martes 25/1/22

Alma de cántaro

Aunque los libros de Historia suelen olvidar las posguerras, por ser aparentemente la vuelta a la normalidad, todas ellas son el humo de la destrucción y el aniquilamiento.

"Oye, hijo mío, el silencio.

Es un silencio ondulado,

un silencio,

donde resbalan valles y ecos

y que inclina las frentes

hacia el suelo.

 

F. García Lorca, «El silencio»

Cita tomada del propio libro

 

"En cualquier reacción frente a la extrema derecha debe estar el conocimiento profundo del pasado", Almudena Grandes

Alma de cántaro, de Planeta (2020), es una novela grande de 314 páginas, cuyo autor -F. David Ruiz- llena de historias poco extensas y ambientadas en nuestra posguerra. Es un relato armónico que impacta al lector precisamente por su música y cuyo escenario de ejecuciones y martirio es una pequeña localidad cordobesa, una épica cuya crónica le ha hecho a David justo merecedor del II Certamen Biblioteca Fundación Antonio Gala.  

Con mucha maestría, este poeta, narrador y profesor en Secundaria nos regala una novela perfectamente escrita, con un lenguaje y estilo discurridos, cuyo protagonismo y calidad lo conservan, como siempre, las mujeres. Mujeres que terminaron solas en aquella terrible posguerra. El autor va trazando desde el primer momento la consistencia y solidez de su existencia -la de las mujeres- en aquellos momentos sin esperanza; su reciedumbre y energía, y su entereza y carácter, así como su esfuerzo ante su abandono. La lectura va sustantivando esos atributos en la narración de unas crueldades y un estado de sitio que, como un pólipo con sus posibles sinequias, hay que eliminar, seccionar, y luchar para que no vuelva. Son las barbaridades de la guerra, y los rencores y venganzas de las posguerras. Son los aprendizajes de nuestros antepasados, y quieren ser los ardientes deseos para que esto no reaparezca, que no regrese. Nunca más.

Con mucha maestría, este poeta, narrador y profesor en Secundaria nos regala una novela perfectamente escrita,

Por eso, ellas van a ser en toda la novela las garantes de la memoria de aquellos tenebrosos y terribles sucesos que ocurrieron en una pequeña localidad cordobesa de no más de 10.000 habitantes. Todo estaba bien. Se protegían los verdugos porque toda España estaba así, porque para eso habían ganado la guerra y no iban a permitir que los emboscados, los hombres de pana, los que se echaron al monte, volviesen a ser los mismos, o sobreviviesen a la matanza, después del previo golpe de Estado que, como todo ese tipo de actuación violenta, intentó apoderarse de la nación, lográndolo tres años más tarde, tras una guerra cruel y despiadada. Luego, la posguerra, el periodo que trata el autor.

Aunque los libros de Historia suelen olvidar las posguerras, por ser aparentemente la vuelta a la normalidad, todas ellas son el humo de la destrucción y el aniquilamiento. Pero también la cabalgata de los ganadores, oyéndose en todo el pueblo sus aullidos y su risa de hiena, la fiera humillación de los especialistas en tormentos dantescos que infringieron a los que perdieron.

Cómo se puede explicar a los niños y jóvenes de ahora -que en poco tiempo van a conducir este país, que van a ser los hombres del mañana y a quienes ni por asomo les interesa esta película de miedo- este pasado, y el que alguna vez los padres de sus abuelos, que pisaban el mismo suelo, se matasen entre hermanos, como si fueran ratas, o la arrogancia y poca vergüenza que tuvieron de ser los grandes carceleros, mandados por un gran traidor y farfullero, y las manos pringadas con sangre de seres humanos.

Los personajes, hechos y lugares que se dejan ver en el libro pertenecen a la fantasía. Están desfigurados por la oralidad, por las transcripciones de seis de las cartas que una de las mujeres enviaba a su marido escondido con otros en la sierra -como hacían lo propio las demás-, a la espera de poder bajar al pueblo, y las que estas recibían de ellos; y también por la redacción de las conversaciones recogidas en cuatro cintas, en una comunicación vis a vis entre Piedad -una mujer entrada en años-, una familiar suya y el constructor de este fiel e histórico relato.

Sororidad

El autor estriba prácticamente todas sus páginas en el apoyo mutuo entre las mujeres, más que en el posible afecto y amistad entre ellas, en unas relaciones más fuertes y extraordinarias, y más inteligentes no solo en su analogía, sino en los lazos presentes y futuros que iban atando, urdiendo y tramando y conmiserándose entre ellas, solidarizándose y haciéndose más empoderadas, y dándose ánimos en silencio. Tenía así que fraguarse su lucha. Por otra parte, de esta manera podían albergar en su cabeza y en su corazón el sentimiento de volver a ver a sus hombres algún día y de ayudar, alimentando la idea de que, de ahora en adelante, había que sostener y defender lo posible bueno de aquella vil experiencia, aquel fuego que nunca se apagaría. No había otra manera de arribar, de volver al estado del que fueron forzadas a salir y conseguir todo lo que deseaban, que tampoco era mucho, simplemente la libertad perdida.

En el último capítulo, 'El último exiliado', el autor sabe recoger todo aquel contrasentido, de aquel enorme disparate, y lo cierra y enlaza con la época posterior de terrorismo en España.

El libro merece ser leído. F. David Ruiz ha sabido pergeñar certeramente algo tan complicado como es esa parte de nuestra historia destruida por un partido único, por una dictadura

 

 

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