jueves 20/1/22

Nadie pensó en Nadia

Cuando crezca, Nadia se sentirá estafada. Y jamás entenderá que el estafador sea su propio padre. Un truhán de libro. Un sinvergüenza. Un fabricante de muñecas rotas.

El padre en la cárcel. La madre en Cataluña. La niña en Palma de Mallorca. Nadie pensó nunca en Nadia, la niña mercancía más famosa del país. Fernando Blanco, padre biológico de Nadia y padre ideológico de la trama, duerme en prisión después de ser rutilante Papá Noel con un millón de euros para dietas y gastos.

Nadie pensó nunca en Nadia. Era puro envoltorio, tierno objeto de compasión, moneda de cambio sin recambio. A la edad en la que sus amiguitas fabulan amoríos de cristal en el patio, Nadia ya era triste fábula de la codicia paterna. Nadia tiene nombre de muñeca rota. Un juguete que mudó en títere.

Nadie pensó nunca en Nadia. Porque si esos padres travestidos de banqueros hubieran pensado solo en su tricotiodistrofia, ella no habría recibido medicinas por apenas 295 euros. El resto, hasta ese millón de euros, edificaba en tiempo récord una vida de lujo pirenaico en La Seu D´Urgell.

Nadie pensó nunca en Nadia, salvo los miles de ciudadanos que llenaron ingenuamente las cuentas bancarias de su portavoz, un padre que amaba apasionadamente a su hija al sucio estilo que ama un secuestrador a su rehén

Nadie pensó nunca en Nadia, salvo los miles de ciudadanos que llenaron ingenuamente las cuentas bancarias de su portavoz: papá Fernando Blanco. Un padre que amaba apasionadamente a su hija al sucio estilo que ama un secuestrador a su rehén. Blanco es ya capítulo negro de esa España heredera forzosa del pícaro Lazarillo y vomitadora esporádica de Bárcenas de medio pelo.

Nadie pensó nunca en Nadia. Sus progenitores han perdido merecidamente su patria potestad. Si hacemos caso a Rilke y convenimos en que nuestra única patria es la infancia, Nadia Nerea es ya una perfecta apátrida. El preso vio siempre en su hija una presa fácil. El sueño de grandeza le produce ahora insomnio carcelario.

Nadie pensó nunca en Nadia. Hasta ayer en que un juez muy sensato se la confió a sus tíos maternos. Voló del Pirineo a las Baleares, el viaje menos deseado de una niña a la que hicieron princesa sin preguntarla antes.

Cuando crezca, Nadia se sentirá estafada. Y jamás entenderá que el estafador sea su propio padre. Un truhán de libro. Un sinvergüenza. Un fabricante de muñecas rotas.

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