domingo. 14.04.2024

Son viajes para los que una se prepara concienzudamente. Informándose de las peculiaridades del mismo, preparando las emociones para que no se desaten condicionando la percepción de una realidad que pretendemos asimilar y luego contar con precisión sin demasiado sesgo emocional. Si les dijera que lo consigo, mentiría, por lo que no lo haré. La preparación previa la hice leyendo con atención “Entre Alambradas” de Eulalio Ferrer dando comienzo a un brote de emociones que solaparon la realidad que pretendía imponerme. Objetividad, María, me decía y me digo. Frialdad para poder contar con soltura y sin desgarrones lo que ves y percepción concreta para expresar de la mejor manera los aprendizajes que todo viaje por la historia doliente, sangrante más bien, de nuestro país.

Tarea ingrata, les confieso, porque una es como es y aunque pretenda mejorar el material con que la construyeron, ahí está para los restos.

El grupo con el que comienzo este camino es tan variopinto como agradable. La mayoría conoce bien la zona y nos amplían con largueza los de la expedición, además de grata compañía y simpatía a raudales. Vamos bien, me digo.

La autopista nos devora los kilómetros sin darnos cuenta, con pavimento perfecto y un coche bien conducido por un Paco incansable y maravilloso… hasta que una cae en la cuenta de que en 1939 ese tropel de gente que atravesó los Pirineos mal comida, mal vestida y con el gesto agrio de la desesperanza dibujado en sus rostros, no tenían las comodidades que ahora disfrutamos. Marchaban atravesando los torturados caminos hasta La Jonquera, con bombardeos tronando en el cielo y la amenaza de morir en el intento. Niños, tullidos, enfermos, cansados de una guerra infame que no quisieron ni buscaron, caminaban en busca de un escape que les condujera a un paz dolorosa, porque el exilio de su tierra, del paisaje conocido, del vecindario, de la madre, de la esposa o esposo, de los hijos, nunca puede ser pacifico. El exilio duele porque el desarraigo es una herida incurable. Es posible que el tiempo la amortigüe pero jamás la cura.

Nuestro coche comía kilómetros y vemos el cartel de Le Perthus. Vuelta a rodar la imaginación por aquellos milicianos y militares que habían luchado por la República, viéndolos entregar las armas aún calientes de defender una patria común, unos valores que soñaron años atrás. Una lucha desesperada por el fin de la Edad Media que en nuestro país duró demasiado ahogando la esperanza de un pueblo que hacía solo ocho años intentó, con entusiasmo juvenil, romper cadenas. Esos militares y milicianos tuvieron que desprenderse de su armamento, tan preciado poco antes, para entregarlo a unas autoridades galas que hacían montañas de forma infamante con ellas. Algo iba mal, debieron pensar los huidos, cuando la otrora amigable Francia, nos recibe como a asaltadores de caminos y no como a combatientes que han perdido una guerra y buscan refugio. Poco tiempo pasaría hasta que llegó el momento en que los/as francesas comieron orgullo por alimento y claudicaron sin honor (no como los/as republicanos españoles) ante la bota nazi.

Los del bando golpista suelen defender su infamia con el argumento de los desórdenes republicanos, del comunismo y mil zarandajas que historiadores serios han desmontado. La República, como cualquier sistema político, cometió muchos errores, nadie lo niega, lo que una ciudadanía decorosa hace es luchar por mejorar, combatir los fallos, incluso los ideológicos y no votar al partido desafecto. Cuando no nos gusta un gobierno tenemos las elecciones siguientes para votar al contrario. Punto. Repitamos el axioma a ver si cala. No, nunca, jamás se justifica un golpe de estado. No y mil veces no. La prueba de que no era ni lícito ni admitido por la población, es que fracasó necesitando tres años, la ayuda de los sistemas infames nazi/fascistas y la indiferencia de las democracias occidentales, para ganar.

En los puestos fronterizos de entonces había un orden de llegada, una opulenta mirada de rostros bien alimentados que contemplaba a los desarrapados del sur como a gente menor. Como a gente inmoral. Eran rojos. Eran perdedores. Eran españoles… Es la misma mirada que ahora contempla a los que llegan en patera, a los palestinos abrasados por el horror genocida nazi/sionista, por los que llegan a Lesbos, por los que cruzan fronteras en busca de un mejor vivir o simplemente, de vivir.

La misma mirada. La misma historia que se repite como un día de la marmota de forma indefinida. El poderoso frente al inmigrante, al refugiado, al pobre, al desclasado… Ojos de odio, de superioridad, de asco.

Nos preguntamos, las/os viajeros de este peregrinaje singular, cómo es posible no aprender de la historia. Cómo es posible repetir y repetir la misma contienda una y otra vez, sin darnos cuenta que los que miran desde arriba, con la suficiencia de la seguridad, en cualquier momento se convierten en carne magra para la picadora de la historia. Como ocurrió con la soberbia francesa que poco después del injusto recibimiento a nuestros compatriotas lustró la bota del nazi recurriendo a los combatientes españoles para librar su propia batalla.

Llegar a Colliure nos reconcilió con la alegría porque es un bello pueblecito, tan recoleto y exquisito como un bistró francés. Comimos bien compartiendo sonrisas, amistad recién descubierta y paseamos por el entorno. Luego enfilamos de nuevo carretera hacia la maternidad suiza de Elna. En este enlace tienen ustedes la información precisa https://www.lapajareramagazine.com/elisabeth-eidenbernz

Pasear por el campo que circunda la casa en donde Elisabeth Eidenbernz hizo su labor, recordando que en un mundo enloquecido y lleno de odio, esta sencilla mujer salvó cientos de vidas de bebés, de mujeres y de niños, nos llena de una dulce emoción que nos hizo compartir la esperanza de que en el mundo hay opciones. Quienes optan por la vida, por cuidar de seres en precario, y quien gasea a la humanidad dolorida en los campos de concentración. Nos preguntábamos porqué no es posible un mundo como el concebido en la casa de Elna... y la respuesta no supimos encontrarla.

Argelés-sur-Mer nos esperaba con la grandiosidad de un Mediterráneo calmado y azul que acariciaba con suavidad la arena pedregosa… recogí un puñadito para tenerla cerca de mis ojos, como tengo la piedra de Gusen. No quiero que se me olvide el dolor que arroparon esas minúsculas piedrecitas, ni cuál es mi gente y que partido tomar. Por si dudo algún día, el puñadito de arena, me contará que siempre serán los débiles, los abandonados, los sufrientes, el motivo y la causa de una lucha perenne. Porque ellos, pueden ser nosotras. Porque ellos lucharon por nosotras. No quiero dudarlo ni olvidarlo. Por eso recogí la arena de Argelés.

Una exposición magnifica a lo largo de un tramo definido en la playa nos tomó de la mano para contarnos la historia. Fueron 100.000 las almas que acamparon en la playa, Ferrer habla en su libro de 300.000, da igual. Con uno solo ya sería suficiente. Alambraron la zona, los dejaron a la intemperie sin letrinas, sin tiendas donde guarecerse del frío, del viento en una playa despejada y donde las olas devolvían las heces que depositaban en la orilla los refugiados españoles, que además de despejarlos de las armas, de perder una guerra, los dejaron sin orgullo mientras ese mar bravío se comía la dignidad de la gente de bien.

Contemplamos la extensión terrosa de la playa imaginando la muchedumbre hacinada, sin nada más que su cuerpo y su desesperación, separados de sus seres queridos, expulsados de su país, excretados por un sistema que muestra indiferencia ante el dolor ajeno, que no empatiza con el doliente hasta que le toca sufrir lo despreciado…Y volvimos a pensar en Lesbos, Palestina, en los campamentos saharauis que languidecen durante más de cuarenta años en un pedregal más inhóspito aunque Argelés-sur-Mer…

Y volvimos a preguntarnos lo mismo. ¿Por qué nos cuesta tanto aprender? Porque el dolor propio no sirve de lección y se entiende que hay caminos que jamás pueden recorrerse porque conducen a territorios infames e infamantes de la inhumanidad.

Mañana nos toca rendir homenaje y recuerdo a un hombre bueno, en el mejor sentido de la palabra, bueno. Don Antonio, que descansa cuidado por la amable población en el diminuto cementerio de Colliure en donde los vecinos le llenan de flores, existe una devoción por su recuerdo y demuestran a los gobiernos españoles que quizá se equivocaron en el trato a los refugiados, pero que aprendieron la lección, hicieron repaso de sus errores y los enmendaron. Que gustoso sería encontrar en nuestro país la dignificación y el decoro francés para nuestros compatriotas.

Mañana, si las fuerzas me llegan, les hablaré de don Antonio y de Colliure.

Y recuerden, fuimos refugiados. Nadie garantiza que no  volvamos a ser…

Viajeras del exilio
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