martes. 28.05.2024

MAR (de fondo)

En 1998, MAR tuvo que salir por patas de la Secretaría de Estado de Comunicación por amenazar a periodistas, y porque sus formas de extrema derecha fascista le iban mal a su partido en eso de alcanzar el centro

Cuando Aznar se enfrentó a Felipe González en las primeras elecciones en las que el que fue amigo de Bush era el candidato del Movimiento, la gente iba diciendo por ahí que alguien a quien se le conocía por el apellido no tenía nada que hacer frente a quien todo el mundo se refería por su nombre. El nombre aporta cercanía, suena más cariñoso y es menos rígido que dirigirse a ti por tus apellidos. Eso lo hacían en los colegios de curas para marcar distancias. Llamarte Cavia era más educativo, y también más seco y alejado que decirte Víctor Javier, que suena con cierta presunción de cariño, que por supuesto ellos no dispensaban a nadie.

Y si eso pasa con el nombre y los apellidos, no te cuento si con las iniciales de ambos te hacen un acrónimo, como MAR, que puedes convertir además en una marca personal. MAR es Miguel Ángel Rodríguez, esa bestia parda con pintas en el lomo que cobra un sueldo público por dirigir el delirio político e intelectual de la presidenta de la Comunidad de Madrid. Un resentido mal encarado, mucho menos listo de lo que él se cree, con un pasado de tipo pendenciero que ya le ha dado más de un disgusto. También fue consejero áurico de Aznar y portavoz de su Consejo de Ministros, que las desgracias y los mezquinos nunca vienen solos. Al expresidente, que se cree Churchill pero que ha sido el peor presidente desde los tiempos de Carlos I, lo aguantamos solamente cuando sale a dar lecciones de la democracia franquista en blanco y negro que defienden él y los suyos. A MAR lo sufrimos cada vez que Ayuso se levanta de la cama con una idea, una amenaza o una extorsión en la cabeza por cerebro interpuesto.

MAR es el otro lado del espejo de cualquier régimen democrático, el que acumula polvo y telas de araña, el que nunca ve la luz, el que oculta sus miserias

En 1998, MAR tuvo que salir por patas de la Secretaría de Estado de Comunicación por amenazar a periodistas, y porque sus formas de extrema derecha fascista le iban mal a su partido en eso de alcanzar el centro. No se ha movido de ahí ni un pelo. Ayudado por la desidia de Ayuso en el juicio y el entendimiento, Rodríguez sigue siendo el bronco, maleducado y despreciable de siempre, con 20 años más de experiencia en ser un miserable forjada en esa placa de Petri para generar ruindad que son los debates televisivos del mediodía. Con algún problema con el alcohol de por medio, una enseña le refuerza el carácter.

Miguel Ángel Rodríguez es una deficiencia del sistema. Forma parte de esos despojos que se mueven con seguridad y confianza por sus cloacas, empantanando todo de lo que se ocupan, generando conflicto, movilizando sólo odios y enfrentamiento. MAR es el otro lado del espejo de cualquier régimen democrático, el que acumula polvo y telas de araña, el que nunca ve la luz, el que oculta sus miserias. Es un agitador profesional que únicamente se siente cómodo en la bronca, el exabrupto, boicoteando, mintiendo, aterrorizando. El discurrir del tiempo sólo le hace mejor en ese papel de canalla y mala persona, que lubrica con absoluto desparpajo como el que cuida de su figura sesentona en el gym.

Seguramente tipejos como MAR son inevitables, porque siempre habrá una inútil como Ayuso a la que usar para la venganza a base de matonismo de polígono. La gentuza como Miguel Ángel Rodríguez se alimenta de la insolvencia ajena en todos los sentidos, y se afianza con cada paso que dan por mantener el status de mafioso sin fisuras. Es un déficit del régimen democrático que no haya manera de tirar por la borda de la convivencia a individuos como este. Pero también es una fortaleza que, pese a que resistan como insectos rastreros, los buenos seamos más y mejores, incluso a pesar de ellos.

MAR (de fondo)
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