miércoles 23/6/21

Buenos días Cantabria

Reflexiones desde casa. Día 14

Lo dice el refrán: “Uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde”. En este caso se deja de ver en vivo, como es nuestra amada Cantabria a través de su verde, su mar y sus incomparables paisajes, allá por donde se camine. Sueño mucho despierto en esta larga cuarentena con los mágicos lugares cántabros. Es muy evidente: padezco extrañeza. No voy a pararme en ningún paraje concreto por esa gran verdad, demostrada con recuerdos de antes y morriña latente hoy, que Cantabria es Infinita. Ahora que el coronavirus nos la ha jugado bien jugada, me doy más cuenta de que no había mirado Cantabria lo suficiente. Tranquiliza que la cabeza humana esté hecha para pensar (no todos), y en especial para recordar. Mi cerebro se ha convertido en una especie de sesión continua cinematográfica, con muchas escenas y personas que aparecen en pantalla. Antes las tenías dejadas de lado por el trasiego, la pereza, el desdén o el rencor. Cantabria en sí misma es lo más grande que tenemos. El coronavirus la ha hecho más deseable, porque muchos españoles con segunda residencia de vacaciones han llegado y siguen queriéndolo hacer, aunque el peligro de contagio ha puesto un cartel temporal de prohibido venir. Tanto tiempo de sofá diario no se resume así como así, porque también hay mucho sufrimiento por tus seres queridos que no ves. Ya ven, la tierra, Cantabria, y las personas que la habitan. Por la mañana son buenos días Cantabria. Por la tarde, las buenas tardes Cantabria y, por la noche, las buenas noches Cantabria. No me estoy volviendo majara. Es que te acuestas en el deseo de que mañana quizás sea diferente y vuelvas a pisarla que no pisotearla. Puedas ir de acá para allá. Pasees por el barrio y tus zonas preferidas de interior o de costa. Compres lo que te dé la gana y cuando quieras (mejor en comercios tradicionales de toda la vida, que falta les va a hacer). Saludes a conocidos e incluso hagas nuevos amigos, es el momento. Te tomes uno con leche en tu cafetería preferida. Entres a tu bar favorito donde es imposible que con la bajada tan prolongada de persiana algo esté cambiado de sitio. Una vez dentro, quizás puedas ver ese partido del Racing, que no se rinde y seguro va a tirar para arriba. Cómo echo en falta pronunciar lo de ¡ponme un vino, un vermut, una cerveza, una de agua y unas rabas! Todo en mí es un pase de diapositivas de lo cotidiano, que nos ha sido arrebatado por un tal Covid-19. Nunca lo pensamos. Nunca lo hubiéramos creído. Jamás discutimos o wasapeamos que algo semejante llegaría, salvo Bill Gates. Lo que sí hemos hecho en alguna ocasión es parafrasear el chiste genial de Groucho Marx: “Que paren el mundo, que yo me apeo”. Ni soñarlo. Hoy solo anhelo ser un simple ciudadano, un vecino que entre y salga de su casa y dé los buenos días reales, no virtuales, a mi amada Cantabria.

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