jueves 27/1/22

Queda poco más de un año para que el Camino Lebaniego vuelva a estar en boca de todos. En 2023 el Monasterio de Santo Toribio de Liébana abrirá al mundo de nuevo su Puerta del Perdón, dando la bienvenida a un nuevo Año Jubilar Lebaniego, el número 74, desde que en 1512 el Papa Julio II otorgara una bula por la que se reconocía el jubileo (indulgencia plenaria) a cuantos peregrinos llegaran al santuario los años en que la festividad de Santo Toribio (16 de abril) coincidiera en domingo.

La citada bula papal se otorgó a partir del reconocimiento por la Santa Sede de quizá la más importante de cuantas reliquias tenemos en España, el “Lignum Crucis”, el mayor pedazo de la Cruz de Cristo de cuantos guarda el orbe cristiano. Debemos a Toribio de Astorga (s.V) contar con tal maravilla en nuestro patrimonio cultural y religioso. Éste viajó en su condición de religioso a Jerusalén, donde fue nombrado sacristán de la iglesia del Santo Sepulcro. Fue en aquella ciudad Santa donde se hizo con importantes reliquias, entre las cuales el “Lignum Crucis” ha destacado, ofreciendo en los oscuros siglos de la invasión musulmana la fuerza y coraje suficiente a las gentes del norte para resistir el avance del Islam, defendiendo su modo de vida, sus costumbres y su identidad.

La custodia de tal reliquia al pie de los Picos de Europa convierte al santuario en una de las tres grandes metas de las vías de peregrinación que cruzan la Península Ibérica, junto a la catedral de Compostela y la Basílica de la Vera Cruz, en Caravaca de la Cruz.

El Camino Lebaniego está al alcance de cualquiera que, por tres o cuatro días, quiera convertirse en “crucero”, nombre que aquí reciben los peregrinos, y andar la senda que une San Vicente de la Barquera con Potes, recorriendo sus setenta y dos kilómetros. La traza del Camino requiere esfuerzo y preparación, como cualquier otra vía de peregrinación, si bien todo cansancio corporal quedará compensado por la belleza de los paisajes y de los hitos de la arquitectura y la historia de los que podremos gozar durante nuestra travesía.

Ya en San Vicente de la Barquera impresiona que una sola calle albergue edificios tan señalados como el Castillo del Rey, del s. XIII, que se alza sobre el espíritu de la primera fortaleza, de la Alta Edad Media, que el rey Alfonso I ordenó edificar, cerrando la muralla de la villa, en época de repoblación del Norte peninsular. Un poco más allá, dejando a un lado el Ayuntamiento, la Iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles ofrece al crucero las maravillas del gótico del s. XIII y prepara su alma para el recogimiento a que invitan los bosques que custodian la senda que nos guía hacia el corazón de Cantabria, hacia la acogida de Santo Toribio.

Nuestra Señora de Los Ángeles

Nuestra Señora de Los Ángeles

Una última mirada al Cantábrico, que se cuela en la villa cruzando con descaro el Puente de la Barquera; un momento de éxtasis recreándose en el toque de campana, las barquitas que descansan sobre la arena en el reposo de la bajamar, las praderas verdes que circundan San Vicente, antes de partir.

La primera jornada de peregrinación nos llevará hasta Cades, pasando por Muñorrodero, donde un cartel anuncia la bifurcación del Camino del Norte y el Lebaniego. El crucero seguirá las marcas rojas, las de la cruz, atravesando la senda fluvial del Río Nansa, al abrigo de sus solitarios bosques, hasta llegar al pie del torreón medieval de Cabanzón (s. XII).

Cascadas río Nansa

Cascadas río Nansa

Cades es un lugar bonito, de encuentro de ilusiones y contacto entre culturas unidas en un objetivo común: disfrutar y vivir la traza del Camino Lebaniego.

Al día siguiente la senda nos acerca a Lafuente, al pie del Macizo de Arria. Este pueblecito alberga uno de los hitos de la arquitectura románica de la Vía Lebaniega, la iglesia de Santa Juliana y San Miguel, del s. XII, cuya sencillez invita a la meditación.

Iglesia de Santa Juliana

Iglesia de Santa Juliana

Cruzaremos Burió y Collado de Hoz hasta llegar a Lebeña entre robledales y hayedos que nos guían a través del Valle de Lamasón. En Lebeña es imprescindible la visita de la iglesia de Santa María, del s. X, que nos ofrece un vistazo de las influencias mozárabes en los templos del valle, que llegaron de la mano de artesanos y picapedreros que lograron escapar del dominio islámico, refugiándose en los bosques del norte y trayendo consigo el arte y la cultura en que se habían forjado. Así, llaman la atención los arcos de herradura que la iglesia presenta en su torre, tanto en la puerta de acceso como en el campanario.

Pradera del Valle de Lamasón

Pradera del Valle de Lamasón

Esta es la más ardua jornada de peregrinación. Treinta kilómetros de interminables subidas por las estribaciones de los Picos de Europa, que pondrán a prueba nuestra resistencia, pero que merecen la pena para todo aquel que quiere unirse a la naturaleza siguiendo una de las vías de la Fe.

Al día siguiente, Cabañes, Pendes, Tama y, finalmente, Potes, la villa del Camino donde podremos volver a contactar con la alegría de sus gentes, siempre hospitalarias con los cruceros, y coger fuerzas dándonos un buen homenaje a base de cocido lebaniego y quesuco de Liébana antes de encarar los últimos cuatro kilómetros que nos separan de la Puerta del Perdón.

Potes ofrece unos alrededores que nos permiten entender por qué Toribio eligió este enclave para ocultar y dar custodia a la Cruz de Cristo. Todo es paz y serenidad; el paisaje aquí transmite una esencia de soledad que invita a la reflexión, a disfrutar y a encontrarse con uno mismo.

Este es un Camino fácil de cuadrar en los calendarios. Una Semana Santa, un puente o un fin de semana largo pueden ser momentos idóneos para embarcarse en una inolvidable aventura por el corazón de Cantabria en busca de la salvación del alma, que seguro encontraremos en estos parajes, al abrigo y protección de una Cruz traída hasta nosotros por aquel hombre que quiso dar a Cantabria el don de la eternidad.

 

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