viernes 24/9/21

Pioneras de la poesía femenina en Cantabria

De mi memoria ya evanescente (IV)

Es el momento más oportuno para enfrascarme con la lectura del libro Tradición y renovación: seis poetisas cántabras del siglo XX, escrito por la profesora y filóloga Elena de Riaño Goyarrola y editado por la Consejería de Cultura del Gobierno de Cantabria, un tomo que lleva sobre mi mesa de lectura más de tres meses de paciente espera.

En realidad, aunque físicamente solo le haya conocido desde hace ese tiempo, su contenido me era familiar, muy familiar, porque había tenido acceso al mismo gracias a la versión digital enviada por su autora un tiempo atrás, y también como testigo que fui de la génesis de la investigación que le dio lugar en forma de redacción de una tesis doctoral presentada en la Universidad de Oviedo, cuya lectura pública mereció un cum laudem al que posteriormente vino a sumarse el Premio Extraordinario de Investigación: era la prehistoria de este trabajo que ahora llega a manos del lector/a impreso en un volumen de grandes dimensiones, con una extensión de alrededor de 700 páginas, incluida una copiosa documentación gráfica. 

Tradición y renovación. Seis poetisas cántabras del siglo XXTradición y renovación. Seis poetisas cántabras del siglo XX

Todo había comenzado con el cambio de siglo, cuando mi amigo Antonio Fernández Insuela, catedrático de Literatura en la Universidad ovetense se había puesto en contacto conmigo para recomendarme a una alumna cántabra recién licenciada y necesitada de ideas para el tema de su próxima tesis.

Se había especializado en la obra del dramaturgo asturiano Alejandro Casona (1903-1965), exiliado republicano en la República Argentina

Al profesor Fernández Insuela le conocía de algunos trabajos comunes de investigación sobre personajes del exilio español. Él se había especializado en la obra del dramaturgo asturiano Alejandro Casona (1903-1965), exiliado republicano en la República Argentina, sobre cuyo paso por el Santander de la Guerra Civil yo había publicado un reportaje de investigación, después incluido en mi libro Crónicas de la Guerra Civil en Santander (1979). Personalmente pudimos vernos con motivo de ambos coincidir en el homenaje tributado al poeta Antonio Machado en Colliure en diciembre de 2009, dentro de los actos de conmemoración del septuagenario del Exilio Republicano español. Finalmente, nuestros vínculos se estrecharon al saber que entre sus alumnas favoritas también se había encontrado la profesora y poeta cántabra Raquel Serdio, buena amiga mía.

Elena de Riaño Goyarrola es prima, a su vez, de los hermanos Fernando y Hugo Obregón Goyarrola, historiador y director cinematográfico respectivamente, y por entonces no contaba con otro bagaje de publicaciones que una monografía titulada Vida y obra de Francisco Cubría (2001), publicada por el Centro de Estudios Montañeses a modo de recuperación de un escritor costumbrista trasmerano, muy popular en su tiempo pero un tanto olvidado en el nuestro.

Ella llegó en el momento oportuno para decidirse por el tema de su trabajo, puesto que hacía poco tiempo que habíase publicado mi Historia y Antología de la poesía femenina en Cantabria (1997), un intento de dar a conocer la huella histórica de la poesía creada por las mujeres de nuestra región, pronto seguida por la edición del libro Amor de mar y otros trabajos (2000), de Ana María de Cagigal, cuyos primeros ejemplares su autora no llegó a conocer porque unos días antes de su presentación había fallecido en el pueblo trasmerano de Sobremazas donde residía, cuando a punto estaba de cumplir la nada despreciable edad de 101 años.     

Ana María CagigalAna María Cagigal

La personalidad de esta mujer, mucho más amplia y poliédrica que la de una mera poeta (o poetisa, si así se quiere), puesto que fue también destacada deportista (nadadora, yatchwoman, entrenadora de hockey femenino, periodista…), me había llamado la atención desde que detecté su presencia en la prensa local de la Segunda República, pero después había perdido su pista en la medida de que la Guerra Civil y sus consecuencias inmediatas le hicieron trasladarse a lugares donde su propio carácter estuviera mucho mejor acogido, hasta que diversos trasiegos la trajeron de vuelta a Cantabria acompañando a María Josefa Fernández de Liencres, IV marquesa de Nájera, para instalarse en el municipio de Medio Cudeyo, donde ésta adquirió y ella habilitó la hermosa finca de La Tudanca como última morada de ambas. Gracias a mi colega el investigador Fernando de Vierna logré localizarla en los momentos postreros de su vida y aún recuerdo la expresión con que me saludó, cuando salió a la puerta de su mansión para recibirme:

-¡Ah, pillín, me localizaste!

Lástima que solo por unos pocos días no llegara a ver publicado el libro que recogía gran parte de muestras de su obra literaria

Estaba a punto de convertirse en centenaria y, aislada en su sordera, nos comunicábamos por medio de una pizarra que la acompañaba como los subtítulos aclaran los diálogos de las películas proyectadas en versión original. Lástima que solo por unos pocos días no llegara a ver publicado el libro que recogía gran parte de muestras de su obra literaria, y que tampoco pudiera ser testiga de cómo el municipio trasmerano festejaba su personalidad dando nombre a las jornadas de poesía femenina que anualmente se celebraron en una antigua iglesia situada frente a la finca del marqués de Valdecilla.

Y digo celebraron porque aquellas jornadas definitivamente desaparecieron después de unos pocos años, consecuencia de las veleidades de la política. Cuando cambió el signo político que regía el municipio, la iniciativa de la concejala María Eugenia Ausín, sostenida por el alcalde José Enrique Cacicedo Gómez, fue desechada por la coalición del nuevo gobierno municipal PSOE-PRC. En mi memoria están las palabras pronunciadas por un concejal regionalista de limitadas luces culturales, y de cuyo nombre es menester no acordarse, para justificar el abandono del proyecto:

-¡Esa señora no es de este pueblo ni ha hecho nada por el mismo!

Hasta hoy. 

Sin embargo, la iniciativa que simbólicamente había encabezado una voz convertida en decana de la poesía femenina en Cantabria pudo continuar su andadura en otros lares, y Elena de Riaño comenzó a conocer la obra y la personalidad de una serie de mujeres coetáneas de Ana María de Cagigal, todas ellas unidas, además, por un lazo cronológico: habían nacido en las primera décadas del siglo XX y la vida les había proporcionado el regalo de una edad longeva.

Así, junto a Ana María de Cagigal (1900-2001),  Ana de Pombo (1900-1985), Matilde Zamanillo González-Camino (1903-1982), Mª Ascensión Fresnedo y Zaldívar (1909-2007), María Saro Alonso (1912-2007) y María Teresa de Huidobro (1922-1997) fueron seleccionadas para figurar en este estudio antológico de las pioneras de la poesía femenina en nuestra región. Faltaba, por lo menos, un par de preclaros antecedentes: Eulalia Velarde (1848-) y Concha Espina (1869-1956), pero la fecha de sus respectivos nacimientos las situaban un tanto alejadas en el tiempo de sus seguidoras. La que pronto sería su antologista fue conociendo personalmente a las supervivientes de la estirpe de mujeres que contra viento y marea, superando los obstáculos personales y generacionales, habían logrado mantener su fe en un trabajo que luego tuvo su continuidad en otras más dedicadas al  cultivo de la poesía como una forma de enriquecer la habitación propia, que diría Virginia Wolf, y entre las cuales sobresalió Matilde Camus (1919-2012), o la actual decana de la poesía: Concha Rincón García (1926-).

María Teresa de HuidobroMaría Teresa de Huidobro

Matilde CamusMatilde Camus

De las tres fallecidas a las que Elena de Riaño no llegó a entrevistar, a Ana de Pombo, seudónimo artístico de Ana de Caller Donesteve, tampoco yo la conocí, porque hizo vida muy alejada, casi debemos decir que muy despegada, de su tierra natal, una condición que heredaría su nieto Álvaro Pombo, reflejada en esa especie de biografía novelada suya titulada Un gran mundo (2015). Si conocí, en circunstancias muy distintas y con resultados muy desiguales, a María Teresa de Huidobro y Matilde Zamanillo González-Camino: ambas eran monárquicas (la primera borbónica, la segunda carlista) y estaban en las antípodas de mi pensamiento; con la primera tuve choques dialécticos en el Ateneo de Santander de los años 60 y una denuncia en los años 70 debido a la presentación que Jesús Pindado hizo de mi libro Conversaciones con la Mary Loly (1977), y, en cambio, a la segunda, tía, por cierto de mi amigo Fernando Zamanillo del Peral, quien ha colaborado con una importante documentación para este trabajo que ahora comentamos, llegué a distribuirle uno de sus muchos libros poéticos, todos ellos de carácter muy religioso.

Matilde ZamanilloMatilde Zamanillo

El premio a la perseverancia lo recibió la protagonista de esta semblanza, sin duda, cuando conoció y juntos visitamos a Mª Ascensión Fresnedo en su apartamento de El Sardinero. Estaba alrededor de los noventa años, con plenitud de vida, fuerza intelectual, memoria y, sobre todo, con ganas de ser redescubierta y poder así recuperar la trayectoria cultural que muy a su pesar había abandonado en los años cuarenta, una vez contrajo matrimonio y se vio obligada a trasladarse con su marido a Suiza.

María Ascensión Fresnedo ZaldívarMaría Ascensión Fresnedo Zaldívar

Chunchina, como a ella le gustaba que la llamáramos, tenía detrás de sí una vida anterior que le había hecho conocer y admirar a personajes escritores de la vida intelectual santanderina como Manuel Llano, Ignacio Romero Raizabal o Francisco Cubría, convertida en musa de una generación de  entreguerras. Dotada de una memoria prodigiosa, podía recitar de carrerilla largos poemas suyos y también de los demás, como tuvimos ocasión de admirar con motivo de su participación en jornadas poéticas, pudiendo certificar que su desaparición significó la muerte de la poesía recitada para dar paso a la mucho menos emotiva que es la leída que ahora nos acompaña. La memoria prodigiosa de Chunchina, me sirve para corroborar que en llegando a la octava década de la existencia el disco duro incrustado en nuestro cerebro se niega a recibir más información, y bastante tienes con asegurar aquella que a lo largo de tu vida has recogido.   

De nuestros encuentros surgió la publicación de los que serían tres últimos libros de Chunchina: Entre la luna y el mar (1998), Por qué era yo bonita (2001) y Antología poética inédita (2004), donde se recogía parte de la poesía y prosa de su autora, desperdigada y también traspapelada. Murió aproximándose a la centuria, interrumpiendo así sus primaveras disfrutadas en las Islas Canarias y después de haber cruzado el océano para ir a visitar a modo de despedida a un hijo residente, creo recordar, en el estado norteamericano de Oregón. 

Otra de sus personajes que tuvo ocasión de conocer fue María Saro, mujer procedente de una extracción social muy distinta a la de sus colegas y contemporáneas. Todas ellas procedían de la burguesía provincial, mientras que María seguía desarrollando su vida cotidiana en el mismo medio rural al que pertenecía, con escapadas a la ciudad de Santander para participar en tertulias y conferencias, y ampliar sus investigaciones sobre Genealogía e Historia de Cantabria en las dependencias del Archivo Provincial. Era, junto a la poesía, una de sus pasiones.

María Saro AlonsoMaría Saro Alonso

Sin llegar a la abrupta ruptura de su matrimonio que protagonizó Ana de Pombo en los años 20, el carácter fuerte e independiente de María Saro la colocó en una situación parecida a la de Concha Espina cuando tuvo que soportar cómo su marido Ramón de la Serna Cueto, a la sazón inoculado de pujos de una hidalguía con pocos blasones pero menos aún talegas, trataba de coartar su libertad para escribir. La distancia temporal existente entre comienzos del siglo XX y muy avanzado mismo  siglo hizo que mientras Concha Espina le puso las maletas en la puerta a su marido, María se limitó a hacerle las advertencias para que en adelante respetara su independencia creativa. Fue suficiente.

Ana de PomboAna de Pombo

Finalizado un recorrido tan provechoso, a Elena solamente le quedaba la misión de poner en orden la cuantiosa documentación recogida, las informaciones proporcionadas por gentes próximas o no tanto de las protagonistas, las lecturas de sus textos publicados o inéditos. Casi nada, hasta dar por finalizada una tesis que para todos nosotros fue una auténtica sorpresa. 

No porque no esperáramos algo bueno del carácter minucioso y del tesón de su autora, lo que le había llevado a emplear muchas horas de muchos años de su vida, mientras iba compartiendo este trabajo de doctorado con su labor en el magisterio del Colegio Torreanaz (muy cercano al domicilio de Ana María de Cagigal, qué coincidencia), y con el nacimiento y la crianza de tres hijos varones. Por una vez, se había roto el viejo aforismo de que lo mejor es enemigo de lo bueno.

Pero entonces comenzaba la ruta del Calvario para conseguir que ese trabajo en el cual, junto a la disciplina de la investigación se hallaban muy presentes los conocimientos de filología, tratando de conseguir, digo, que llegara a ser conocido por el público, hubo de hacer una reducción de la voluminosa tesis y la adaptación para una lectura al alcance de gente no necesariamente especializada, con el fin de interesar en su publicación a la Consejería de Cultura de Cantabria.

Solamente una persona con el tesón de Elena de Riaño puede emprender sin desanimarse ese camino que duró toda una década

Solamente una persona con el tesón de Elena de Riaño puede emprender sin desanimarse ese camino que duró toda una década. Pasaron por la Institución consejeros, directores y directoras generales, cambios políticos y otras muchas zarandajas que hacen que los proyectos de los anteriores pasen a la papelera rápidamente habilitada por los que llegan, hasta que finalmente le correspondió a Eva Ranea Sierra, como directora general de Acción Cultural, poder anunciar que el libro que llevaba en la imprenta regional muchos meses podía estar dispuesto para ser presentado en público.

Aún quedaba una última prueba en forma de la aparición no prevista de una crisis que a todos nos iba a afectar: la pandemia, en ese momento apenas epidemia. El libro se presentó en la Biblioteca Central un día antes de que se cerrara a cualquier actividad por temor a la propagación del coronavirus entre la asistencia. La directora general no pudo acudir mientras se corría la voz de su cese en el cargo, y ahora ha pasado el testigo a Gema Agudo.

Pese a todo, para Elena de Riaño el acto supuso una gran satisfacción y, sobre todo, un respiro, aunque el aforo fuera mediano debido a la inquietud ya generada. Para mí fue el final de un esfuerzo físico grande porque toda la semana tenía programados varios actos en Santander, comenzando con uno multitudinario en el Ateneo sobre Galdós y las mujeres con la presencia de Yolanda Arencibia, Raquel Gutiérrez y María Toca. El virus estaba en el aire y yo rogaba a las amistades que se abstuvieran de abrazos, besos, choques de manos o cualquier otra muestra de efusividad física. Pero, ni hablar…

El último acto previsto, la presentación en la Librería Gil de la segunda edición de un libro de mi amigo el escultor vasco Marcos Hernando López, titulado por su heterónimo Lucas Llorente Roa con el ambiguo rótulo de Ad-verso (2020), quedó suspendida sine die, como se suspendió la segunda edición del proyectado homenaje a Concha Rincón, nuestra decana de la poesía femenina.

Final agridulce, pues, pero todos y todas podemos estar satisfechos por el término de una aventura  iniciada veinte años atrás. ¡Veinte años no es nada! Lo más parecido a un tango y la segunda parte de Los tres mosqueteros. 

Elena de Riaño, desde su confinamiento, entre Santander y Liérganes, podría estar satisfecha de haber terminado su primer empeño en un segundo libro propio. Y su mentor y director de tesis, Antonio Fernández Insuela, allá en Oviedo, viendo coincidir este evento con el final de su vida profesional por haberle llegado la hora de la jubilación, rubricada con le publicación a modo de homenaje de un volumen conteniendo sus trabajos, titulado Un teatro de cordiales fantasías. Estudios sobre Alejandro Casona  (KRK Ediciones, 2019).

La semana pasada había iniciado mis recuerdos haciendo alusión a la veleidosa madame Wikipedia. Esta semana los finalizo con la constatación de uno de sus caprichos al adjudicar a la entrada de Matilde Zamanillo la fotografía de Matilde Zapata, coetáneas pero ambas en situadas en las antípodas ideológicas, y  que solamente les une la coincidencia en el nombre de pila.         

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