domingo 1/8/21

Anthony H. Clarke (1939-2020)

Sin dejar de ser el más desatacado de los peredistas, que le reconocemos como maestro indiscutible, Anthony Clarke se ha ocupado también, y con autoridad reconocida, de otros escritores coetáneos, españoles y extranjeros; casi siempre, para mejor situar, valorar y entender la literatura perediana.

“Las noticias más remotas que tengo de la persona que lleva este nombre…” Sé que Anthony aceptaría de buen grado que aproveche la frase inicial de Fortunata y Jacinta para contar cómo supe de su existencia. Fue en 1976, cuando yo abordaba mis primeras investigaciones sobre el escritor de Polanco en la Biblioteca de Menéndez Pelayo; su Director, Don Ignacio Aguilera, principal impulsor también de la Institución Cultural de Cantabria, en cuyas ediciones había recogido los dos primeros libros de Clarke (Pereda, paisajista, 1969; Manual de bibliografía perediana, 1974), me habló largamente -como solía- de la curiosa personalidad de aquel sabio; pronto me puso en contacto con él, ya entonces habitual visitante de la “Biblioteca” (para los santanderinos de mi generación no hay otra), de modo que el Profesor Clarke se convirtió para mí en Anthony: más que colega y amigo, hermano en peredismo.

En estos días está demasiado reciente su ausencia, ya definitiva; cuando sé que no volveré a sentarme a su lado -o mantener largas conversaciones telefónicas-, para comentar y discutir sobre tantos asuntos (la literatura, los libros, la música, los viajes, los amigos, las comidas…), prefiero soslayar la dimensión más personal de nuestra relación y, en cambio, ponderar la importancia académica de su legado, como una de las figuras más destacadas del hispanismo. Porque, sin dejar de ser -como he dicho muchas veces y reitero ahora con más convicción- el más desatacado de los peredistas, que le reconocemos como maestro indiscutible, Anthony Clarke se ha ocupado también, y con autoridad reconocida, de otros escritores coetáneos, españoles y extranjeros; casi siempre, para mejor situar, valorar y entender la literatura perediana.

Pude comprobar no solo su insuperable autoridad en la biografía, la personalidad y la escritura de nuestro autor, sino también su rigor filológico, su pulcritud editorial y buen gusto

No haré aquí el inventario de sus aportaciones (ocasión habrá de hacerlo en lugar y momento más apropiados), que abarcan prácticamente todos los títulos, aspectos y dimensiones del escritor. Y me enorgullece haber participado como codirector en el proyecto más importante que abordó y culminó: la edición de las Obras completas de Pereda en once volúmenes, publicada por las santanderinas Ediciones Tantín entre 1989 y 2009. En esta tarea pude comprobar no solo su insuperable autoridad en la biografía, la personalidad y la escritura de nuestro autor, sino también su rigor filológico, su pulcritud editorial y buen gusto de probado bibliófilo, su inagotable paciencia ante las vicisitudes y los imponderables de aquella aventura que duró veinte años…

Pero, siendo tanto y tan valioso lo que como peredista nos ha legado, creo que lo mejor está aún por conocer. En los últimos años, Anthony quiso volver a uno de los aspectos apuntados en sus tesis doctoral, cuando puso en relación la obra de Pereda con la de Thomas Hardy: la dimensión europea de la literatura del escritor cántabro. Varios trabajos suyos (ya desde una lejana conferencia de 1981, donde relacionaba Peñas arriba con otras novelas europeas que coincidían en el motivo del “regreso a la tierra natal”), pasando por varios artículos, ponencias, conferencias y ensayos (no todos publicados), intentaban desbrozar  las correspondencias, semejanzas, diferencias entre Pereda y otros novelistas del XIX europeos: Manzoni, Daudet, Mistral, Dickens, Balzac. Yo le sugerí como título de esa monografía Pereda, novelista europeo; y me parece que llegó a abrir una carpeta (no virtual, sino de cartulina), o algún cuaderno, donde iba recogiendo anotaciones y borradores para aquel proyecto. Y me consta que en sus últimas sesiones -la postrera, en septiembre de 2018- en la Biblioteca de don Marcelino (a quien, por cierto, cada vez creía conocer mejor y admiraba más), ese era el asunto preferente en sus intereses y pesquisas. Lamentablemente -para él y para mí-, no pudo llegar a cumplir la promesa, varias veces repetida, de pasarme o enviarme algún avance escrito de aquel libro; de modo que, fuera de las breves aproximaciones que llegó a publicar, o que le oí exponer públicamente en algún congreso, desconozco la situación de eso que, si algún día llegase a ver la luz, sería la culminación de su magisterio peredista.

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