadáveres de 360 soldados, parte pequeña de los 70.000 que envío el Duce Mussolini a su amigo Franco, para “liberar”, decían, a los españoles de las hordas rojas… Habían muerto en  la batalla del Escudo, justo en el que participó mi tío abuelo, Anastasio Cañedo Mancebo, como teniente y que le costó ser fusilado año y medio después. No mereció, como los italianos, ninguna pirámide, porque le arrojaron a una zanja como a un perro, en el cementerio de Vistalegre, en Derio. Es que él no “liberaba” nada, solo combatía por la libertad, la democracia y la legalidad republicana. No como los fascistas italianos, claro.

A las tropas fascistas que venían de “liberar” Bilbao y de correr como gazapos en Guadalajara, se les construyó la pirámide, con la enorme M, de Mussolini,  que antecede a la entrada, para honrar su memoria. Mientras las zanjas y cunetas de España se llenaban de “rojos” como mi tío. Todo normal.

La pirámide está engalanada con los símbolos fascistas más genuinos, tiene una altura de 20 metros y el porte siniestro en un páramo que separa Cantabria de Burgos. Tiene grabados que evocan el fascismo italiano como el símbolo del haz de flechas, de origen etrusco pero copiado por Mussolini como símbolo de fuerza. Un agujero permite el paso de luz e iluminar un “Presente, presente, presente”.

Recuerdo la visita solemne que hice de niña, sobrecogida, por entrar en semejante catafalco lleno de nichos con nombres italianos, yugos, flechas, frases italianas y vivas al Duce. Como pesadilla no tenía precio, se lo reconozco. Recuerden, éramos nenas de seis o siete años…o menos.

Ese pifostio se erigía como vigía y aviso de que en la España de Franco se admiraba al Duce y a Hitler se le consideraba un poco equivocado (por eso de que era algo ateo y tal) pero un glorioso estratega, amigo/hermano de nuestro Generalísimo. Por eso nos llevaban a la pirámide. Para constatar la realidad histórica en la que vivíamos. Nada sabíamos entonces de cómo acabó el Duce, mirando hacia abajo desde un cableado, ni el despiporre que produjo el tercero en discordia, el amigo Adolf. Porque en España la historia la contaban quienes la ganaron. Los otros, ya les dije, andaban por el mundo (aproximadamente un millón de exiliados) enterrados sin tumba (más de ciento cuarenta mil) y el resto callados e intentando pasar desapercibidos, que es otra forma de exilio y de muerte.

Hoy, hace unos días, la pirámide de mi infancia ha vuelto a ser noticia. Al recibir un wasap de la Asociación de Recuperación de la Memoria Histórica, me quedé sin habla…casi sin entender lo que Emilio Silva trasmitía.

¿Qué han declarado Bien de Interés Cultural a ese catafalco de piedras oscuras que contuvo muertos fascistas? No, no podía ser. Les confieso que no pensé tanto en el simbolismo -eso vino después- como en la total horterada del monumento. ¡Hay que tener mal gusto! me dije, para hacer BIC a ese truño que de puro feo y siniestro nos asustó a las pequeñas de la lejana excursión nada más bajarnos del autobús. Pues sí. Era cierto. La Pirámide de los italianos era declarada BIC por la Junta de Castilla y León a propuesta de su consejero de ¿Cultura? Carlos Fernández Carrielo y como no, por el genuino representante de VOX, el vicepresidente Juan García-Gallardo. Dos hombres con gusto, ¡vive Dios!

La pirámide, fue vaciada en 1971 debido a un grave accidente de autobús que se despeñó con las personas que venían de Italia a rendir homenaje a sus “héroes”. Al poco tiempo el gobierno italiano repatrió a los cuerpos. Los viajes del fascio italiano siguen, además de los españoles que visitan el mamotreto con la nostalgia del pasado que representa ese túmulo de piedras ennegrecidas por el tiempo y quizá por el desprecio de la gente de bien.

Es un monumento, que recibe visita y homenaje de sus adeptos con frecuencia,  lo que han declarado BIC la Junta de Castilla y León, con el claro propósito  de que no sea demolido según marca la Ley de Memoria Democrática que indica que debe restringirse todo monumento que produzca: “exaltación de la sublevación militar y de la dictadura, de sus dirigentes, participantes en el sistema represivo o de las organizaciones, y las unidades de colaboración entre el régimen franquista y las potencias del eje durante la Segunda Guerra Mundial”.

Al declararse Bien de Interés Cultural, salvan al mamotreto y consignan que todo está quieto y atado. Para disimular y sin que se les salte la risa, declaran que: “es un bien único dentro del patrimonio cultural de Castilla y León por su diseño y los valores estéticos, arquitectónicos y paisajísticos”. Esperan, añaden, que se potencie el turismo de la zona para contemplar el arte del  monumento.

Lo afirman sin despeinarse ni nada…

El insulto a las víctimas, que como mi tío lucharon en la batalla del Escudo siendo fusilados por ello y a todas las víctimas del fascismo, es de tal calibre que por fuerza me ha retrotraído al viaje -olvidado viaje- de mi infancia y el terror que me inspiró entrar en esa oquedad de la historia que aterraba hasta a los de su cuerda.

Esta España que saldrá a la calle el día ocho de marzo, que investiga, inventa, y lucha cada día por ser más y mejor, tiene pequeños tumores enquistados en su pellejo. Son tumores malignos, espesos, densos que contemplan el pasado con añoranza y desearían volver a los tiempos del silencio, de cuando campaban por los pueblos con las camisas remangadas y el pistolón al cinto, incautando (robando) bienes, violando a rojas, golpeando hasta extenuarse a rojos y viviendo como los patrones divinos que les dijeron que eran.

Esos tumores, consideran bello el catafalco de la pirámide porque en su estulticia aguda, -agudísima- carecen de gusto, de interés en el arte, y no distinguen el truño del monumento. Esos tumores no son grandes, pero sí invasivos y perniciosos porque nos insultan y nos corrompen al impulsarnos los bajos instintos.

Les confieso que, por mi parte, ese instinto volaría el catafalco y collejearía a los integrantes de la Junta de Castilla y León, hasta sentir la vaciedad de sus cerebros. Me contengo, claro, me pongo a escribir y aplaco mi impulso agresivo porque nosotras, sí somos mejores que  los que solo les alimenta el odio.

Que también les digo, lo cambio por el desprecio. Al odio, digo.

La Pirámide
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