jueves 2/12/21

El ser humano y la política

Para tener éxito en el rumbo tomado, el ser humano debe iniciarse en el sociogrupo conveniente y adquirir -aunque únicamente ocurra de manera sorda, de rondón, sin sentir- una postura dominadora. No obstante, en los grupos sociales, el lance por la conquista es inflamada, y el que había salido con su vara de oficial en la canana finaliza siendo cabo. Conversiones contradictorias.

Si tratamos de estrechar la psicología en la vida política, necesitaremos del paso necesario que va de lo personal e individual a la res pública, a lo que es colectivo. Y como tendemos en general a llevar a cabo nuestra propia perfección, nos encontramos con que a los seres humanos nos mueve la lucha interior entre el deseo de dominio -la Wille zur Macht o voluntad de poder de Nietzsche- y, por otra parte, el sentimiento de nuestra debilidad. 

Al menos en la cultura occidental, es innato el deseo de aplauso, del respeto de los demás, del nivel adquisitivo, de una imagen, del éxito intelectual o físico, es decir, de una autoimagen. Sin embargo, la vida tantas veces se nos antoja mediocre y los medios para cubrir las necesidades que nos hemos creado, de chiste que nuestra imagen dista tanto de la que nos venden que la creemos decepcionante, de tal manera que el amargor del fracaso, así como el conformismo y la renuncia a menudo ante las desventuras del destino, son campos opuestos entre el ser y el deber ser.

Y si, desde luego, prevalece ser distinguido, instruido y próspero más que transparente, gañán y desfavorecido, todos los carismas son inusitadamente aplicados a la misma persona. Elegir un camino ciega inevitable e imprescindiblemente otras puertas: el honor militar contribuye escasas veces a la opulencia, el hombre y la mujer políticos se arriesgan al desprestigio, el el poderoso económicamente -aguardado cautelosamente por sus iguales- desconoce el descanso del hombre vulgar.

Para tener éxito en el rumbo tomado, el ser humano debe iniciarse en el sociogrupo conveniente y adquirir -aunque únicamente ocurra de manera sorda, de rondón, sin sentir- una postura dominadora. No obstante, en los grupos sociales, el lance por la conquista es inflamada, y el que había salido con su vara de oficial en la canana finaliza siendo cabo. Conversiones contradictorias.

Sin embargo, no todo está determinado para él. En realidad, la ley de la compensación viene a hacer su parte; tal hombre, cuya pareja es la dominante, puede ser un jefe militar temido por los que tiene a su cargo; aquel empleado de buen ver es un famoso defensor de resultados adversos; cual deportista desafortunado se manifiesta como un especulador diestro y acertado. La esperanza y el ánimo despuntados y manados de su autoridad en un terreno particular explicará en el sujeto una situación de bienestar.

Así también, el juego de dominio que se deja ver en el grupo familiar para exigir los propios espacios, en la misma empresa para el nombramiento de un superior, en el partido o el sindicato para facultar los puestos de dirección, volvemos a hallarlo en el medio político para el logro del poder

Convenir el derecho y el deber de gobernar el líder -que para eso es elegido- y aprobar la convivencia de gobierno y oposición no resulta algo fácil. Las domésticas rencillas nacidas al rescoldo de los fragores de la dialéctica, los viejos sinsabores y heridas y a veces los espurios intereses son los tapujos continuos que alimentan el excesivo desorden de los afectos y pasiones, la acción torpe, grosera y cruel y las actitudes violentas. En efecto, en algunas ocasiones, el sujeto no pretende en el instante de cometer agresión al otro más que hallarse a sí mismo. Porque igualmente llega a ser poco disuasorio asediar al contrario concediendo a todo un Parlamento unas bases que meramente están por encima de la persona y muy  lejos de los derechos fundamentales y de la defensa legítima. 

Finalmente, el mundo de la política dejaría de padecer tanto, la cosa pública de perder baza y los representantes de los votantes de fatigarse tanáticamente si se considerase que la grandeza muchas veces viene de la renuncia, que la desconsideración y la desconfianza aboca necesariamente al desastre, y que los talantes -así como los talentos- son ineluctables. En la medida en que los responsables cuatrianuales olvidasen, por ejemplo, que montear y ser montaraces no lleva al éxito porque no une, la prudencia y responsabilidad -sin perder cada cual su ideología- ganarían, ganando así todos, los individuos y la colectividad, la ciudadanía. 

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