miércoles. 12.06.2024

Hemos perdido

Una hostia colectiva de la progresía que dice mucho de las malas campañas, de los malos compañeros de aventuras y de la mala suerte de empezar nada en medio de una pelea

Cuando hace unos días el presidente Sánchez disolvió el Parlamento y anticipó las elecciones generales, un amigo venezolano, Alexander, me preguntó qué significaba eso a efectos prácticos. Lleva en España hace año y medio, y las diferencias con el sistema institucional de su país, que, por cierto, no es ni de lejos un ejemplo de democracia, aún le tienen confundido. Me tengo por una persona que, cuando soy capaz de cultivar la paciencia, explico las cosas que me preguntan y que sé de la manera más didáctica posible. Así que con toda la buena fe del mundo y rezumando honestidad a chorros, le respondí que eso quiere decir que hemos perdido. Rotundamente. Dolorosamente. Dramáticamente. Para qué vamos a andarnos con historias. La realidad es tozuda la pinte quien la pinte, y admitirla de golpe y desde el principio, aunque no consuele, la hace más llevadera.

Las izquierdas han salido de las municipales y autonómicas vapuleadas hasta la médula

Las izquierdas han salido de las municipales y autonómicas vapuleadas hasta la médula. La socialista porque incluso donde ha mejorado resultados no alcanza poder institucional, que a la postre es la medida de cualquier éxito electoral. En el culo de los líderes locales le han dado una patada a Pedro Sánchez y a su gobierno de coalición progresista, ese que de ser una caja de música sonaría sólo a ratos y siempre desafinada. La del extremo, porque ha consumido todo su rédito social en el histrionismo de sus líderas y líderes, que han hecho del desencuentro con sus socios un hábitat de absoluta conveniencia. Y la del medio, la nueva que escucha el susurro de la ciudadanía pidiendo auxilio, porque es tan nueva que ha estado perdida en el baile,  perjudicándole las malas selecciones musicales de la orquesta. Una hostia colectiva de la progresía que dice mucho de las malas campañas, de los malos compañeros de aventuras y de la mala suerte de empezar nada en medio de una pelea.

La derecha, la más normal y la otra, ha construido su éxito sobre la ruina estratégica de todos los demás. Feijóo, que es un señor de provincias al que se le nota de lejos que todo lo que no sea Galicia le viene grande, y Abascal, que es un facha palurdo incapaz de hilvanar dos frases sin dejar de parecerlo, han ganado porque ha perdido la izquierda. No tienen discurso que construya una sociedad igualitaria, ni propuestas que mejoren la vida colectiva, ni pretensión alguna de gobernar para todos, porque sólo les motiva recuperar un poder que consideran suyo de toda la vida, y que cuando no ejercen es porque dicen, sin vergüenza alguna, que se lo están usurpando. Frente a todo ese vacío intelectual, la izquierda no ha enseñado los dientes y se ha dejado llevar por naderías, así que de esos polvos vienen estos lodos.

El panorama no es de mucho aliento, con los muy ultras crecidos, los ultras en crecimiento y las izquierdas encogiéndose y fatalmente avenidas

La ciudadanía nunca se confunde cuando vota. Otra cosa es que la motivación para hacerlo a unos o a otros nazca del ardor de las tripas más que del sosiego de la razón. Pero los resultados electorales en democracia son la soberanía misma. El domingo 28, la soberanía ha dicho a voces que la izquierda mal, muy mal, mandándola en muchos sitios a sufrir el frío intenso de pintar poco, o casi nada, durante los próximos 4 años. Y como la desazón por el desastre también se alimenta de ese triunfo de las derechas, tan legítimo como inmerecido, el dolor por el fracaso se hace aún mayor, y las perspectivas de futuro se vuelven más oscuras. Así que el panorama no es de mucho aliento, con los muy ultras crecidos, los ultras en crecimiento y las izquierdas encogiéndose y fatalmente avenidas. El verano pinta tormentoso, y los próximos años tristes y muy sufridos. Ya se lo he advertido a mi amigo, para que cuando pase lo peor lo tenga todo llorado.

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