lunes 6/12/21

Protesta, que algo queda...

Nos pasa mucho de lo que nos pasa porque nos callamos lo que sale mal, lo que nos venden mal, a los que nos tratan mal, o lo que no funciona. O lo que es peor, se lo contamos al camarero, a nuestro cuñado, a unos compañeros de trabajo, a nuestras parejas, y no presentamos las quejas ni en donde nos maltratan ni ante las administraciones que deben protegernos.

Somos un país de rutones. Nos quejamos de muchas cosas, todo el rato. Mi padre, cada comienzo de año, se tira semanas clamando en el desierto a cuenta de lo poco que le suben la pensión, y lo mucho que se le come la subida el ajuste del IRPF. Mi vecino de descansillo se queja de los golpes que da la puerta del portal cada vez que alguien entra o sale, que le distraen el ocio o le despiertan. Tengo una compañera de trabajo que un día sí y otro también protesta hasta el berrinche por lo mal que funciona el sistema informático de la empresa. José Manuel se queja del sistema de autónomos, Jonathan de las ETTs y mi amigo Indalecio de lo lento que se mueve el autobús que va desde donde trabajamos hasta el centro de Madrid. El resultado final de sus quejas es el mismo en todos los casos: ninguno.

Sin quejarnos, no se nos toma en serio. A veces, incluso haciéndolo, se nos sigue tomando por el pito del sereno

Nos falta perspectiva para la queja. Y nos sobra calor cuando la  hacemos. Ni siempre nos quejamos de lo que debemos y con la intensidad que debemos, ni tampoco acertamos con quien nos desahogamos. Ladramos fuerte, pero las más de las veces en la dirección equivocada. Además, lo hacemos con poca ambición, nos autolimitamos con palabras gruesas entre los amigos, y cuando nos hemos vaciado, enseguida se nos pasa el berrinche, y hasta la siguiente. Bueno, menos a mi padre, que con lo suyo tiene cuerda suficiente para hilar uno con otro con cada cambio de año, y con cada ministro de Hacienda.

Quejarse es muy sano, hay que hacerlo más. En primer lugar, porque aligera la presión del alma y equilibra la tensión arterial. Pero sobre todo porque las cosas mejorarían en todos los niveles y en todos los sentidos. Nos pasa mucho de lo que nos pasa porque nos callamos lo que sale mal, lo que nos venden mal, a los que nos tratan mal, o lo que no funciona. O lo que es peor, se lo contamos al camarero, a nuestro cuñado, a unos compañeros de trabajo, a nuestras parejas, y no presentamos las quejas ni en donde nos maltratan ni ante las administraciones que deben protegernos. Con esto, las tropelías se quedan en anécdota, y las chapuzas y los engaños siguen a la orden del día. Sin quejarnos, no se nos toma en serio. A veces, incluso haciéndolo, se nos sigue tomando por el pito del sereno. Pero quizá si fuéramos más apretando, esto tan de moda que proponen los que tienen que solucionar problemas a los que se les quejan, toda una paradoja, alguien llegaría a asustarse, y algunas cosas cambiarían.

La queja llega a nada si quienes controlan el canal escogen que nuestro argumento no les conviene, y que si la reputación de otro sufre porque es un mindundi, también sufre la suya

Es verdad que no siempre es fácil quejarse. Hace unos días, Jonathan, que ha sido perjudicado por una antigua empresa que le niega sus derechos laborales, pretendió denunciar su caso usando las redes sociales, un recurso directo y barato que a priori debería asegurar una cierta extensión del mensaje. Pero en un remedo de la vida misma, donde gana el grande y pierde el chico, que también suele ser el pobre, el altavoz fue apagado de repente y sin explicaciones, haciendo ganadora a la empresa, que así ha ganado dos veces. Tampoco la queja llega a nada si quienes controlan el canal escogen que nuestro argumento no les conviene, y que si la reputación de otro sufre porque es un mindundi, también sufre la suya. Favor por favor, y crítica acallada.

Pese a todo, quejémonos. Y hagámoslo mucho y alto. Buscando afinidades, solidaridades y apoyos. Con insistencia. Inasequibles al desaliento. Repartamos el tiempo entre poner la cabeza como un bombo al de al lado, y al responsable de que lo que no funciona se entere de qué y por qué, le ponga solución y nos resarza pérdidas y penurias. Cuando quejarse sea lo normal, y no la excepción de aburridos y amargados antropológicos, seguro que las pensiones suben lo que deben, las puertas dejan de dar portazos, se arregla lo de los autónomos y Starbucks reincorpora a sus trabajadores después de las excedencias como manda la ley, y no como a sus dueños les dé la gana.

Comentarios