domingo. 14.08.2022

Si la libertad tuviera un color, sería el verde. La naturaleza quiso que Cantabria poseyera uno de los paisajes más bellos y puros del mundo y escondió un secreto en ella, los valles pasiegos, una tierra que encierra misterio y mucho encanto.

En este rincón del Pas todavía es posible revivir el siglo XVI en pleno siglo XXI, pues sus habitantes han sabido mantener sus raíces bien ancladas al suelo que les es sustento, valorar la tradición y luchar por lo que un día fueron sus padres y abuelos y hoy son ellos, orgullosos pasiegos. Con una gran vinculación a su tierra, el pueblo pasiego tiene unos signos de identidad que le hacen único y de enorme valor. El cuévano, el salto pasiego, los bolos, monumentos de reconocible belleza, gastronomía propia entre la que destacan el sobao y la quesada, y una arquitectura rural concretada en la cabaña pasiega hacen de su peculiar entorno un modo de vida que sigue latiendo con historia.

Las cabañas que llevan su nombre son uno de los elementos más destacados del patrimonio de la comarca que resiste al paso del tiempo. Una construcción sencilla de piedra con tejado de pizarra que era utilizada por el pasiego en su particular vida trashumante en busca de los mejores pastos para el ganado y constaba de dos plantas, una de ellas destinada al ganado, la inferior, y otra a modo de vivienda para la vida familiar, ubicada en un segundo piso. Los pasiegos tenían una forma de vida casi nómada, un sistema pastoril de trashumancia de manera que cada familia disponía de cinco o seis cabañas a las que se trasladaban con el ganado según la estación.  Estas eran utilizadas temporalmente para la muda, es decir, como ellos mismos llamaban a ese continuo cambio de cabaña en que vivían en busca de los mejores pastos. Se localizan generalmente en las laderas de las montañas y, con la familia a cuestas, pastoreaban los meses de primavera y verano a las cabañas altas.

En los pueblos siempre hemos estado más acostumbrados a la dureza del entorno

“En los pueblos siempre hemos estado más acostumbrados a la dureza del entorno”, afirma un vecino que se crió en este distinguido lugar del corazón de Cantabria en tiempos en los que luchaban por la supervivencia, en los que andar varios kilómetros para ir al colegio o ir a pie a por  leña o agua a la fuente era el día a día en el Valle del Pas. 

Las "Tres Villas Pasiegas", San Roque de Riomiera, San Pedro del Romeral y Vega de Pas, tienen un diseño natural marcado por este estilo de vida que ha creado un paisaje con cabañas de piedra dispersas por la montaña, que descansan en verdes praderas, un entorno que merece ser contemplado horas y horas, un paraíso que nunca cansa observar.

Ahora, abiertas al uso turístico, algunas de ellas se han rehabilitado y reconvertido en alojamientos rurales donde pasar el verano en un inmenso silencio que revitaliza e invita a volver al pasado de este lugar. Estas, que conviven con cabañas que todavía persisten tal y como eran, pueden ser la llave que abra al visitante los ojos a las villas pasiegas. Una edificación rica en histórica con vistas al secreto de Cantabria, su paisaje más puro. Realizar rutas con encanto por el valle y descubrir a través de ellas un edén para recargar pilas y conectar con la naturaleza puede ser un perfecto plan de vacaciones.

Hoy en día, todo habitante de la zona del Pas sabe quién es y conoce su identidad gracias al arraigo de sus gentes. Sus habitantes han sabido trasmitir sus orígenes de generación en generación y han mantenido vivas sus tradiciones, patrimonio y edificaciones históricas, aunque algunas de ellas cada vez latan con menos fuerza. Ahora, en la época de las grandes ciudades y las nuevas tecnologías, luchar por que no se pierda es una importante tarea, y que tanto las cabañas como su deporte rural –que está en peligro de extinción- y sus elementos identificativos sigan viéndose y disfrutándose década tras década en este rincón cántabro.

 

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