jueves. 01.12.2022

La voracidad del gusano

En Cuba todo el mundo sabe que la palabra gusano aplicada a un cubano y escrita entre comillas hace referencia a los cubanos vinculados al anticastrismo. En España un actor escribe que un deportista cubano reconvertido en español que rechaza una bandera de Cuba para ondear una de España en los Juegos Olímpicos es un ‘gusano’ y el aluvión de críticas se vuelca en acusar al actor.

En Cuba todo el mundo sabe que la palabra gusano aplicada a un cubano y además escrita entre comillas hace referencia a los cubanos vinculados a lo que el periodista Luis Ortega –uno de los mejores conocedores de esa amalgama conocida como exilio cubano, del que en cierto modo formó parte hasta su muerte en 2011– llamaba la industria del anticastrismo, que tiene en Miami su sede central. El término podrá ser más o menos afortunado, pero no es nuevo y en Cuba todo el mundo sabe a lo que hace referencia.

En España no. En España un actor español escribe que un deportista cubano reconvertido en ciudadano español que rechaza una bandera de Cuba para ondear una de España en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016 es un ‘gusano’ pero también un pobre hombre al que no le desea el mal que a su juicio ya se encargará de hacerle España en cuanto deje de ganar medallas, y el aluvión de críticas se vuelca en acusar al actor de haber llamado al deportista animal metazoo, invertebrado, de cuerpo blando y ápodo, y de habérselo llamado por no pensar como él (no se sabe muy bien por qué, pero esto de “por no pensar como él” nunca falta en las ‘argumentaciones’ de este jaez).

¿Qué ‘buen español’ osaría cuestionarse si España utiliza o no políticamente a ciertos deportistas y si los abandona o no a su suerte en cuanto dejan de ganar medallas, mientras haya un solo ‘mal español’ llamando animal metazoo e invertebrado a ‘nuestro’ medallista por no pensar como él?

Para el materialismo dialéctico –que no contempla el contenido y la forma de manera separada sino como partes de una misma unidad–, el contenido –lo que se dice– prima sobre la forma –el cómo se dice–, pero la forma influye en el contenido, favoreciéndolo o perjudicándolo. Por eso separar el contenido de la forma o la forma del contenido sólo es posible relativamente, si es que no resulta directamente imposible.

Disquisiciones filosóficas al margen, la realidad es que el gusano –por muy entrecomillado que vaya y por mucho que vincule al deportista cubano con la industria del anticastrismo y no con el animal metazoo e invertebrado– se ha comido toda la polémica. Entera. ¿Qué ‘buen español’ osaría cuestionarse si España utiliza o no políticamente a ciertos deportistas y si los abandona o no a su suerte en cuanto dejan de ganar medallas, mientras haya un solo ‘mal español’ (“no es un comunista, es algo mucho peor que eso, es un mal español”, dijo Franco sobre Berlanga, a quien ninguna de las muchas etiquetas que le pusieron le gustaba más que esa) llamando animal metazoo e invertebrado a ‘nuestro’ medallista por no pensar como él? Qué voracidad, la del gusano. Abre la polémica y la cierra. Se la ha comido entera.

“No son formas”, dicen –apoyando el rugido de la marabunta– cuando sí son contenidos quienes cuando no son contenidos nunca dicen “no son contenidos”. Porque en España, que viene a ser como el bar del vídeo de campaña de C’s para las generales del 26J pero en grande, todo el mundo sabe que llamar animal metazoo e invertebrado a ‘nuestro’ medallista sólo porque no piensa como tú es perder las formas (esas que sólo pierde quien osa cuestionar lo que prácticamente nadie cuestiona, porque si no, no se llama perder las formas sino romper el protocolo, y quien lo hace es muy campechano y hace mucha gracia) y en España todo el mundo sabe también que quien pierde las formas, pierde también la razón aunque la tuviera. Esto no tiene mucho sentido (bueno, no tiene ninguno), pero una vez lo dijo no sé quién y en España prácticamente nadie lo cuestiona, porque si lo dijo no sé quién y lo repite todo el mundo, por algo será, ¿no?

La voracidad del gusano
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