martes. 06.12.2022

Violencia mortal y violencia verbal

Como cada 25 de noviembre saldremos a las calles para inundarlas con el grito de rabia que nos impulsa a seguir trabajando para que sean solo una mala memoria los crímenes y la violencia machista. El acoso, la violencia diaria que sufren miles, cientos de miles de mujeres además de  los crímenes que nos gotean cada poco que son la cúspide de una terrible pirámide. La de un patriarcado sangriento que se resiste a perder la batalla. Hoy, no obstante, quiero volver los ojos hacia otras violencias. Sutiles, cotidianas, que van minando la resistencia de miles de mujeres cada día. Son las violencias verbales, los acosos sistémicos y sutiles a los que nos somete una cultura milenaria ante la que es difícil resistirse.

A los golpes no se acostumbra nadie. Es más fácil que un golpe nos subleve y nos lleve a la rebeldía pero es muy difícil diferenciar las terribles sutilezas con las que se viste el machismo criminal a cada momento.

El insulto, la vejación por excelencia que soltaban las bocas de los tipos contra los que luchaba, era: puta

Hace bastantes años me contaba una compañera feminista y abogada, cuyo despacho se dedicaba en gran parte a defender a mujeres en divorcios y diferentes tipos de violencia machista (laboral, familiar) que en el contestador automático (no existían móviles) de su despacho, había una palabra que se repetía de forma insistente. La palabra era: puta.

No la llamaban mala abogada, no cuestionaban su profesionalidad o sus métodos. El insulto, la vejación por excelencia que soltaban las bocas de los tipos contra los que luchaba, era: puta.

Hoy, las bocas se han refinado un poco. No nos llaman la consabida palabra de cuatro letras. Nos dicen que nos fecunda un macho alfa y por eso somos ministras. Nos dicen que llegamos al lugar profesional donde estemos porque nos hemos acostado/arrodillado/chupado, con,  y a alguien. Nos dicen desde púlpitos sagrados que jamás debieran socavarse con agresiones verbales, que el mérito para ser ministra es ser mujer de alguien. O peor, “estudiar a alguien”.  La posible ineptitud de una  mujer se mide por sus relaciones sexuales, por el hecho de ser mujer. El de un hombre jamás. Nadie ha cuestionado a Pablo Iglesias por llegar a ser vicepresidente acostándose con alguna dama con poder. ¿Alguien escuchó tasar las incorrecciones, errores y fallos verbales de Feijoo o de Rajoy, por su condición de hombre “colocado por ser pareja de” o por acostarse con alguien? Admitimos la belleza masculina de Pedro Sánchez, que por cierto fue promocionado en sus principios por Susana Díaz ¿alguien duda de su moralidad? Jamás, porque los hombres ascienden en la escala social por méritos propios. Las mujeres, en muchas ocasiones, llegamos porque nos fecundan o porque nos arrodillamos ante el señor de turno. Como en los viejos tiempos, la palabra descalificadora implícita es: puta.

Esto puede parecerles una caricatura pero en los ámbitos laborales se estila mucho. Y se utiliza como descalificación común. Y es violencia. Una sutil violencia que solapa la capacidad de la víctima  y la convierte en un triste despojo. Imaginen por un momento cómo sería tener de jefa o jefe a uno/a de estos sujetos que desde púlpitos parlamentarios sueltan veneno. Imaginen… o no les hará falta porque si son mujeres, seguro que han topado con ellos alguna (o muchas) veces.

Han tenido que pasar muchos años y mucho dolor para poder expresar que el amor no duele

Las bromas machistas a las que, o bien cortas de raíz exponiéndote a ser tomada por aguafiestas, amargada, o consientes la ofensa esbozando una tenue sonrisa tragando la humillación. Es violencia. No es un golpe pero te deja una amargura dentro y el regusto de no haber sabido responder o de responder mal. Y se pudre la sensación de fracaso, de humillación. Todas sabemos de qué hablo.

Estamos preparando para Santander Creativa y en colaboración con Contigo Tres Teatro, una conferencia sobre dos grandes mujeres cántabras. Una es Concha Espina y la otra Matilde de la Torre. Ambas formadas, cultas, hijas de la alta burguesía, con una obra ingente tanto social (Matilde de la Torre) como literaria (ambas). De ideologías muy diferentes, socialista la de Cabezón, derechista cercana a Falange, la de Mazcuerras. Dos mujeres muy diferentes que en los albores del siglo XX tuvieron que abandonar a sus maridos, pasaron a vivir en una especie de limbo social, aunque Concha Espina se divorció, aprovechando la ley de divorcio republicana (luego, cuando abolieron la ley, su marido tuvo el decoro de morirse por lo que los bien pensantes la concedieron el título de viuda) y Matilde ni se molestó. Lo curioso es que los biógrafos de ambas resaltan que es muy posible que llegaran tan lejos en sus vidas profesionales precisamente por estar solas. Sin hombres que cercenaran sus alas de mujeres inteligentes, libres y profesionales y las acomodaran en el rincón de las amas de casa silentes.

No sabemos casi nada de sus matrimonios porque ambas, con elegancia, obviaron comentar o criticar a sus esposos, pero Matilde de la Torre, en su testamento se despacha a gusto contra el peruano Sixto Gutiérrez Cueto. No sabemos si sufrieron violencia, acoso o simplemente una humillación tan ofensiva que las llevó a escapar de  un matrimonio infeliz.

Nos han minado la mente para convencernos que sufrir por amor es algo sublime y dulce

No se hablaba de violencia machista entonces. Han tenido que pasar muchos años y mucho dolor para poder expresar que el amor no duele. Que la violencia, la humillación, el desprecio son solo eso, jamás expresión de amor. Hay mucha literatura al respecto que sublima los celos como culmen de amor. Por celos se mata, hay coplas que lo cuentan. Cuantos más celos y más encierro más nos aman. Lo cuentan las coplas, el cine, las novelas románticas y hasta la poesía.

Nos han minado la mente para convencernos que sufrir por amor es algo sublime y dulce. Que quien nos quiere nos hace llorar y que el amor tiene que doler. El feminismo y el sentido común lleva años de pelea contra estos axiomas, y seguimos llorando víctimas. Seguimos escuchando el dolor que expresan las hermanas contando las vejaciones y las humillaciones. Seguimos escuchando, incluso, en las noticias, como se insulta a una o varias ministras por su condición de mujer y se las ataca por ese flanco.

Quiero terminar este artículo dejándoles como ejemplo a nuestras paisanas, Concha y Matilde. Si el patriarcado y sus sanos hijos, les hacen daño, mándenles a un sitio lejano y vuelen solas, libres y felices.

Porque hay violencias que no se ven pero matan también. No duden, humillar, insultar, vejar o reprimir, es violencia. Grave y dañina, aunque a veces salga en los informativos porque se produce en el Parlamento español.

Violencia mortal y violencia verbal
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