viernes. 14.06.2024

Alberto

Alberto González, el novio de Ayuso, ha tirado por la borda el triste protagonismo de Koldo, haciéndose un hueco en la mierda nacional del saqueo y la pasta gansa por la cara

Como con las ratas en los barcos cuando una tormenta los agita, ha bastado atrapar a un canalla llevándoselo crudo del dinero de todos para que empiecen a asomar el hocico el resto de sinvergüenzas patrios haciendo lo mismo. A Koldo, ese portero de club de alterne ejerciendo de alto cargo de la izquierda sin perder ni las formas ni los orígenes, le ha salido competencia en la derecha tramontana. La de la España de zapatos de ante, pantalones chinos y jersey en los hombros. La derecha de los buenos, la propietaria, la de los negocios legales y el dinero a espuertas, muy blanco, ganado con trampas, pero con trampas de gente bien. Alberto González, el novio de Ayuso, ha tirado por la borda el triste protagonismo de Koldo, haciéndose un hueco en la mierda nacional del saqueo y la pasta gansa por la cara.

Los ladrones de derechas no se andan con las cutreces del Koldo de turno. Ellos roban con la elegancia que otorga la ropa buena y los modales educados

En el universo de los quinquis, Alberto es el refinado. Nada de cuadernos con cifras a mano, ni sobres con billetes sujetos con gomas escondidos debajo de un colchón, ni comidas de marisco y gintonics con la banda de truhanes para preparar el próximo golpe. No. Alberto lleva una contabilidad oficial, llena de trampas eso sí, y presenta declaraciones a la Agencia Tributaria. Tiene empresas y emite facturas. Seguro que hasta reparte tarjetas de visita de las de papel grueso, que son las caras. Los ladrones de derechas no se andan con las cutreces del Koldo de turno. Ellos roban con la elegancia que otorga la ropa buena y los modales educados. Y se lo gastan en esas cosas que ni los pobres envidiamos, porque son tan caras que nos resultan obscenas. Alberto tiene pisos de a millón y coches que valen 5 salarios interprofesionales anuales. Todo a su nombre, comprado a cara de perro, sin tapujos, sin vergüenza, con euros que sólo son negros presuntamente. 

Pero Alberto y todos los Albertos que le supuran al PP son tan jodidamente elegantes levantando carteras ajenas que reconocen que delinquen cuando les descubren. Ahí está su confesión reconociendo el fraude, sin despeinarse y pidiendo un acuerdo, sin cárcel a poder ser, que tampoco hay que ponerse en lo peor. Que la cosa vaya a mayores con cada papel nuevo que aparece en el que pone su nombre es lo de menos. Y qué son 300.000 euros defraudados con facturas falsas en una economía globalizada. O que las facturas pudieran ser las mordidas de una venta de mascarillas cuando a su novia se le morían los ancianos en las residencias porque decidió no atenderlos. Nah, números en hojas sueltas, como los mayores fallecidos. Alberto es una alimaña de guante blanco que lo ha hecho todo bien para que así lo parezca. Y si no lo parece, da lo mismo, que siempre habrá quien le defienda con lo del asunto privado, ETA, la amnistía y se rompe España.

Alberto es un delincuente estructural, como Koldo, pero de la estructura correcta

La pareja de Ayuso es el prototipo del chorizo de barrio rico, pero que nació tirando a pobre. De los que se quedaron en el bachillerato pero se mueven como doctores de universidad, que hacen nuevos amigos porque tienen otros amigos bien colocados de toda la vida. De los que hablan despacio y bajito, y dan la mano cuando saludan. De los que tienen planta, pero también padrinos (y novias) que les abren puertas y negocios y les hinchan la cartera. Alberto defrauda porque puede, porque forma parte del paradigma en el que se mueve la derecha, ese que dice que ellos no roban sino que recuperan lo que siempre fue suyo, porque ellos son los amos de todo lo que se ve hasta donde alcanza la vista. Alberto es un delincuente estructural, como Koldo, pero de la estructura correcta, la arraigada, la de casta, la que trinca porque si y porque son ellos. 

También Ayuso ha pegado un pelotazo con Alberto, que la tiene a cuerpo de reina en un piso de 200 metros cuadrados de casi un millón de euros, y la pasea por el Madrid de la libertad en Maserati, pagado todo con dinero tan turbio como el de Koldo y sus mangancias. A ellos les da igual, porque son gente bien. Hacienda es cosa de clases medias, y las mordidas de Koldo son, en sus cuentas, comisiones de intermediación, que siendo lo mismo suena más exquisito. Engañar al fisco o cobrar por no hacer nada está en el ADN de los Albertos de turno, y en el de sus novias y protectores ayudarles a llenar la saca para luego vivir también de ella. Llevan haciéndolo en España desde el 39, con la misma cara dura y las mismas explicaciones. Que Koldo y Alberto cayeran en la misma celda sería una fantasía, aunque ya habrá algún juez también de los del 39 que condenará a uno y perdonará al otro con todos los pronunciamientos favorables. Y a por otra. 

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