martes. 29.11.2022

Estampas santanderinas

Santiago es un guiñapo que se repite con tozuda disciplina.

Me he tirado 4 días en Santander disfrutando de la Semana Grande, esa fantasía desgastada que ningún alcalde ha querido innovar por eso de que la tradición se vende bien en una ciudad avejentada a golpe de falta de imaginación de los que la gobiernan y de la poca exigencia de los que la sufren. Santander sigue siendo la novia del mar, y el Paseo de Pereda, el Sardinero y Puerto Chico los altares donde la dejaron plantada ni se sabe cuándo. De entre todo el programa de festejos solamente se salvan las ferias, que rezuman ilusión infantil y tensión adolescente entre bingos, churrasco, la sirena de las atracciones, el algodón de azúcar de colores y el vino de Cariñena, que el día que falte nos echará a perder la fiesta a José Manuel y a mi. Este año no había noria, pero ha vuelto el ratón que te come al acabar el recorrido, y las colas para montar en los cacharros eran alargadas. A 4 euros el viaje, los feriantes poco tendrán de qué quejarse. El resto, más de lo mismo. Santiago es un guiñapo que se repite con tozuda disciplina.

La ciudad estaba llena, es verdad, con esa mezcla de pijos, los que visten como pijos y los desarrapados que no quieren que les confundan con los pijos, y toda esa otra gente que llega de la meseta para ir a la playa y tomar helados de Regma. La alcaldesa, inasequible al desaliento gobernando un pueblo, ha procesionado con una agrupación de gallegos, se ha hecho fotos con unas sevillanas y ha estado en la fiesta de Mikeli, la inmobiliaria que vendía el Pazo de Meiras por 8 millones de euros antes de que la justicia dijera que ese sitio no es de los Franco. De todo, lo de Mikeli es lo que mejor define la idiosincrasia ridícula y cateta de gran parte de la ciudad. Un evento privado disfrazado de festejo popular, en una calle cercada con una cinta, con invitados que parece que van de merienda con la reina de Inglaterra, bebiendo vino y champán y comiendo de bandejas que sirven camareros vestidos con chaquetilla blanca, escuchando a unos mariachis, vigilados por el vulgo que vuelve del Puntal embadurnado en salitre y observando la diversión con cara de envidia. O sea, el mundo de los quieroynopuedo con aires de grandeza, ajada por la miseria, aliñados de socios del club marítimo y del tenis, enfrentados al corriente populacho para el que hacen de escaparate de pretensiones. Y mientras tanto, Gema Igual dando las gracias por el dispendio a unos señores que perpetúan el postureo provinciano y aprovechan para hacer la pelota. El Santander de toda la vida…

Los fuegos artificiales de la noche del 24 también han sido un espectáculo. Si los cohetes se pudieran reutilizar, serían los mismos de los últimos 50 años. Allí estábamos miles de santanderinos en silencio, viendo quemarse otra etapa del programa de fiestas con ese interés deslavazado al que empuja la repetición perenne de algo que sucede porque tiene que suceder, sin pena ni gloria ni más explicaciones. Como las casetas de la feria de día, otro invento pasado de moda y caro, pero muy del gusto de esa sociedad santanderina conservadora que se tiene que dejar ver para el qué dirán mostrando dientes y niños vestidos de viejo y pagando 3,50 por un pincho, tan vulgar como el evento, y una cerveza en vaso de plástico. Este año han puesto menos que antes de la pandemia porque dicen los hosteleros que no les dan las cuentas. A la vista de la atención prestada, lenta y más de amiguete del dueño que de profesional del ramo, y de la calidad de los productos, estaría por decir que para los instalados todo es ganancia. Pero quién soy yo para hacerles las cuentas a los que ocupan completamente las aceras con mesas, sillas y toneles, y pagan a sus empleados la mitad de la jornada en negro (o eso se dice).

Total, que he ido porque me tocaba, pero no porque las fiestas sean apetecibles. Ni siquiera con las actuaciones en La Porticada de Bertín Osborne (todo es tan lamentable en Santander que tuvieron que corregir su apellido en los soportes publicitarios porque le habían puesto Orborne, tan campantes, sin que nadie viera el error hasta que ya estaban los carteles en la calle) o de Marta Sánchez, otro ejemplo de que allí también se vive en otro siglo cultural. Ni por las risas merece la pena. Y aunque tampoco es que se haya tocado fondo, muy difícil parece que todo pueda ser más aburrido, más tétrico y más obsoleto de tanto que ya lo es. El año que viene más.

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