sábado 21/5/22

La Filosofía en La Magdalena I

Aprendimos a pensar, sin esfuerzo: así era porque entendiendo mejor lo que nos rodeaba, reflexionábamos mejor y éramos más afortunados. Claro está que ese espíritu nunca se quedó ahí. En más de medio siglo, ha pervivido de tal manera en cada cual que nos seguimos viendo todos los compañeros, y hablamos. Aquella comunidad ha perdurado.

«Escribir es un acto de amor. Si no lo es, es solo escritura. » 
Jean Cocteau

Este artículo es una versión reducida de mi publicación en Cabás (XII-2021), la revista que publica la Consejería de Educación de Cantabria.   

El olvido que ha soportado lo que significaron, y siguen significando, los estudios de Filosofía en Las Reales Caballerizas del Palacio de La Magdalena en Santander no tiene parangón. Y no lo tiene por la variable tiempo -hace 56 años, desde que abrió sus puertas a estos estudios- y que, por la diáspora forzada de todos nosotros -sus alumnos-, hubo de cerrarlas. Al poco tiempo, se generaron excelentes profesionales como médicos, maestros, profesores, abogados, sacerdotes, directores técnicos de empresa, escritores, críticos teatrales, editores, periodistas, sindicalistas, políticos, bancarios, enfermeros, y un sinfín de campos.

Anteriormente, la Filosofía se estudiaba en Corbán, junto con las Humanidades y la Teología, que conformaban el Seminario Diocesano de Santander. La división de estas secciones obedeció a la idea del nuevo obispo, Vicente Puchol Montís, de indicarnos la tutoría y dirección de unos profesores, con el objetivo sin duda de que la formación de los futuros sacerdotes que de allí salieran gozasen de una amplia visión del mundo, una filosofía más estimable y fecunda que beneficiase y revertiese ciertamente en una Iglesia acorde con los tiempos que iban a sucederse de una manera casi inopinada. 

Nosotros aprendimos, como dice Emilio Lledó, que somos memoria

Paralela a la filosofía que estudiamos allí, aún seguía la escolástica que, en cuanto a la memoria, decía que era una más "de las potencias del alma". Nosotros aprendimos, como dice Emilio Lledó, que somos memoria. Y que, como es imposible retener todo, esa función cerebral surge como fruto de la transferencia y conexiones sinápticas que se repiten entre las células del cerebro. Lo cual expresa que quiero despegar y aún no sé de qué manera puedo aprovechar estas redes neuronales, lo que significa un camino difícil porque todo lo que se deriva de ahora en adelante es fruto de la comunicación oral y en mínima parte de la escrita.

Siempre se llamó Paraninfo, y no está mal, pero me permito llamarlo Auditórium, que tiene mucho que decir con el oído, con la escucha; mejor, con el saber escuchar, que es lo que ejercitábamos.

Se suele hablar del patrimonio como la herencia debida -'monio', debido- por la pertenencia a una familia, como "lo recibido por línea paterna". Pero el patrimonio también incluye, con más poder, a la cultura, a lo inmaterial. Hablamos de una forma extensa del patrimonio cultural, de la educación, que es el motivo y pretensión de este relato porque, evidentemente, los patrimonios no se echan a perder, sino que estamos obligados a conservarlos por ley positiva o natural a las siguientes generaciones; de ahí que la educación en La Magdalena -su espíritu- sea nuestro patrimonio.

Y, sin embargo, como en todo, siempre subyacen en recuerdos de esta guisa reflexiones e ideas menos felices que las de aquel primer momento, pero que renacen porque estaban latentes en nuestro interior, en nuestro magín y pensamiento. Son huellas de lo ocurrido, de nuestra lozanía e inexperiencia, de unos años de transformaciones, y también de esos rostros dormidos de los que ahora notamos su ausencia en la lectura de estas páginas, y sentimos pena y pesar por ello; cómo desearíamos poder vagar por entre los huecos, tejidos y ventrículos de nuestro cerebro. Querríamos conservar inherentes o al menos muy próximos esos vestigios, con unos horizontes suficientemente abundantes, para echarnos un cable y percibir con la máxima intensidad aquellos años dorados y memorables -hay quien ha adjetivado esos años como gloriosos-, porque solo somos la memoria que podemos aprovechar, e incluso el más simple recuerdo que deseamos olvidar, y porque son acreedores de consideración y de juicio, después de 11 lustros. 

EL ORIGEN DE TODO

El curso 1966-1967 data el comienzo en el que echa a andar una experiencia y una nueva vida inolvidable de unos alumnos, de un equipo directivo y de los profesores. Iba a cambiar diametralmente la educación, la enseñanza, las costumbres y los hábitos por otras prácticas y procedimientos hasta entonces desconocidos, más naturales, educativos y educadores, razonables y en progreso. Sabíamos de dónde veníamos, y confiábamos adónde nos dirigíamos. Y el empeño y el ánimo en el camino ya era en sí una gran ayuda, a falta de tiempo quizás para su desarrollo. Ser fedatarios de aquella experiencia tan fundamental en nuestra vida, después del tiempo transcurrido, es un riesgo. Pero también, una necesidad.

Nos aportaron los suficientes instrumentos y materiales de conciencia y razonamiento críticos que nos han ayudado a controvertir y a objetar

Sí podemos dar fe, y en eso estamos todos de acuerdo, en que los tres años de la Filosofía -en La Magdalena, en Villa Marcelina de Santander y las clases libres en Rualasal, 5 de la misma ciudad- nos aportaron los suficientes instrumentos y materiales de conciencia y razonamiento críticos que nos han ayudado a controvertir y a objetar tanto cualquier atribución por derecho divino como asimismo todo orden construido y cimentado por las creencias. Aprendimos a pensar, sin esfuerzo: así era porque entendiendo mejor lo que nos rodeaba, reflexionábamos mejor y éramos más afortunados. Claro está que ese espíritu nunca se quedó ahí. En más de medio siglo, ha pervivido de tal manera en cada cual que nos seguimos viendo todos los compañeros, y hablamos. Aquella comunidad ha perdurado.

Debemos orbitarnos en la línea o en la trayectoria de lo que significó aquel soplo de aire fresco, pudiendo estar seguros de que el último cuso de Filosofía allí impartido, en el curso 1968-1969 fue tan denso como cualquiera de los tres que le precedieron -por mi relación anterior con muchos compañeros mayores, por mis visitas y por mi posterior estancia allí-. Por otra parte, la repercusión que siempre tuvieron esos tres años en la realidad sociopolítica de la ciudad de Santander fue más que notable -según la actual terminología clasificatoria al uso-. Sobresaliente también, por el contexto cultural de la capital de Santander, que era durmiente. Podría explicarse esto último por el erial que comportaba una capital de provincia, pequeña y de pocos habitantes, en donde lo más significativo en aquel año de 1966 fue su 1º de mayo violento.

(Seguirá)

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