lunes. 04.12.2023

"Pocas o ninguna vez se cumple con la ambición que no sea con daño a tercero"

Miguel de Cervantes

“Detrás de cada gran fortuna, siempre hay un crimen” decía Balzac y nosotras lo extendemos a otras grandezas, como las patrias, y los estados. Los grandes, sobre todo.

La historia, la real, no los panegíricos que inventan los nacionalistas de toda laya y condición para justificarse, suele chorrear sangre y abuso. No hay país o consorcio financiero que se haya fundado repartiendo con generosidad parabienes y abracitos. Ninguno. Todos han salido de espadas victoriosas, de gente cuya crueldad y sadismo compite con las galerías de asesinos en serie de las cárceles de máxima seguridad. Traiciones, mentiras, quebrantos de la palabra dada, sangrientas luchas de poder que acaban aniquilando y expoliando al vencido, confirman la terrible realidad de que nuestras patrias, nuestras banderas y nuestras grandes empresas, han nacido de la crueldad más sanguinaria que se pueda imaginar.

Claro que no gusta reconocerlo. No gusta saber que esos señorones que se magnifican en cuadros famosos o fotografías en blanco y negro con la ampulosidad que les recubre la historia, fueron asesinos y gente de mal vivir. ¿Cómo reconocerse en la historia de las diversas monarquías europeas como seres traidores, muchas veces alienados o bobos de solemnidad, disminuidos mentales a los que sus válidos conducían por donde convenía a una minoría poderosa? ¿Cómo reconocer que los grandes conquistadores que emprendieron el camino de las Indias fueron esquilmadores, gente de mal vivir que empuñaba la espada, no para ampliar la cultura y la religión, sino única y exclusivamente para el enriquecimiento personal?

Duele. Por tanto se oculta.

Hace poco mi admirada Nieves Concostrina, comentaba en una entrevista, que existe una complicidad entre poderes para ocultarnos la historia porque de saberse la verdad ni una sola monarquía aguantaría el embate de sus actos a lo largo de la historia. Igual ocurriría con la iglesia. ¿Cómo conciliaríamos el amor y el mensaje libertario e igualitario del Evangelio con la Inquisición, con los pulpitos que durante siglos se aliaron con el poder en contra del pueblo miserable? ¿Cómo conciliamos el “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios" con el reciente discurso del arzobispo de Oviedo? O “es más difícil que un rico entre en el reino de los cielos que un camello atraviese el agujero de una aguja” o “si de verdad quieres seguirme, deja todo lo que posees, reparte tu riqueza a los pobres y luego, ven y sígueme” con el afán recolector de riquezas, con la ampulosidad del Vaticano y la complicidad de una iglesia cristiana concebida para pobres con la realidad. Imposible. Por eso se disfraza la historia.

Lo que distingue a los bastardos discursos de ultraderecha es la magnificación de la historia propia y la degradación de la ajena

Hay un factor común en las ultraderechas mundiales. Todas sin exclusión mantienen un discurso nacionalista excluyente y más falso que moneda de latón. El Make America great again de Trump traducido a cualquier idioma es el puro y genuino axioma de cualquier ultra que se precie. No escucharán ustedes a ningún cachorro fascista argumentar  a favor de  la liberación de los pueblos oprimidos, o implicarse en la lucha por erradicar la injusticia mundial o de colectivos completos. Nunca. Lo que distingue a los bastardos discursos de ultraderecha es la magnificación de la historia propia y la degradación de la ajena. El nazismo tuvo su “oponente” en el judaísmo internacional. Sin la falaz idea de que alguien conspiraba contra el pueblo alemán justo hasta que llegaron ellos a derrotar a los “impuros” “malvados” “degradados” y posteriormente, eliminarlos (gaseados, más bien) a mayor gloria del pueblo elegido. El alemán. El argumento que prendió fue que todos los males de la patria eran causados por razas inferiores que envidiaban al pueblo ario, por tanto, los que descubrían la “verdad” se erigían en “salvadores de la patria” y por tanto lideres con poder infinito. El pueblo, ensimismado e hipnotizado por la grandilocuente puesta en escena (Nuremberg, mítines con inmensas banderas al viento, gritos, canticos…) se  tragó la falacia (cualquier falacia) hasta el tuétano pasando a secundar la barbarie. Tomen ustedes cualquier pasaje de la historia y analicen lo que les resumo, verán que no difiere mucho entre unas y otras.

Las premisas básicas del tirano son comunes. Hay que buscar una idea grandilocuente, crearse un enemigo común, construir un relato victimario y resolver la ecuación erigiendo a un héroe libertador. Una constante en la historia que ha justificado los mayores crímenes, los abusos más inauditos…y las mentiras más infames que nos cuentan y aprendemos.

La subsistencia de monarquías, por ejemplo, son claro exponente de lo que digo. Sin la falaz idea de que el poder emana de Dios que ha fijado su trasmisión a una sola estirpe que es capacitada para gobernar por los siglos de los siglos, sin ese axioma, como digo ¿quién puede justificar la monarquía? ¿en base a qué se trasmite el poder de padres a hijos (o hijas) si no es por la premisa de trasmisión directa de Dios a la familia elegida? Ahora bien, en estos tiempos donde la ciencia, la cultura en general nos concede el convencimiento de que no tiene ni base ni justificación el concepto de “sangre real” hay que inventar un relato. O disimular la verdad.

Si con la construcción de países o de sistemas brutales esto se confirma, la proyección de grandes consorcios financieros parten de varios condicionantes considerados negativos por la ética y la conciencia social. A saber: un egoísmo exacerbado que hace al fundador de la saga pensar en sí mismo por encima de todo sentimiento de humanismo. Una psicopatía severa, que implica una total falta de empatía que supone derrotar, destrozar, esquilmar, traicionar y robar a contrincantes, socios, amigos y quien pasara cerca del “gran hombre” y tuviera algo que él considerara de interés para su “gran obra”.  No hay nada que conmueva a los hombres de negocios (mucho nos tememos que las mujeres que se han integrado en la carrera de ratas del capitalismo, tengan un comportamiento similar). No hay nada que les haga dudar ni empatizar con la derrota del adversario si con ello pueden engrandecer su obra. Busquen la información sobre cualquier gran empresa que maneja los hilos del mundo en este momento y verán confirmadas las premisas anteriores. El petróleo, la industria del automóvil, el poder mediático, industrial… y bancario. De cualquier país, de cualquier continente y del mundo mundial.

Pero es doloroso contar que el abuelo era esclavista, por ejemplo, o traicionó a los socios, o robó sin escrúpulo la idea del compañero/socio/amigo/hermano y se hizo de oro. Es doloroso saber que el digno antepasado, que luce en el cuadro del salón encima de la chimenea de la gran mansión, era un ladrón, asesino y violador sin escrúpulos. Contar la verdad sería admitir una realidad tan constatable como dolorosa. Que las patrias, las banderas y los dineros proceden siempre del crimen. Por eso se reviste la historia de una pátina de falsedad tan elocuente como irreal.

Y nos la escriben en los libros de historia, nos la cuentan y la estudiamos en los institutos, universidades y colegios hasta que la asumimos como propia. Algunos de los más grandes criminales glorifican su escabrosa historia, pergeñando obras sociales, porque además del poder económico y político, los malvados, quieren adquirir la inmortalidad. Esas donaciones para colegios, los “regalos” que se ofrecen con alharacas a la sociedad, las fundaciones generosas que se realizan cuando el perverso asume que es mortal y anda cercano a la muerte, no son más que adquisiciones a cuenta de la obtención de un relato falso que garantice la inmortalidad -además de la exención de impuestos, que también-.

Esclavizar a niñas durante jornadas de catorce horas en producciones del Tercer Mundo, queda desdibujado por la “donación” al pueblo del que partió el prócer para triunfar. Donar dineros para la construcción de hospitales, colegios, universidades, desdibuja el largo camino que se ha recorrido como esclavista, expoliador de pueblos, ladrón de ideas y asesino de gente inocente.

Revisen la historia de Leopoldo II de Bélgica, por ejemplo. Seguro que tendrán, lectoras/es, en la mente nombres mucho más recientes de los viles expoliadores que andan en la labor de glorificar su paso por la tierra. Seguro. Investiguen la procedencia de cualquier fortuna, de cualquier saga, de cualquier monarquía. De cualquier poder.

Por eso torno al principio. La importancia de conocer la historia, la de verdad, la auténtica, para decidir el futuro. Para decidir bien, digo. Para distinguir al psicópata del gobernante decente (o casi).

Hace unos días se producía un drama terrible con el terremoto que ha destruido poblados y ciudades en Marruecos y Libia. Miles de personas han perecido y miles más han quedado sin hogar, sin medios de vida. Es un desastre natural, me dirán ustedes. Claro, pero ese desastre arrasa con las casitas de adobe, no con los grandes palacios en el que habitan poderosos. Esos desastres naturales tienen en común, en cualquier lugar del mundo, que arrasan a los pobres no a los ricos porque sus casas son construidas de forma que aguantan tormentas, tornados y terremotos.

El babuino que mantiene el poder en Marruecos -esa monarquía de opereta criminal y mentirosa apoyada por los países “democráticos, occidentales y tal”-  no se le vio durante días, porque él, además de las inmensas riquezas (incalculables, inconmensurables riquezas) que mantiene en su pueblo tiene una “extraña” querencia por residir en Francia donde desarrolla sin cortapisas sus “tendencias hacia la diversión, al jolgorio variado”. Bien, el sátrapa esquilmador de su pueblo, apareció al cabo de seis días, trajeado y pulcro, marchando entre esbirros que le protegen del pueblo -oh, ese pueblo tan amado pero que huele mal, que lleva las uñas sucias y tiene hambre-. Realizó visita rápida a un hospital, acarició cabecitas de nenes, que eso queda bien en las fotos, simulando además el escarnio de donar sangre, para demostrar con ello como el “padre” de la patria se desangra por sus súbditos y luego, marchando raudo a sus putañera vida entre los aplausos y los vítores de un pueblo destrozado por el drama que “ama” a su tirano.

¿Creen ustedes que si ese mismo pueblo supiera la verdadera historia de su sátrapa le aplaudiría o por el contrario, le haría bailar el mismo baile que ejecutó Mussolini desde lo alto de un cableado eléctrico?

Esa es la causa del silencio. Del olvido impuesto para que los cómplices, los beneficiados de la satrapía desdibujen la verdad y quieran imponernos un relato tan falaz como perturbado. Les aseguro que esa certeza la tenemos todas las personas implicadas en tareas de Memoria Democrática en España. Desdibujan la verdad porque saben que fueron cómplices -y lo siguen siendo- del horror.

El Make American Great Again, que erige la ultraderecha moderna, es solo eso. El intento falaz de desdibujar los verdaderos problemas para volvernos más gilipollas.

Una súplica les hago al final de este amargo artículo; busquen la verdad. Lean a historiadores/as imparciales y honestos. Busquen (mos) la verdad de la historia porque solo así caminamos hacia un futuro mejor. Lo contrario es seguir siervos/as y a poco que se necesite, muertos y expoliados. Y aplaudiendo al sátrapa.

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