viernes. 09.12.2022

"La solidaridad mundial, cada día más eficiente, debe permitir a todos los pueblos el llegar a ser por sí mismos artífices de su destino (...)."

Sin desarrollo no puede haber paz. Pero tampoco podremos acercarnos a ella sin hostilizar la desdicha, el lamento y la muerte de un pueblo a manos de otro. En este caso, lo inevitable ha de ser la lucha conjunta y no quedar al pairo de ver qué pasa.

La cita de este título pertenece a la carta encíclica de Pablo VI. Este grito es verdadero y auténtico, toda vez que su mensaje es cada día que pasa más eficaz y positivo. De la manera como se construya ese mundo mejor, depende que sea más educado y abierto a los derechos como a la naturaleza y al arte de vivir de cada cual.

Sin desarrollo no puede haber paz. Pero tampoco podremos acercarnos a ella sin hostilizar la desdicha, el lamento y la muerte de un pueblo a manos de otro. En este caso, lo inevitable ha de ser la lucha conjunta y no quedar al pairo de ver qué pasa, mirando a la luna y echando valientemente la responsabilidad a todos. Para ello, los talantes y los talentos valen mucho. Quizás el punto anterior sea solo para justificar la debilidad mental tan necesaria que justifica -no sé a quién- las posturas negacionistas, porque luchar, en fin, contra esta traicionera postura ha de remover a todos, también a quienes tenemos por el momento una cama para descansar y un techo para albergarnos. No tendría sentido discutir que lo anterior es fomentar la superior ventura, el desarrollo de la humanidad y, por lo tanto, los bienes comunes de la sociedad planetaria. 

El Partido Comunista Chino controla omnímodamente la no defensa de los derechos del hombre

La civilización china se ha ido cerniendo, incrustando, con un buen diseño de los filtros, y cada vez más in crescendo, en nuestra decadencia

Y lo anterior, con los matices necesarios, nos lleva a tener que estudiar a otros países que simultáneamente, si no andan en guerra con los demás, sí lo están con sus mismos compatriotas. Es el caso de China. Xi Jinping (Pekín, 1953), presidente de la República Popular China desde hace casi una década, ha comprendido desde su mandato que, si deseaba poseer una hegemonía mundial, previamente debía trasladar fuera del país la orientación de sus intereses, sus opiniones así como sus conductas y comportamientos, es decir, todo su acervo sociológico. En definitiva, su alma. De rondón, sin sentir, la civilización china se ha ido cerniendo, incrustando, con un buen diseño de los filtros, y cada vez más in crescendo, en nuestra decadencia, en nuestro occidente. Así, el llamado gigante asiático siempre ha sabido que, si desea servir como una autoridad con una dominación general y mundial, antes debe vender sus movimientos, su carácter propio, que no es una manera al uso de toma o expugnación bélica y que ya llevaron a cabo los ejércitos desde que unos intentaron someter a los demás, incluso el Imperio romano o el americano. 

Eso se sustantiva con su propio nombre, es el soft power o poder blando, la dictablanda de nuestro Dámaso Berenguer en 1930. Y así han ido funcionado al menos desde hace prácticamente un decenio. Ya lo describía su líder Mao Zedong, el constructor de la China comunista, “No existen caminos rectos en el mundo; debemos estar preparados para seguir un camino sinuoso y no tratar de conseguir las cosas a bajo precio”. El mismo que repetía "En tiempos difíciles, debemos ver nuestros éxitos, ver nuestra brillante perspectiva y aumentar nuestro coraje". 

Sin embargo, qué se puede ganar con esta capacidad para incurrir en las empresas y energías de los demás, valiéndose de cualquier medio ideológico tanto en el interior como en el exterior, cuando Xi Xinping en el interior aparta fulminantemente a sus posibles adversarios, y en el exterior calla, sabiendo los restantes países los gritos y amenazas de ese silencio. Lo que sí tiene meridianamente claro el presidente de la República China es que, en el ranking mundial, es el quinto país más extenso del planeta. 

Se codea con los grandes mediante una autoridad que exige una tarea, una función matriz en el escenario, en las circunstancias mundiales del planeta. Quedó claro en su último Congreso. Y al tiempo, previamente, cimenta su control en el país después de humillar y orillar al presidente anterior Hu Jintao, mandando expulsarlo de dicho Congreso. Sin embargo, Xi, el impasible, nunca se inmuta. Ello, con las cámaras y retransmisiones a todo el mundo. 

Todo ser humano, con conciencia al menos de la libertad, de su libertad, habría de poseer los bienes llamados de producción o tener esa posibilidad definida de poseerlos. Y es pedir demasiado. Más efectiva y evidente, la libertad pide y reclama el dominio de determinados bienes llamados de consumo.

¿Y el grado de satisfacción de los ciudadanos? Según un estudio de EE.UU, muestra que es creciente. Se me antoja vulgar que, sin tener datos ahora, sea un estudio de la EUA riguroso: más bien, lo veo inexacto e impreciso y que trae más borrasca que anticiclones. ¿Cuándo podremos ver un Estado en que la democracia prime frente a la imposición y la dictadura? Cuándo dejaremos de ver a ese extenso país sin visos palpables y actuales de expertos que distan lo suficiente de la versión de un porcentaje nada despreciable que pueda tener nuestra sociedad española.   
 

"La solidaridad mundial, cada día más eficiente, debe permitir a todos los pueblos el...
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