sábado 21/5/22

La Filosofía en La Magdalena II

«(...) Aunque nada pueda hacer 

volver la hora del esplendor en la hierba, 

de la gloria en las flores, 

no debemos afligirnos, 

porque la belleza subsiste siempre en el recuerdo (...)»

“Oda a la inmortalidad” (1807). William Wordsworth.

Cada uno veníamos de residencias sin parecido alguno a la del edificio de las Caballerizas Reales, que contaba con 54 habitaciones dobles. Obra de los arquitectos santanderinos Javier González de Riancho Gómez y Gonzalo Bringas Vega, se encuentran ubicadas en el Sitio de El Palacio y de los jardines de la península de La Magdalena, en Santander. El edificio, clásico con  marcado estilo inglés; y el patio, con una torre que contiene un reloj. Todo une ambas hileras de habitaciones, en el piso bajo y en el superior. 

Una residencia con una playa anexa y unos paseos dentro de la vegetación boscosa, de solemne riqueza arbórea, hicieron un lugar privilegiado para aquellos muchachos que queríamos estudiar y formarnos. Más tarde, se declararía todo el complejo monumento artístico nacional en 1982, con El Palacio.

Estas líneas no dejan de ser -quizás solo en apariencia- nostálgicas, por esa tristeza y pesar que trae a la memoria aquella felicidad tal vez ahora ausente, y reencontrada a través del relato. Sí quiere ser, sobre todo, una toma y una defensa argumentativa que reclama la recuperación de aquellos años bellos, convenientes y fértiles. Bajo otros parámetros y variables, siempre es posible reinventar un presente más acorde con el significado del ser humano que nunca cambia y permanece infinito; sabemos que no puede haber enseñanza sin los estudiantes, aunque sí podría existir sin sus profesores. Pero también es cierto que quienes nos dirigieron u orientaron tuvieron un peso específico en nuestra formación.  

 

Curso 1967-1968. Encuentro distendido y de acogida entre los pioneros que protagonizaron los inicios y algunos compañeros que comenzarían a estudiar allí en el curso siguiente.

 

Los profesores 

Mi referencia es solo a los de mi curso, desconociendo si en los anteriores  fueron exactamente los mismos o cambiaron. Si hubo cambios, estos serían los mínimos.  

 

    Santiago Díez Llama

    Demetrio Estébanez Calderón

    Joaquín González Echegaray

    Jesús Hurtado Cubillas

    Francisco Pérez Gutiérrez y 

    Francisco Susinos Ruiz 

 

El Equipo Directivo 

Eran los responsables y, por extensión, nuestros formadores; con quienes más tiempo convivíamos.  

 

    Alberto del Campo Hernández

    Manuel Díez Castañeda y

    Aurelio Vigo Fernández

 

Vicente Puchol Montis (1915-1967), nuestra alma mater en la aplicación del Concilio Vaticano II en Cantabria, el conductor de la urgente renovación eclesial 

La presencia de Vicente Puchol Montis se hizo poco menos que indispensable. Trajo un cambio más que normativo. Y el equipo de dirección y nuestros profesores conocían la idea y se ajustaron con facilidad a la que traía el obispo valenciano Vicente Puchol para la diócesis de Santander (1965-1967) y para la formación de sus seminaristas que, una vez acabado este tramo, iban a iniciar la Teología, aunque esta temporalidad no tenía por qué ser finalista. Vivíamos el día a día como si fuese todo un curso, y viceversa, sin prisas, sin pausas. Los estudios de Filosofía eran básicos, naturales y fundamentales para la formación y educación de los estudiantes, según criterios científicos, aunque no estuviesen diseñados estricta y expresamente para los estudios teológicos posteriores. Era un momento crítico en el que la Filosofía iba a abandonar la vieja escolástica, creciendo según las ideas y métodos modernos, humanistas y realistas, y abocados a una formación integral, total y completa; así lo concebía Vicente Puchol. 

Tanto el obispo como su flamante diócesis santanderina fueron uno de los sonidos y de las repercusiones del Concilio Vaticano II (1962-1965) que, convocado por el papa Juan XXIII, el papa ecuménico, el "papa bueno", el papa social y comprometido con los más desheredados, ha sido el concilio que ha pasado a la historia como el hecho o suceso que más ha seducido e impresionado a la humanidad en el siglo pasado. La Iglesia española podía mirarse en el espejo del aggiornamento, su 'actualización' y adecuación a los signos de los tiempos. «Quiero abrir las ventanas de la Iglesia para que podamos ver hacia afuera y los fieles puedan ver hacia el interior», dijo el papa en la apertura del concilio en 1962.

 

 

Vicente Puchol Montis (Valencia, 1915 - Madrid, 1967). Obispo de la diócesis de Santander (1965-1967).

 

Precisamente es un hecho que, a pesar de ser el episcopado de Vicente efímero, los vientos de transformación y cambio que traía tropezaron con la dictadura franquista y con la tensión de la cáfila más reaccionaria de ciertos ámbitos de nuestra Iglesia. Curioso es que, con anterioridad a su nombramiento, había asistido a la Escuela de Perfeccionamiento Pastoral que hubo creado en Maliaño (Cantabria) el cardenal Ángel Herrera Oria. Y que, aun siendo su episcopado fugaz -dos años, a falta de dos meses-, de 1965 a 1967-, ayudó y cooperó con los avances y corrientes favorables a la mejora y a la tolerancia y consentimiento que estaban germinando en Cantabria. Deseaba adecuar el anuncio del Evangelio a la nueva coyuntura. Lo consiguió en 22 meses. Tenía muñeca con quien se le acercaba y para manejar cualquier situación que se le presentase, con suficiente sutileza y habilidad. Era bueno y un buen escuchador. 

A los ocho meses y medio de su nombramiento, con naturalidad y convicción auspicia a los militantes de HOAC el 1 de mayo de 1966 en Los Pinares de El Sardinero, extendiendo así su compromiso con la clase obrera. Fui testigo de la desorientación por parte de la Policía cuando parte de ella fue incapaz de reaccionar. Cómo puede entenderse que gente de Iglesia pudiese reprimir a curas, al obispo y a los trabajadores asistidos por este. Una enorme contradicción

Vicente Puchol ya se había convertido, en casi dos años, en una señal histórica de la década de los sesenta en Cantabria. No fue necesario que se diese esa oposición frontal entre visiones contrapuestas. El campo más progresista no tuvo que seguir siendo beligerante, porque nunca lo había sido, aunque sí sintió que respiraba mejor. Mientras, los conservadores se trastabillaron, perdieron la fe y se armaron con que se había ido demasiado lejos, tanto que en el funeral por el obispo, fallecido por accidente de tráfico, el sector más reaccionario rumoreaba sottovoce, en sus corrillos, que "iba muy rápido" -cuando en lugar alguno se pudo constatar ese hecho-. Con esa ambigüedad en la expresión querían significar solamente que el prelado era demasiado renovador y avanzado. No podían callarse. Lo tarareaban en sus exequias. Les faltaba educación, saber estar y les sobraba sectarismo.

Conviene subrayar las diferencias entre las dos formas de pensar y sentir e ir analizando las contradicciones que no suelen darse en los diferentes campos de la vida, y sí paradójica e incoherentemente en el de la religión. Así, unos defienden la horizontalidad en las relaciones humanas, por ejemplo el acuerdo y responsabilidad secular con la sociedad, con la clase trabajadora, liberando el horizonte de la dicotomía fe-sociedad, porque siempre se ha entendido que estas disquisiciones son ilógicas e irracionales, en la medida en que la realidad es cambiante y de una manera acelerada. Lo honesto entonces es el deseo y conquista de una Iglesia con comunicación, amplia y leal, cercana, próxima y contigua, y sobre todo adecuada a las circunstancias y espacios del siglo, con prospectiva. Los miedos, la pérdida del equilibrio -curiosamente-, causaron tiranteces e incertidumbres en parte de la institución eclesial y en la totalidad de la autoridad civil y su control. Estamos hablando de la segunda mitad de la década de los sesenta. 

Quizás pensaban los integristas que el Concilio les quedaba lejos, siempre y cuando no lo tuviesen en casa, tan cerca. Su actitud de avestruz -no por la velocidad en que se mueve, sino por su camuflaje ante el peligro y su ansia de autoprotección- no podía entrever que los concilios son ecuménicos y universales y que su obediencia es debida. Tan ciegos estaban que no podían entender que otra parte del universo cántabro sí tenía esperanza de que la situación se renovase, porque lo que no se podía asumir, por ejemplo,  la exigencia «(...) a los curas para poder dar clase hacer un juramento 'antimodernista'» [Desmemoriados, Vicente Puchol y la diócesis de Santander; los ecos del Vaticano II en la Iglesia española.]. No era un ejemplo de realidad e idealidad. Era infantilismo trasnochado.

(Seguirá)

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