domingo 1/8/21

Un 1º de mayo que no debemos olvidar

Viene marcado por la necesidad de superar el problema más acuciante en el corto plazo: parar la expansión del virus, controlar los contagios y reducir la cifra de fallecidos. Y cuando lo logremos, que lo haremos, le tocará a la ciudadanía y a los representantes políticos plantearnos la cuestión más importante que esta pandemia nos va a dejar y cuya respuesta marcará el devenir de nuestra sociedad: qué tipo de país queremos ser, en qué pilares sostendremos el sistema público.

En pocas ocasiones se ha vivido a lo largo de la historia desde el inicio de la conmemoración hace 130 años, un 1º de mayo tan diferente al encuentro que puntualmente celebramos los miles de sindicalistas que nos citamos en las calles de nuestros pueblos y ciudades para participar en los actos de esta jornada histórica del movimiento obrero. En esta ocasión, la jornada viene absolutamente marcada por la actual crisis internacional del Covid-19 y es prioritario el homenaje a todas y todos los fallecidos y de manera singular a los que han contraído la enfermedad durante su desempeño laboral, por pertenecer a una actividad esencial, y que no han podido vencer al virus. 

Esta pandemia ha cambiado en muy poco tiempo nuestra vida de forma tajante. Ha hibernado la actividad productiva hasta un nivel nunca conocido en el mundo moderno y nos ha conducido a una crisis económica y social con un impacto demoledor sobre el mercado laboral. Por eso las primeras medidas de choque se han encaminado a soluciones orientadas a la protección del empleo y a proveer de rentas a la ciudadanía más afectada por esta situación. 

Este 1º de mayo no lo podremos, ni lo debemos olvidar. Viene marcado por la necesidad de superar el problema más acuciante en el corto plazo: parar la expansión del virus, controlar los contagios y reducir la cifra de fallecidos. Y cuando lo logremos, que lo haremos, le tocará a la ciudadanía y a los representantes políticos plantearnos la cuestión más importante que esta pandemia nos va a dejar y cuya respuesta marcará el devenir de nuestra sociedad: qué tipo de país queremos ser, en qué pilares sostendremos el sistema público del que querremos disfrutar en común como pueblo. 

La solución a los problemas económicos derivados de esta epidemia mundial no pasa por laminar las bases del actual Estado de Bienestar

Tengo claro que esta terrible crisis sanitaria no puede repercutir ni en nuestros hospitales, ni en las aulas, ni en los servicios sociales, ni en el modelo de relaciones laborales que sustentan nuestra cohesión social. La solución a los problemas económicos derivados de esta epidemia mundial no pasa por laminar las bases del actual Estado de Bienestar. Tampoco por imponer vías de ajuste rápidas a través de despidos y empleos precarios, sino por desarrollar aquellas políticas que mejoren nuestro crecimiento y competitividad sin lesionar los derechos sociales, patrimonio del conjunto de la sociedad y que con tanto esfuerzo los españoles lograron recuperar. Derechos que, de nuevo, se pusieron en riesgo durante la gestión del gobierno de los conservadores en los años de la última crisis. 

De hecho, nuestro mercado laboral seguía arrastrando los desoladores efectos de las políticas de austeridad y de recortes que el anterior Gobierno ejecutó: bajos salarios, abuso de la temporalidad y falta de inversión pública en políticas activas de empleo, lo que unido al feroz debilitamiento del sector público ha supuesto un problema añadido a la hora de luchar contra esta crisis, lo que se ha puesto de manifiesto de manera especialmente patente y dolorosa en el ámbito sanitario. 

De tan trágica experiencia hemos aprendido la necesidad de comprometernos con una política económica que logre ganar en competitividad sin atacar los derechos de los trabajadores y trabajadoras y que se instale en la senda de la estabilidad presupuestaria, pero sin llevarse por delante nuestro Estado social. Otro modelo social y económico es necesario. La voluntad debe ser la de defender un Estado del bienestar sólido, con unos servicios públicos de calidad y un sistema de protección social que no deja a la ciudadanía abandonada a su suerte cuando surgen dificultades, y hoy, precisamente en esta situación, nos reiteramos en esa defensa aún con mayor convencimiento. 

Y en esta conmemoración del Día del Trabajo no podemos olvidar que el motor de la maquinaria que debe poner en marcha esas reconquistas sociales es el empuje de los miles de trabajadores y trabajadoras que han seguido al pie del cañón en sus puestos de trabajo, en todas esas actividades esenciales que han supuesto un brillo de esperanza y de consuelo, que han motivado el reconocimiento más sincero de los que manteníamos la obligación del confinamiento. Y lo han hecho en muchas ocasiones desde la precariedad de unas condiciones laborales que en el futuro han de ser necesariamente mejoradas. El homenaje de los aplausos desde el balcón debe transformarse en medidas concretas para solucionar las situaciones de precariedad o mejorar sus condiciones laborales. 

Porque los derechos laborales, el trabajo decente, la responsabilidad social, no son solo las palabras correctas para decir en un momento de conveniencia u oportunidad. Deben ser los valores centrales de una sociedad que quiere volver a sentirse protegida y creer en un futuro de trabajo, de progreso y de bienestar común, valores que los representantes políticos debemos instalar definitivamente en una sociedad más libre, más igualitaria y más justa. 
 

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