lunes. 27.05.2024

Thomas Edward Lawrence nos deja un halo de misterio

Thomas Edward Lawrence, conocido como Lawrence de Arabia (Gales, 1888-Inglatera, 1935), nace en el pueblo de Tremadoc, -en Gales, uno de los cuatro países que conforman el Reino Unido, junto a Escocia, Irlanda del Norte e Inglaterra-. Hace poco más de dos meses fue el 135 aniversario de su nacimiento, el 16 de agosto de 1888. Y, sin embargo, el 14 de diciembre de 2013 hizo coincidir esa celebración con la defunción del actor británico Peter Seamus O'Toole, la mirada zarca de Lawrence de Arabia, el protagonista que ayudó a que la cinta obtuviese al año siguiente el Óscar a la mejor película. Quién podía resistirse a él como al director David Lean que fue quien lo encarnó, mostrándonos la importante y bella afirmación de su existencia de actor teatral y cinematográfico.

Como en la vida real, el sarcasmo está servido. Sobre todo cuando la realidad no tiene mucho que ver con la historia de la vida y muerte de una persona. Un hombre notablemente admirable en la revolución árabe arrostrando la claudicación por parte de los otomanos en la Gran Guerra resulta que va a morir en la vida normal, fuera del celuloide, en 1935, después de una inocente -nunca mejor dicho- casualidad en su moto por librar y franquear a dos chavalillos que conducían su bicicleta; todo sucedió en su país, y no pudo manejar al máximo su motocicleta que conocía a la perfección. Era un maestro. Total, una vida que siempre fue un interrogante superficialmente controvertido de una manera exacta e idéntica. La prueba de esto es que su lucha, su agonía, fue una contradicción con su acabamiento, e incluso con el tiempo que tuvo para vivir. Muy corto, cuando tenía 47 años. Los tiempos de los héroes, que viven mucho y vertiginosamente en el propio y reducido tiempo que marcan las agujas del reloj. Así lo demuestran sus hazañas. Así se demuestra que Lawrence estaba fuera de esa lógica.

Los turco otomanos son expulsados (1918) por los ingleses, después de su autoridad en Arabia durante trescientos años. Las operaciones llevadas a cabo para unir a los árabes fueron de alta costura. Al emir sirio Feysal el Congreso Pan-Sirio le declara rey (1918-1920) con la cooperación necesaria del Reino Unido, de la mano del jefe militar Lawrence. Todos, sin embargo, ven en la arena del desierto un botín. Así, Francia ejercitará en el territorio agárico o agareno una soberanía compartida (1919), a Feisal lo expatrían, los levantamientos subsiguientes son reprimidos, quedando Siria repartida en cuatro circunscripciones autónomas o demarcaciones: territorio alauita, teritorio druso, Aleppo y Damasco.

Así fue la vida de estos hombres del desierto, y sus familias, desde aproximadamente el año 1530 a.C., sometidos entonces por Egipto, hasta el final de la Gran Guerra del 14 y el consiguiente reparto de las potencias europeas. Y así es ahora contra la dictadura de una situación árabe pletórica de crueldad, de degradación ante el progreso, con los que han dado muy conscientemente un grave paso atrás en la historia. Sin embargo, el árabe puede ser cruel y generoso; sensual y refinado. Aún no se han desprendido de su tribalismo ancestral. Su organización afirma la rivalidad entre las tribus, cada una con sus propias sensaciones y sus genuinos y peculiares intereses. Son una casta guerrera.  De padres a hijos, a lo largo del tiempo, no saben los de más edad desde cuándo. Los niños, antes de hablar, ya nacen mentalizados para subsistir en la contienda. Como dice en la cinta Lawrence de Arabia el príncipe Feysal:

 

“La guerra es de los jóvenes, cuyas virtudes de la guerra son el valor y la esperanza en el futuro. La paz son los acuerdos de los viejos, cuyos vicios de la paz son la desconfianza y la cautela”.

 

Precisamente en el diario de Thomas D. Lawrence se autodescribe como el alma y el propulsor y catalizador de la insurrección árabe frente a la autoridad o hegemonía otomana. ¿Audacia? Sí. ¿Fantasía, ansia, delirio? No. Sus hechos, dirigidos por David Lean, dan la razón a sus palabras. Cabalgar un europeo 965 km por el desierto o dominar el puerto de Akaba, en el mar Rojo le granjearon el título de Lawrence de Arabia. Fue un héroe.  

Sin embargo, solo en tres años, con la experiencia y aprendizaje del mundo islámico, trató también de conseguir la unión total de todos los pueblos árabes. Sufrió en cambio las falsedades de sus jefes políticos y militares ingleses. Así, en el celuloide se escucha:

 «Puede haber honor entre ladrones, pero nunca lo habrá entre políticos»

Thomas Edward Lawrence nos deja un halo de misterio
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