domingo 16/5/21
CIENCIA

El transbordador, invento cántabro

El Transbordador del Niágara no ha cambiado prácticamente nada entre 1916 y 2016
El Transbordador del Niágara no ha cambiado prácticamente nada entre 1916 y 2016

Leonardo Torres Quevedo fue caracterizado en 1930 por Maurice d’Ocagne, el Presidente de la Sociedad Matemática Francesa, en un artículo sobre máquinas de calcular publicado en las páginas de Le Matin, como “el más prodigioso inventor de su tiempo”. Y esta afirmación no la hizo el creador de la Nomografía llevado únicamente por la amistad que les unía.

En 1885 construye en Portolín un primer modelo con una luz de unos doscientos metros y un desnivel de cuarenta

D’Ocagne sabía que el sabio español había llevado hasta el límite la aplicación de la tecnología mecánica diseñando y construyendo sus máquinas algébricas (1893‐1901), máquinas que previamente fundamentó teóricamente publicando diferentes memorias y artículos científicos. Había sido testigo de cómo su sistema de dirigibles autorrígidos (1902-1906), ensayados en España, patentados también en Francia y el Reino Unido, se habían consagrado durante la I Guerra Mundial en las Armadas de Reino Unido, Francia, Rusia y EE.UU. Conocía perfectamente que había inventado, patentado, fabricado y demostrado en público el funcionamiento del primer mando a distancia efectivo de la historia, el telekino (1902-1906), precedente de los actuales drones. Y, sobre todo, había visto cómo, con su fundamental tratado teórico, los Ensayos sobre Automática (1914), sus ajedrecistas (1913-1922) y su aritmómetro electromecánico (1920) se estaba adelantando a todos los pioneros de la Informática de la época.

Sin embargo, este artículo no está dedicado a ninguno de esos inventos concebidos y desarrollados en y desde Madrid, sino al “invento cántabro” de este cántabro universal: el transbordador. En efecto, terminada la carrera de Ingeniero de Caminos en Madrid, Torres Quevedo trabaja unos meses en temas ferroviarios y viaja por Europa antes de retirarse en Cantabria, en concreto a su Santa Cruz de Iguña natal (en el municipio de Molledo), a “pensar en sus cosas”, e inicia los estudios de su transbordador: un funicular aéreo de cables múltiples a tensión constante e independiente de la carga transportada.

En 1885 construye en Portolín un primer modelo con una luz de unos doscientos metros y un desnivel de cuarenta. Le seguiría un segundo modelo en 1886 con una luz de dos kilómetros, ensayado entre el Cueto de Pando y los Picones, sobre el río León. Estos diseños servirían de base para la patente solicitada desde Portolín en 1887 en Alemania y España, en 1888 en Francia, Reino Unido, Austria-Hungría e Italia, y en 1889 en EE.UU. y Suiza, convirtiéndose el transbordador en un “invento cántabro”: concebido y ensayado en Cantabria por un hijo de la región.

Finalizadas con éxito en septiembre de 1906 las pruebas públicas del telekino en el Abra de Bilbao, se constituyó la Sociedad Anónima “Estudios y Obras de Ingeniería” con el objeto explícito de “estudiar y experimentar los proyectos e inventos que le sean presentados por D. Leonardo Torres Quevedo”. La primera iniciativa de la Sociedad en 1907 fue reactivar la patente del transbordador con una nueva, y encargar a D. Leonardo el proyecto técnico definitivo para el Transbordador del Monte Ulía, desde la estación del ferrocarril a la Peña del Águila.

Este transbordador, primer teleférico para pasajeros abierto al público en el mundo, tenía un recorrido de 280 metros y salvaba un desnivel de 28 metros. Tras haber sufrido inicialmente el rechazo en Suiza y no fructificar sus primeros proyectos en España, el 30 de septiembre de 1907 se inauguraba en San Sebastián el Transbordador del Monte Ulía, con un precio de una peseta para el trayecto de ida y vuelta y existiendo constancia de que durante los primeros siete años de explotación habían hecho uso de la atracción más de 60.000 personas. Constatada la posibilidad de explotar con seguridad el transporte por cable de pasajeros en el Monte Ulía, durante los años siguientes se construirían teleféricos en Wetterhorn (Grindelwald, Suiza), Chamonix a l’Aguile du Midi (Alpes franceses), de Lana a Vijiljoch (en el Tirol, Austria), Pan de Azúcar (Río de Janeiro, Brasil), etc.

El Transbordador del Niágara se inauguró en pruebas el 15 de febrero de 1916, y, oficialmente, el 8 de agosto de ese año, abriéndose al público al día siguiente

Ante el éxito del Transbordador del Monte Ulía, y tras una visita de D. Leonardo en 1911 al Parque del Niágara (Canadá), en 1914 se constituyó The Niagara Spanish Aerocar Company. Esta empresa española, con capital español, proyecto español, ingenieros y administradores españoles, construiría el primer teleférico para personas de Norteamérica, el “Spanish Aerocar”, en la zona conocida como el Whirlpool (remolino) del río Niágara, a unos cuatro kilómetros aguas abajo de las cataratas, con una luz de 550 metros, sobrevolando, a 76 metros de altura, aguas territoriales de Estados Unidos.

El Transbordador del Niágara se inauguró en pruebas el 15 de febrero de 1916, y, oficialmente, el 8 de agosto de ese año, abriéndose al público al día siguiente. El éxito internacional animó a nuestro ingeniero a estudiar nuevos proyectos en La Habana (Cuba), San Sebastián y Zaragoza que no llegarían a construirse. Después de varias décadas de explotación turística por parte de la Compañía española, la propiedad del Spanish Aerocar se transfirió a particulares hasta su adquisición por parte de The Niagara Parks Commission en 1968.

El Transbordador del Niágara fue el primer teleférico para pasajeros de toda Norteamérica y continúa en funcionamiento hoy en día, en 2021, después de más de cien años, durante los cuales no ha sufrido ningún accidente. Sí, un éxito extraordinario para el transbordador, el invento concebido por Leonardo Torres Quevedo en Cantabria.

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