miércoles 19/5/21

Del Capitolio al bar de mi pueblo

Esta morralla, tras vidas enteras de absoluta vagancia intelectual, de ausencia no de estudios universitarios, que ese no es el problema, sino de curiosidad por saber, enarbolan un malentendido derecho a la igualdad para, en base a él, negar lo que científicos y filósofos sociales han apuntado como cierto o más probable.

Me preocupa tanto imbécil empoderado. Tanta acémila en sus distintas especialidades de la ignorancia y la brutalidad mental. Trumpistas, antivacunas, terraplanistas, negacionistas de la pandemia o del holocausto, homeópatas, antimascarillas y demás negacionistas del conocimiento, la ciencia y la razón, pretenden dar la vuelta como a un calcetín al resultado natural del esfuerzo: quien estudia, trabaja la ciencia e investiga la naturaleza o la sociedad es quien conoce, siquiera mínimamente, la realidad y, en consecuencia, tiene autoridad para influir en la comunidad acerca de la idea de cómo son las cosas.

Esta lucha entre oscuridad e ilustración no es nueva en la historia de la humanidad, pero se ha transformado en sucedáneo de lucha de clases y se aspira a la revolución

Pero esta morralla, tras vidas enteras de absoluta vagancia intelectual, de ausencia no de estudios universitarios, que ese no es el problema, sino de curiosidad por saber, enarbolan un malentendido derecho a la igualdad para, en base a él, negar lo que científicos y filósofos sociales han apuntado como cierto o más probable.

Entonces, acuden a lugares públicos con la mascarilla "quitamultas" sosteniendo la papada y vociferando gracietas de dudoso gusto, imponiendo su libertad individual al derecho de los demás a no ser duchados con aerosoles repletos de SARS COV-2. Así, exhiben su orgullo de brutos con gestos que recuerdan al triste "MUERA LA INTELIGENCIA", que no lo inventaron ni Trump, ni Banon, ni VOX; que se le atribuye a otro bruto fascista en 1936, Millán Astray, junto con ¡ojo! la complementaria ¡VIVA LA MUERTE! en fortuito brote de coherencia causal.

Esta lucha entre oscuridad e ilustración no es nueva en la historia de la humanidad, ni mucho menos, pero asistimos a una mutación que puede ser letal: se ha transformado en sucedáneo de lucha de clases y se aspira a la revolución. Los ignorantes se sienten oprimidos por los ilustrados, por los científicos y por aquellos que atienden a la razón; pretenden sustituirlos para liberarse, pero no a base de obtener los conocimientos de sus opresores, sino imponiendo la igualdad por abajo: ausencia de conocimiento como paraíso a asaltar. Entonces, se colocan cuernos en su cara pintada o mascarillas en sus papadas, y asaltan en vociferante orgullo democracias y bares con idéntica desfachatez.

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