jueves. 29.02.2024

¿Cómo es posible?

La normalización de los procesos debiera evitar discriminaciones, injusticias y corruptelas, todo eso que los migrantes que llegan a nuestro país a buscarse la vida no encuentran en la mayoría de sus países

Estoy alcanzando esa edad (que dice Alfredo) en la que comienzo a conocer a más latinoamericanos que europeos. Son gente divertida, la mayoría humilde, y casi todos muy entregados a la amistad y a ponerse a disposición de los demás cuando surgen los problemas dejando los suyos a un lado. No he dado con ninguno al que no le apasione España y que no esté encantado de vivir en Madrid. Pero tampoco con muchos que no tengan detrás una complicada historia personal de sacrificios, renuncias y dificultades hasta llegar aquí, y también aquí mismo.

La migración social y económica de los hispanoamericanos (no hago distinciones académicas en cuanto al término correcto que los identifica, porque detrás de eso hay las más de la veces un cierto tufo a xenofobia) es un drama desconocido por la mayoría de la población, que no se hace ni idea del alcance del sufrimiento que los migrantes deben soportar mientras tratan de regularizar su situación y afianzar, al menos, su presente para tener algún futuro. Ninguno de mis amigos latinos escapa a la penuria de vivir en la incertidumbre, atrapados entre la ilusión por salir adelante, la carrera de obstáculos de los procedimientos y los canallas que se aprovechan de su necesidad y de su angustia.

¿Cómo es posible que el proceso para obtener la nacionalidad, teniendo derecho a ella y con toda la documentación en regla, se demore más de un año?

¿Cómo es posible que los migrantes que necesitan acogerse a la protección internacional no puedan conseguir una cita para hacer su petición, y que eso les deje en manos de chanchullos y de mafias que cobran hasta 350 euros por una, y que las autoridades, que lo saben, no hagan nada al respecto? ¿Cómo es posible que en los centros de extranjería despachen las denegaciones de asilo, retirando al migrante la única documentación nacional que acredita su estado hasta la resolución de recursos, o que se les conmine a salir de España sin explicar la forma de recurrir o cómo es el trámite de expulsión administrativa?

¿Cómo es posible que una solicitud de visado por estudios tenga respuesta muchas veces cuando los estudios en los que se basa hayan terminado, impidiendo, por ejemplo, que el migrante pueda optar a un trabajo en prácticas porque su situación no está en realidad regularizada? ¿Cómo es posible que un permiso de trabajo, cuando ya se tiene una oferta en firme, tarde más de medio año en tramitarse, arruinando cualquier perspectiva laboral porque es imposible que ninguna empresa mantenga su oferta tanto tiempo?

¿Cómo es posible que el proceso para obtener la nacionalidad, teniendo derecho a ella y con toda la documentación en regla, se demore más de un año, y que se tarde más de otros 6 meses en realizarse la inscripción en el registro que permite conseguir el DNI y el Pasaporte? ¿Cómo es posible que durante el tiempo que dura el proceso la única respuesta a cualquier consulta sobre su estado se despache con un “siga usted esperando”?

¿Cómo es posible que se cobren hasta 800 euros por un trámite de arraigo laboral o una petición de visado a personas que tienen lo justo para sobrevivir y que subsisten día a día con lo que ganan vete a saber cómo? ¿Cómo es posible que se deje en manos de asesorías y asesores sin conciencia social alguna la ayuda en los procedimientos para permisos de residencia o de trabajo a personas sin apenas recursos?

Soy un firme defensor de los procedimientos reglados, especialmente de los de cuya resolución se derivan derechos, porque eso es la mejor garantía de objetividad. La normalización de los procesos debiera evitar discriminaciones, injusticias y corruptelas, todo eso que los migrantes que llegan a nuestro país a buscarse la vida no encuentran en la mayoría de sus países. Nos tenemos, además, por una democracia consolidada que es justa en su funcionamiento, y solidaria en los principios en los que basa su acogimiento a los que vienen de fuera.

La administración hace de la regularización de extranjeros una carrera de obstáculos agotadora que echa por tierra cualquier idealización que se traigan de nuestro país

Convivimos entre nosotros y con ellos con un alto sentido de la hermandad. Estamos a la cabeza de la reivindicación permanente de nuestro carácter fraternal, que damos por hecho que nos diferencia de otras naciones de nuestro entorno. Esa es la carta de presentación a la que se aferran los migrantes latinos cuando desembarcan en España. Pero luego nada es tan fácil, ni tan amistoso, ni tan amable. No somos tan buenos ni acogiendo ni amparando. La administración hace de la regularización de extranjeros una carrera de obstáculos agotadora que echa por tierra cualquier idealización que se traigan de nuestro país.

También cualquier esfuerzo personal o colectivo que desde la ciudadanía se ponga en marcha para ayudar con perspectiva. Los plazos, inexcusablemente superados por falta de medios; la falta de medios, ese mal endémico de una administración perfecta en la teoría pero rebosante de déficits estructurales que la hacen lenta e ineficiente; la lentitud a la hora de adoptar medidas extraordinarias que superen los déficits; la burocracia, los paradigmas de la organización pública y una forma de afrontar la necesidad ajena con cierta desidia y mucha distancia. Poco se pone a favor de los migrantes, que precisan respuestas ágiles, bien explicadas y, sobre todo, eficaces en términos de estabilidad y certidumbre.

Mis amigos hispanos no se quejan, pero tampoco malviven resignados. Para ellos, este sistema absolutamente imperfecto y muy poco funcional es el único asidero al que pueden agarrarse, con las esperanzas intactas e incluso agradecidos. Probablemente eso sea la causa de que nada mejore, porque aquí somos muy de actuar solo si alguien se queja. A pesar de todo, ellos se mantienen activos y alertas, e insisten e insisten, prorrogando sus ilusiones. Pero eso no es justo. El capital humano y emocional que suponen no puede quedar al albur de las imperfecciones de un sistema absolutamente mejorable. Ni ellos se lo merecen ni a nosotros, como país, nos deja en buen lugar. La solidaridad solamente es real si se ejerce y tiene resultados.

(Vaya por todos los latinoamericanos de bien que han venido a este país a construirse un mañana de prosperidad que en sus naciones no anhelan, ni de lejos, poder conseguir. En especial, vaya por Cristhian, por Alexander, por Juan Diego, por Daniel, por Gilbert, por Rony…)

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