martes. 27.02.2024

Contaré lo ocurrido el último mes de noviembre con “Javier República”, pero antes explicaré algunos antecedentes para que este relato se comprenda en todas sus inquietantes dimensiones. En primer lugar, diré que la vinculación de mi persona con las víctimas del franquismo se remonta a una antigüedad de medio siglo a nivel de conciencia, pero en el plano subliminal o vivencial es desde que nací. Formo parte de la generación “querer saber” de los nietos y más tarde del movimiento “querer reparar”.  El “Javier República” del que hablo, ha coincidido conmigo en algunos de estos afanes.

Hay que situar también este relato dentro de lo ocurrido con la Ley de la Memoria Histórica y Democrática de Cantabria. Aprobada en nuestro Parlamento en la anterior Legislatura, el Gobierno del PP, surgido de las elecciones del 28 de mayo, decidió derogarla. La decisión irritó vivamente a “Javier Republica”, uno de sus promotores más activos, y a muchas familias, cansadas ya de que sigamos posponiendo, entre todos, el final de una discriminación tan injusta para de sus seres queridos.

El tercer antecedente enlaza con el anterior. Setenta u ochenta colectivos cántabros se plantaron contra la derogación, constituyeron la Plataforma Memoria y Democracia de Cantabria y establecieron un programa de actividades con su calendario. Uno de los más activos era, como siempre, “Javier República”.  Cientos de ciudadanos como yo nos fuimos adhiriendo a sus objetivos a nivel particular. Estos son los tres antecedentes de los desconcertantes hechos de noviembre.

El miércoles 8, recibí la llamada de un número desconocido: “Soy Javier, ¿qué tal vas?”. No acerté a saber quién me llamaba, tampoco se lo pregunté. Su tono afectuoso y cálido evidenciaba que se trataba de alguien habitual, pero ¿quién? Siempre he evitado parecido descortés en estas circunstancias, me parece desconsiderado y grosero demostrar que no sabes quién es la persona que se dirige a ti con familiaridad y cercanía. Pero las cosas son como son, a veces te bloqueas, no tienes más remedio que disimular y darte tiempo hasta que tu interlocutor deje entrever alguna pista.  

La primera pista resultó insuficiente: Javier me dijo que la Plataforma de la Memoria le había encargado pedirme un vídeo para promover la participación ciudadana en la manifestación del día 2 de diciembre y añadió que habían solicitado lo mismo a más personas: José Ramón Saiz Viadero; Antonio Ontañón, por supuesto; Dolores Cabra, Regino Mateo, Ángel Viñas, Roberto Orallo… Siguió recitando nombres conocidos, pero yo estaba concentrado sobre todo en averiguar quién era él, quién era Javier.

Su voz sonaba ronca y quebrada. El timbre me traía la imagen desdibujada de alguien impreciso, umbrátil. De los cinco sentidos, cuando hablas por teléfono solo te funciona el oído, pero todos sabemos que este tipo de situaciones embarazosas se da también cuando tienes delante a la otra persona y tus ojos están bien abiertos. Le di las gracias a Javier y a través de él a la Plataforma, por haberme tenido en cuenta. Anoté más nombres: López Coterillo, Pepe Viyuela, Alberto Santamaría, Iñaki Pinedo... También los datos de la manifestación: diciembre, 2, sábado, Santander, Numancia, Correos, 12 horas… De repente surgió el ansiado chispazo de su identificación, siempre ocurre así. Javier repitió Antonio Ontañón y junto a él Manolo Alegría y, en la misma frase, Polaciones. Claro, se me iluminó el recuerdo: Javier, lugarteniente de Ontañón en la Asociación “Héroes de la República y la Libertad”, monolito de Polaciones, 16 años atrás; lápida de la Biblioteca Central, la antigua y siniestra prisión central de Tabacalera.

¿Cómo diferenciarlo de los otros javieres?  Le puse provisionalmente “República” y todavía le sigo llamando así: “Javier República”

Respiré liberado de la obligación de disimulando, cuando Javier se concretó en la persona real que es, un hombre sencillo, concienzudo y especialmente hábil manejándose en los archivos militares, a mí me había conseguido algunos documentos inesperados. Cuando nos despedimos, corrí a añadir el número de Javier en mi agenda, no quería que se repitiera otro sofoco como aquél. Abrí “nuevo contacto” en el directorio, el número quedó registrado automáticamente, pero no pude rellenar el hueco del apellido. Otra vez el bloqueo de la memoria. ¿Cómo diferenciarlo de los otros javieres?  Le puse provisionalmente “República” y todavía le sigo llamando así: “Javier República”. A pesar de que a estas alturas tengo bien grabado todo lo que hay que saber sobre él y no creo que se me olvide jamás.

Aquel mismo 8 de noviembre, justo a las 10:30 de la noche, “Javier República” volvió a ponerse en contacto conmigo, esta vez por whatsApp. Me enviaba un modelo para el texto del vídeo y añadía que, una vez grabado, se lo remitiera por whatsApp a aquel mismo número. Insisto, era el miércoles 8.  El viernes 10 recibí más instrucciones en otro whatsApp: “Tienes que grabarlo en vertical; tienes que empezar diciendo tu nombre, apellidos y profesión. Importante, no tienes que pasarte de 20 segundos. Tómate el tiempo que necesites, pero no olvides la fecha del 2 de diciembre”. Eran las 11 de la noche, como digo, viernes 10 de noviembre.

Revisaba el teléfono de vez en cuando por ver si “Javier República” me respondía o no

Exactamente tres días después, a las 18:01 horas del lunes 13, me llegó este nuevo whatsApp de “Javier República”: “¿Qué tal estás”, preguntaba, “y qué tal vas con el vídeo”? Me dio la impresión de que lo del “tómate el tiempo que necesites” me lo había tomado con demasiada laxitud. A las 18:02, le contesté: “Todo bien, Javier. Yo te había entendido que no había prisas, pero si las hay, dímelo”.  No me contestó y me extrañó. Seguí en mis cosas, seguía atento a la actualidad nacional encrespada aquellos días y el día 20 de noviembre me puse a grabar mis 20 segundos. Mientras, revisaba el teléfono de vez en cuando por ver si “Javier República” me respondía o no. No lo hizo. Ni llamadas, ni mensajes. Terminé la grabación el 21. Yo quería que me quedara bien, a tono con la causa a la que estaba destinado el video, pero tuve que repetirlo muchas veces, por la estructura del mensaje, por mi propia imagen que no acababa de dar bien, el tono de voz, la luz. el fondo. Sin olvidar el requisito de poner el móvil en posición vertical.

Por fin dejé de darle vueltas y lo di por terminado. Era el martes 21 de noviembre, a las 15:20 horas cuando pulsé la techa “enviar” y empecé a prepararme la comida. Al whatsApp para “Javier República” añadí este mensaje: “Ahí te va, espero que sirva. Dime a ver qué te parece”. Confirmé que no me había contestado desde el día 13 y pensé que sin duda se le había hecho larga la espera, incluso podía ser que estuviera enfadado por mi tardanza. Pero, bueno, yo le había consultado lo de las prisas y no obtuve respuesta.  Pasaban las horas de la tarde del 21 y seguía mudo. Le llamé un par de veces y tampoco cogía el teléfono.

Tampoco al día siguiente, 22; ni el 23, ni el 25, ni el 28. Ni el 1. Ni la misma mañana del sábado 2 de diciembre, poco antes de la manifestación. Ocho intentos en total me quedaron registrados en el Samsung. A medida que se acumulaban llamadas y silencios, mi perplejidad y mi intriga se acrecentaban, porque la imagen que yo tenía de él era todo lo contrario, un hombre meticuloso, puntual y formal. Me empezaron a rondar sombras de sospecha. Quizá en la Plataforma mi video no había superado algún baremo de calidad. O peor aún, quizá a alguien había vetado a mi persona, cualquier cosa es posible en este mundo tan complicado. Pensé en llamar a Marisol González, de “Archivo Guerra y Exilio”, un referente de la Plataforma, pero no quise acabar puenteando a Javier. Así es que el sábado 2, antes de las 12 horas, llegué a la plaza de Numancia y empecé a buscarlo. La noche anterior, la del viernes, entré a la página de la Plataforma, repasé los vídeos, abrí los más de ellos. Me pareció un gran trabajo, pensé que la manifestación iba a tener muy buena respuesta. Me gustó especialmente ver el video del centenario Maximino de Cos, junto a los de Joan Tardá, Ione Belarra, Marilar Aleixandre… El mío no estaba entre ellos. Ni rastro del video mío, ni rastro de mi nombre.

Llovía mucho el sábado y éramos muchos en Numancia. Unos dicen que 2.000, otros lo dejan en 400. Lo típico. Entre paraguas, plumíferos, gorros, capuchas y gafas mojadas, yo solo buscaba a “Javier República” con un sentimiento de frustración, aunque me resultaba también gratificante oír a la multitud coreando “¡Juanín, Bedoya, estáis en la memoria!”. Y es que fue un 2 de diciembre como éste, cuando mataron a Bedoya a la altura de Islares. Se cumplían este sábado justamente 65 años. Exactos.  

No vi a Javier, pero tropecé por fin a Manuel Alegría, profesor de Instituto, pariente de “Javier República” y memorialista como él. “¿Sabes por dónde va Javier?”, interrogué.  “¿Qué Javier? ¿Varela?”, preguntó Alegría a su vez. “Ese, sí”. Me pregunte cómo era posible que no hubiera recordado yo el apellido gallego de “Javier República”, Valera, con la de veces que lo había usado, pero los mecanismos del recuerdo y del olvido son así de arbitrarios, ya nos iremos acostumbrando. Manolo Alegría me miraba fijamente: “Javier se murió”, me espetó. “Pero ¡qué me dices!”, acerté a balbucir.  “Si he estado yo en contacto con él hasta hace…”, acerté a decir. Cuando reaccioné, abrí el móvil para revisar las llamadas y  whatsApp de noviembre y, efectivamente, el día 13 me había escrito el último a las 18:01 y yo le contesté el mío a las 18:02 un segundo después. Y ya no volví a saber nada más de él.

"¿El 13?" -  se interesó Alegría. Pues creo que ese fue el mismo día que se murió. Salió la esquela el 14 y le incineraron el 15.

Sentí que el aguacero y el frío llegaban ahora desde dentro. Al finalizar la marcha de la manifestación me adelanté hasta la cabecera para saludar a Isabel Tejerina, que había leído el manifiesto. Alguien del grupo me presentó a Anna, la hija de Javier Valera, que estaba con su padre cuando falleció. Dolorida y todavía sin creerse lo ocurrido, repetía lo orgullosa que se sentía de su padre, de su entrega hasta el final a esta causa del Rescate de los Olvidados.  

Creo que ya no olvidaré jamás el nombre completo de Javier Varela Gómez. Rescató del olvido de las víctimas a sus dos tíos de Polaciones: Daniel Fernández Roiz, socialista, fusilado el 12 de marzo de 1938 en Ciriego, y el también socialista Maximino Gómez Gómez, cuyas huellas de padecimientos consiguió rastrear Javier hasta las fosas del campo de concentración del monasterio de San Pedro de Cardeña en Burgos. Allí murió el día 26 de marzo -también de marzo, también de 1938- catorce días después del fusilamiento de Daniel. El tesón concienzudo de “Javier República” llegó a averiguar que ni Daniel supo el mal final de Maximino, ni Maximino el de Daniel. El monolito de Polaciones dignifica, entre otros, a Daniel, Maximino y otras dos personas de la misma familia, Arturo Noriega y Pilar Gómez Lombraña. ¡Entre otros...!

El  whatsApp que le envié el día 13 a las 18:02 horas, lo abrió Javier inmediatamente. Me estremecí al constatar que éste fue su final. Se sintió muy mal y enseguida le sobrevino el infarto que lo acabó. El video que le remití el 21 de noviembre sigue todavía sin abrir en el interior de su teléfono móvil. Los dos tics azules que indican cuándo un mensaje se ha recibido no aparecen. En él, decía: “Me opongo a la derogación de la Ley de Memoria Histórica y Democrática de Cantabria y apoyo la manifestación del 2 de diciembre. Animo a todos ustedes a que se sumen a ella”.

A Javier Varela siempre lo tendré en mi propia y agradecida memoria.

El Noviembre de ‘Javier República’
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