martes 21/9/21
HISTORIA

El último refugio de la reina del fado

Un viaje por la Costa Vicentina en busca del alma portuguesa, entre fados, buenos vinos, saudade y atardeceres dramáticos

La casa de Amalia Rodrigues en Brejao | Foto: Herdade Amalia
La casa de Amalia Rodrigues en Brejao | Foto: Herdade Amalia

EL FADO DE MARÍA LA PORTUGUESA

¿Quién no se ha reconocido alguna vez en los desgarros del fado? Este servidor se inició durante un viaje juvenil al sur de Portugal, a consecuencia de un enredo con María, una chica del país que no dejaba de escuchar cassettes de Amalia Rodrigues. 

–María, con tantos atardeceres frente al mar, tus ojos son cada vez más azules.

Con tales incursiones en la lírica de chatarrería, sucedió lo inevitable. Tras dos semanas de olla a presión hormonal, María se aburrió de tanta ñoñez y me dejó solo en los inmensos arenales de la costa Vicentina. Y allí, varado y triste como un cachalote, rumiaba mi desgracia escuchando a todas horas las mismas cintas de Amalia Rodrigues que antes había compartido con ella.

La horizontalidad de las bajamares | Foto: O.L.La horizontalidad de las bajamares | Foto: O.L.

QUE MUCHAS SEAN LAS MAÑANAS DE VERANO EN QUE LLEGUES A PUERTOS NUNCA VISTOS

Quien guste de abandonarse a la lentitud indolente que solo da el sur, tiene que viajar a ese ya no tan olvidado rincón del sur de Portugal que es la costa Vicentina. “Pide que el camino sea largo”, recomendaba Kavafis y, para ello, lo mejor es ir entrando en harina a partir de Setúbal, cruzar su luminoso estuario en ferry hasta Troia, y recorrer los impactantes 17 kilómetros de barra de arena que desembocan en el continente. Le sigue un polvoriento descenso, siempre contra la brújula, con la odiseica sensación de los viajes cuyo destino es precisamente entretenerse eludiéndolo. Para extasiarse en la verticalidad de los acantilados y la horizontalidad de las bajamares, hay que abandonar las carreteras y apostar por pistas y caminos costeros, ya sea andando o en bicicleta. También en coche. Eso sí, mientras conduces, que no deje de sonar un fado.

Mapa de la Costa Vicentina | Foto: WikipediaMapa de la Costa Vicentina | Foto: Wikipedia

LA CANCIÓN DE LOS PUEBLOS TRISTES ES ALEGRE Y LA DE LOS ALEGRES, TRISTE

Eso decía Pessoa, y también que el fado venía de desearlo todo y no tener la fuerza para desearlo. A lo que la fadista Mísia, añade: “El fado… es aquello que no podemos cambiar. Es preguntar por qué y no saber por qué, es no dejar de preguntar y al mismo tiempo saber que no tenemos respuestas”. 

Pura paradoja. También misterio. Como esa contradicción irresoluble que subyace a los sentimientos humanos. 

Porque nadie sabe de dónde viene el fado. Durante el siglo XIX, esta canción de marinos encallados –literal y metafóricamente–, se extendió por los arrabales y prostíbulos de Lisboa. Su primera y mítica cantadeira fue una prostituta, María Severa Onofriana, bella, bohemia y temperamental. Murió a los 26 años, y fue enterrada, por propia voluntad, en una tumba sin nombre en el cementerio de Sao Joao. Toda una declaración de principios.  

El fado comparte con el tango argentino el desgarro ante los sinsabores de la vida marginal, y con el flamenco y la rembétika griega una quejumbre y un fatalismo muy poco occidentales, traídos sin duda de las colonias africanas o asiáticas.

SIEMPRE HACIA EL SUR

El viaje continúa, siempre hacia el sur. Pasado Sines, y la caprichosa geología de Porto Corvo, Vilanova de Milfontes estrena la secuencia de pueblos construidos en torno a los meandros finales de una ría. Más allá del casco histórico, la lámina azul se hincha con las mareas inundando su estuario y, cuando desagua, la inmensa vacuidad de la bajamar recuerda algunos paisajes de Dalí. Siguen kilómetros de acantilados y playas, a través de Porto de Barcas y cabo Sardao, hasta llegar a Zambujeira do Mar, elevada sobre un promontorio que domina un enorme arenal. 

Vilanova de Milfontes desde el otro lado de su ría | Foto: O.L.Vilanova de Milfontes desde el otro lado de su ría | Foto: O.L.

LA VERDULERA QUE DEVINO REINA

Al igual que en los cuentos infantiles, Amalia Rodrigues, la Reina del Fado, nació como Cenicienta en 1920, en el seno de una familia humilde y numerosa, y abandonó la escuela para trabajar vendiendo fruta en el puerto de Lisboa. Pero aquella niña tímida y herida por la pobreza ya apuntaba maneras. Si a los 9 años dio su primer concierto en la escuela, a los 18 se inscribió en un concurso de fados en Lisboa en el que no pudo participar: no llegó a celebrarse debido a la renuncia del resto de los concursantes, cuando supieron que se presentaba ella.

Amalia Rodrigues en 1964 | Foto: WikipediaAmalia Rodrigues en 1964 | Foto: Wikipedia

Tras dos intentos de suicidio por amor, inauguró una carrera fulgurante a la sombra de la dictadura de Oliveira Salazar, que la hizo su favorita dentro de la estrategia política conocida como la  “tripe F”  –fado, Fátima y fútbol– el aglutinante nacionalcatolicista del régimen. Nada que nos suene extraño a quienes sufrimos lo de su vecino de profesión, a este lado de la frontera.

LA SAUDADE ES NO QUERER REGRESAR PARA PODER SEGUIR DISFRUTANDO DE ELLA

Si el fado es la canción nacional de Portugal, la saudade es su sentimiento. “Bien que se padece y mal que se disfruta” la definió, ya en 1660, el escritor luso Manuel de Melo. Desde entonces, no ha habido intelectual portugués que no se haya estrujado la sesera para explicar ese retorcido sentimiento que disfruta del dolor, y que incluso inspiró un movimiento artístico llamado Saudosismo.

El verano anterior regresé, como un peregrino del pasado, a la Costa Vicentina, a recorrer otra vez los caminos de aquel viaje juvenil ¿Era la saudade? ¿O la irresistible llamada del bacalhau grelhado? Podemos volver cuantas veces queramos a un lugar, pero es imposible repetirlo una sola vez en el tiempo. Un desconsuelo sin solución, pero sí con remedio, que aprendí de María y sus compatriotas: siéntate a ver cómo se pone el sol sobre el mar, en compañía de una copa de vino.

LA RELATIVIDAD NO LA INVENTÓ EINSTEIN

En Zambujeira do Mar, ante la alegría multicolor de los blancos, azules y naranjas de sus casas, así como las de sus pueblos vecinos, surge la pregunta de dónde está la saudade. Es cierto que el paisaje alentejano pertenece al mundo mediterráneo. Pero la abrumadora presencia del océano empequeñece al ego y acrecienta la tolerancia. La cercanía de lo absoluto pone en evidencia nuestra relatividad. Los portugueses, siendo mediterráneos, aún atesoran esa afabilidad humilde que España quizá perdió algún día. Y una capacidad para el consenso, y un sentido cívico que nunca tuvo.

DE DERECHAS POR CONVICCIÓN Y DE IZQUIERDAS POR COMPASIÓN

Amalia Rodrigues conjugó una voz única con la reinvención del fado, que hoy no podría entenderse sin sus aportaciones. A lo largo de más de 170 discos y una docena de películas, incorporó nuevas melodías, letras de poetas clásicos y modernos –cuando no las suyas propias– y añadió instrumentos, mejorando, incluso, la puesta en escena. 

Pero con la llegada de la Revolución de los Claveles, en 1974, las críticas por su cercanía a la dictadura de Salazar y la vinculación del fado con ese régimen, la empujaron a un exilio virtual de varios años, en los que alternaba giras internacionales con estancias en Portugal, pero fuera de los focos. Más tarde, se sabría que durante la dictadura, Amalia había estado financiando al partido comunista portugués, y sostenido a disidentes y presos políticos.

El presidente Mitterrand le concedió la Legión de Honor Francesa, y poco más tarde le llegó el reconocimiento en su propio país, con la Orden del infante don Henrique, su máxima distinción, entregada por el presidente Mario Soares.

UMA CASA PORTUGUESA

A mediados de los años 60 del siglo pasado, una bomba estalló en Brejao, un pobre y desolado barrio junto a la entonces igualmente remota Zambujeira. La diva de rasgos esculpidos en piedra y mirada profunda y amarga había elegido aquel lugar impregnado de océano para aislarse del mundo, y conciliar sus demonios internos. Que eran muchos y poderosos.

“Cuando supimos que Amalia Rodrigues había adquirido diez hectáreas para construirse una casa en Brejao, fue una conmoción”, recuerda Joao, un niño entonces, y ahora un septuagenario, asentado en Zambujeira. “Era una mujer cercana y generosa. Recogía a la gente que iba caminando cuando pasaba en su coche, y pagaba cantidades astronómicas a quien contrataba o le hacía algún servicio. Y en las fiestas del barrio, invitaba a todo el pueblo a merendar sardinas y vino”. 

Construida sobre el mismo océano y junto a la playa de Seiceira, ahora renombrada como playa Amalia, la artista decía de su casa, con satisfacción, que “era como vivir en un barco”.

La playa de Seiceira, renombrada como Amalia Rodrigues | Foto: O.L.La playa de Seiceira, renombrada como Amalia Rodrigues | Foto: O.L.

“Siempre pensé”, confiesa Joao, “que quería que su casa fuese como la de la canción que ella misma compuso:  Uma casa portuguesa, un lugar en el que nunca faltaría un trozo de pan y una copa de vino y, sobre todo, unos brazos dispuestos a abrazar”. 

PERCEBES Y ARENALES

Odeceixe, un caserío blanco y azul, encaramado sobre el curvo arenal que bordea el último meandro de la ría del Seixe y su desembocadura, es la aldea más fotogénica al sur de Zambujeira. Hacia el interior se encuentra Aljezur, con un castillo tan árabe como su nombre. Y, continuando por la costa, trufada de percebes, un promontorio separa dos playas que cautivan: al norte, la de Amoreira, con su sistema dunar y una ría anexa, y Monte Clérigo, muy buscada por los surfistas, al sur. 

Casas en Odeceixe | Foto: O.L.Casas en Odeceixe | Foto: O.L.

Playa de Amoreira | Foto: O.L.Playa de Amoreira | Foto: O.L.

HERDADE AMALIA

Amalia Rodrigues murió en 1999, precisamente tras volver a Lisboa de su casa en Brejao, en la que pasaba largas temporadas. En su testamento dispuso fondos para que se construyese un consultorio en el barrio y se contratase un médico para atenderlo. Recientemente, la fundación con el nombre de la artista ha abierto la Herdade Amalia, un pequeño hotel con estilo, de cuatro habitaciones, construido junto a la casa de la diva, ahora reconvertida en museo.

Un mural de Amalia en una casa de Breiao | Foto: O.L.Un mural de Amalia en una casa de Breiao | Foto: O.L.

EL FIN DEL MUNDO

Es preciso continuar más al sur, ahora a través de una geografía parda de llanos y colinas cubiertos de arena y reseca vegetación, hasta alcanzar Carrapateira, una aldea al abrigo del cabo del mismo nombre, que parece construida sobre ninguna parte. Es el último lugar habitado en la costa Vicentina. La capital de la nada. A pesar de que los surfistas han hecho del pueblo su meca, basta darle la espalda a los edificios e internarse en la inmensidad de arenales y acantilados, para que el vacío y la solemnidad del desierto abrumen al visitante. 

NO HAY EL FINAL DE UN VIAJE, SINO EL PRINCIPIO DE OTROS

Uno puede adentrarse aún más en la desolación, y continuar al sur de Carrapateira, hacia el cabo San Vicente, extremo sudoccidental de Europa. Para entonces, la sensibilidad ya está saturada de paisajes minerales e Interminables playazos, que se alternan con cantiles de pizarra desmoronándose por la erosión. Hay algo salvaje y puro allí. Y, en esa búsqueda incesante que arrastra a todos los viajes, uno intuye que está a punto de encontrar –aunque nunca lo consigue– aquello que tanto anhelaba.

SE FUE CON LA SOMBRA

Como algún lector resabiado sacudirá la cabeza con incredulidad ante lo que voy a contar, –hoy todos sabemos, como puede verse cada día, que la prensa solo dice la verdad–, durante el retorno del viaje quise desviarme para ver otra vez Lisboa. Paseando por el centro, una limusina se detuvo a mi lado, y de ella salió un individuo encorbatado y prepotente, con aires de gran empresario o, peor aún, de alto político. Lo acompañaba una mujer guapa, madura, inaccesible. Me quedé de piedra. Era María. María, la portuguesa. Pero cuando pasaron junto a mí como si yo estuviese hecho de aire, en dirección a un hotel de lujo, una ceja de ella apenas alzada tras sus gas oscuras, le traicionó: me había reconocido.

Herido como un gorrión manco, pasé la tarde empapándome en vino, fado y autocompasión en las últimas tascas del barrio de Mouraria, cuna de la pionera María Severa Onofriana, donde ruiseñores alcohólicos aún entran, cantan a cambio de una copa, y luego se van a repetir a otro bar. Saudade. Fado, porque me faltan sus ojos. Fado, porque me falta su boca. Fado, porque se fue por el río. Fado, porque se fue con la sombra.
 

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