sábado 27/11/21

¿Se quedan indefinidamente mascarilla y distancia?

La mascarilla ya no es obligatoria en la calle, pero ahí sigue. Verlas se ha hecho habitual porque la confianza, del todo, no está restablecida. El Covid ha tenido tantos episodios malos que la cosa no está aún para fiarse a las primeras de cambio. Cómo vamos a vivir en adelante o si nos pareceremos a esos países asiáticos en los que la mascarilla forma parte de su cultura, es una incógnita. Tan solo hay una cosa segura, aunque no guste oírlo, el Coronavirus lo ha cambiado todo y la confianza se ha convertido en un sentimiento demasiado individual.

La imagen ahora más fidedigna de lo que podríamos llegar a padecer por las consecuencias futuras de un cambio climático (que a la mayoría le importa un carajo), es la mascarilla unida a guardar las distancias con respecto al prójimo. Saco a colación lo de la destrucción de la tierra, porque hay países en los que, desde que se nace, el uso de una mascarilla tapando la boca es la forma que tienen de aplacar la contaminación de su aire. Este es el caso de Japón, de China o de Corea del Sur. En vez de solucionar sus problemas medioambientales, dando rienda suelta total a su desarrollo industrial y económico, cogen el camino de respirar con un trapo pegado a la nariz. Pero, en fin, como dice el refrán, cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar, el panorama es que lo que acontece hoy en todo el planeta, un virus pertinaz que no quiere irse, lleva camino de extender el uso de la mascarilla y la distancia social más allá de Extremo Oriente y su cultura de ponérsela nada más salir de casa. 

Con semáforos en verde o en rojo (¡menudo lenguaje éste creado para la pandemia!), está claro que la gente sigue con la mascarilla, pese a no ser ya obligatoria para andar por la vía pública. ¿Porqué? Porque no confía. A quien corresponda: nos hemos ganado a pulso desconfiar por mala gestión, desinformación, sacar pecho antes de tiempo, utilizar el Covid políticamente y demás situaciones que hemos vivido, largas de enumerar, pero bien conocidas por el público. Pues bien, todo ello ha llevado a muchos ciudadanos a tener su propia mentalidad con respecto al Coronavirus, lo que hace que sigan dejando los zapatos en el felpudo, sin meterlos a casa, o seguir con la desinfección de la cesta de la compra en el supermercado. No es para mofarse de nadie, ya que todo esto es muy serio, y amenaza con quedarse ya para siempre, como costumbres individuales en muchos domicilios. 

Si la información fuera eficaz, empezando por la de los medios de comunicación -con una credibilidad muy dañada-, seguramente muchas de estas libres opciones ya no se producirían. Se han dicho tantas tonterías e imbecilidades durante el transcurso de esta pesadilla, fruto de no saber nada de nada al respecto del virus, que vamos a un cambio de cultura con respecto a tratar con nuestros semejantes y hacer las mismas cosas que antes de la crisis sanitaria mundial. Solo hay que esperar, no las tengo todas conmigo, a que nuestra civilización haya aprendido la lección, por si, Dios no lo quiera, tenemos que volver a padecer otra así. 

“Se han dicho tantas tonterías, fruto de que no saber nada del virus, que vamos a un cambio de cultura respecto a tratar con nuestros semejantes”

El día en que finalmente se dé por concluida la pandemia, los lideres de todo el mundo debieran reunirse para abordar una única cuestión: ¿Qué estamos haciendo? No se pueden hacer peor las cosas en lo que va de nuevo siglo, y tampoco se plantean como es debido los problemas más acuciantes como son el Cambio Climático, las crisis sanitarias, las corrientes migratorias, el hambre que cada vez acecha en más países o el futuro de los jóvenes con el estéril  escenario que les estamos dejando. 

“El día en que finalmente se dé por concluida la pandemia, los líderes de todo el mundo debieran abordar una cuestión: ¿Qué estamos haciendo?”

Tras el Covid está todo por rehacer. Pero el lenguaje oficial, no aquí, en todas partes, insiste en volver a la normalidad, y a veces parece como si no hubiera problema alguno que resolver. El mundo está desnortado, la libertad de pensar y de opinar también están perezosas, y asistimos con mascarilla a lo que pasa en el día a día, y cambiando aún de acera para no toparnos en el paseo con nadie, y evitar así posibilidad alguna de contagio. Cada uno decidirá en cuanto a su mascarilla y en cuanto a si esta distancia sea mayor o menor. Veo a diario casos de todos los tipos, protagonizados lo mismo por mayores que por jóvenes. Incluso detecto mucho cabreo interior, que no se exterioriza, algo que puede llevar a la deducción de que todo da igual, cuando no es así, en absoluto. De crisis en crisis en este XXI, con mascarilla o sin ella, no es cuestión de esperar a la siguiente que está por llegar, ni tampoco deberíamos ser tan conformistas ni resignarse ante los momentos tan malos que estamos sufriendo en nuestras vidas. El Covid debería ser suficiente para despertar.  

 

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