miércoles. 24.04.2024

Isabel

Isabel Díaz Ayuso es una mediocre de manual. También es dispersa en sus pensamientos, absolutamente disparatada en su expresión y un bicho. Isabel lo atesora todo, incluido un jefe de gabinete que la maneja y un líder de su partido que la teme.

Desde que el mundo es mundo, los mediocres han evolucionado en la habilidad de ser quienes nos gobiernan. La excelencia en la política es una rareza que nos cae en suerte solamente muy de cuando en cuando. En cualquier partido con afán de gobierno se escoge para su propia organización a los menos avezados de entre los menos avezados, para después acabar colocándolos en puestos de mando. A veces no se salva ni quien está a la cabeza, que ejemplos actuales podemos poner a manos llenas. Y los mediocres, que tienen más peligro que un mono con dos pistolas porque suelen creer que en realidad no lo son tanto, son seres envidiosos y perversos. Un mediocre medio es perfectamente capaz de destruir una creación eficiente con sólo fijarse en ella, sin más justificación que una inteligencia que no existe y una mala baba proporcional a su estupidez. La mediocridad aplicada a la gestión de lo común, además de lo habitual, es incansable en su destreza devastadora. Son como el caballo de Atila, por donde pasan todo se vuelve anodino y vulgar, y pierde perspectiva.

Isabel Díaz Ayuso es una mediocre de manual. También es dispersa en sus pensamientos, absolutamente disparatada en su expresión y un bicho. Isabel lo atesora todo, incluido un jefe de gabinete que la maneja y un líder de su partido que la teme, aunque no sé bien si el miedo se lo tiene a ella o a lo que sabe de él su principal asesor, que gasta fama de borracho. Es verdad que tiene mayoría absoluta, lo que le da el derecho a gobernar como quiera, pero también tiene la obligación de hacerlo para todos los que viven en Madrid, y de hacerlo bien, orientada a conseguir resultados razonables y efectivos. Por el momento, no está ni en lo uno ni en lo otro. IDA vive en un mundo paralelo, en una fantasía delirante que encaja completamente en su perfil político vacío y en su zafiedad intelectual. Isabel no vale ni para taco de escopeta, por mucho que ella y su legión de seguidores piensen lo contrario. Ya tengo dicho que un apoyo popular mayoritario no confiere talento ni competencia a quien lo concita.

La presidenta madrileña tiene las luces políticas muy justas, aunque se lleva al público de calle con su demagogia ultraderechista


La presidenta madrileña tiene las luces políticas muy justas, aunque se lleva al público de calle con su demagogia ultraderechista, y se maneja muy bien por los bajos fondos de su partido. No es mérito suyo. En su éxito hay mucha sangre de puñaladas que se han pegado otros, la destreza para convencer en su entorno de que no tiene más peligro que cualquier otro tonto del grupo, y contar con un pirata rencoroso y resentido como principal consejero. Es difícil de entender que alguien que ponía voz en redes sociales al perro de Esperanza Aguirre haya llegado a donde ha llegado Isabel por ser un modelo de genialidad y talento. Puede ser, estoy seguro, porque detrás tiene a quien le maneja los hilos, dejándose llevar porque no la ha visto más grande en su vida. Los imbéciles estructurales enseguida encajan en donde los colocan, haciéndose a su ejercicio social con una velocidad pasmosa. La misma con la que se rodean de otros inútiles, solamente un poco más listos, que se conforman con el segundo plato a cambio de vivir del cuento y de que los focos no les den de lleno. La estulticia del jefe ayuda mucho a sobrellevar la propia, que resulta menos evidente.

Aguantar a un mediocre es un castigo, salvo que te unas a la corriente y te dejes llevar, aunque no sea más que por cansancio. El conformismo de los de alrededor es parte de la estrategia. Díaz Ayuso ha encontrado su espacio en este estado de cosas, alimentando la pereza de pensamiento entre los que la apoyan. El problema está en que Isabel es una tipa peligrosa. Tiene una visión a largo plazo de su protagonismo político, y eso no puede ser bueno. Cada día que pasa al timón es mayor la zozobra, en proporción a su simpleza ideológica, a su sencillez intelectual y a su gestión, raquítica en lo público y muy generosa en lo privado. Esa tontería de la libertad y de la cerveza en una terraza y de lo de no cruzarte con un ex, es para todo lo que le da. También lleva a ETA, la amnistía y la ruptura de España en su discurso, que bien jaleado le gusta a su parroquia. Mientras tanto, el río va para Mombasa, llevándose por delante cualquier atisbo de decencia y de cordura, Isabel bañándose en su incapacidad y los madrileños repartidos entre las risas y la aflicción.

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