domingo. 14.04.2024

Con mirada de hombre

Parto de una conversación entre mujeres, hace una década, en la que quise ser fedatario de lo que allí se habló, se pensó y se ratificó entre todos, hombres incluidos. Copio las conclusiones:

1.- Siempre han ido las mujeres por delante a lo largo de la historia.

2.- Ancestral e históricamente, los hombres hemos sido una rémora para ellas, y seguimos en ello. Una gran dificultad añadida a la condición injusta que arrastra la mujer desde que nace.

Han obtenido uno de los derechos más justos: tener iguales responsabilidades que los hombres. Sin embargo, han adquirido de golpe una doble carga: ocupación en casa y en el trabajo, y diferentes salarios que el hombre, con la agravante que no es, por su posible estado de gestación, una trabajadora deseable.

3.- Intelectualmente, si nos situásemos, pongamos por caso, después de un naufragio en una isla, qué haríamos nosotros y qué ellas. Dejando aparte la posible gracia prepotente y machista, lo seguro es que ellas se organizarían antes y mejor para hacer habitable el lugar en donde vivir. Nosotros, al final, tendríamos que ceder ante esa dirección y autoridad natural y, lógicamente, serviríamos para cargar las cosas o cortar los árboles necesarios que sirviesen de techo.

4.- Ellas siempre se han reído de nosotros, ‘zopencos que pegan’. Evidentemente, no todos. Pero sí, provenientes de los monos, hemos intentado dejar siempre claro quién manda y ha mandado siempre. Para ello, hemos sacado pecho -nunca mejor dicho- y hemos dejado muy clara nuestra relación de poder.

Nuestro poder en todo, y en el deporte del fútbol. Hace 25 años, en el patio del recreo de un colegio costero de Cantabria, algunos presenciábamos el desarrollo de un partido con equipos intraheterogéneos. Todo el mundo estaba impresionado de cómo jugaba una gitana. Evidentemente era la líder. Hasta que los maestros jóvenes tuvieron que sacar el chiste fácil y torpemente sexista: -"A que no sabéis qué es peor que una mujer jugando al fútbol? -Dos". Es decir, hasta que no aniquilemos los estereotipos, no puede haber sorpresas en el cerebro de los hombres.

5.- Una mujer siempre ha sabido que con ellas las casas han funcionado, que si nosotros faltásemos, la casa seguiría funcionando.

6.- Si las dictaduras y religiones las han sojuzgado, las mujeres siempre han creído, muy a pesar de ello, que eran superiores.

Tiramos algo de historia y de un pionero en la liberación de la mujer, que vivió a caballo entre los siglos XIX y XX y en una frenética lucha por la regeneración del país y que además vio que sin ciencia ni educación no había camino posible para el progreso de España. El cirujano cántabro Enrique Diego-Madrazo (Vega de Pas, 1850 – Santander, 1942) exalta el papel de la mujer en la pedagogía y eugenesia. Pero si, por convención, ser mujer es haber tenido por vez primera la menstruación, parece poco tiempo para una buena educación en la evolución y conservación de la especie humana.

Por ello, el ilustre pasiego pudo hacer buena la frase que pronunció el bioquímico y escritor ruso-estadounidense Isaac Asimov:

Solo hay una guerra que puede

permitirse la especie humana:

La guerra contra su propia

extinción.

En consecuencia, según Diego-Madrazo, la mujer es madre y pedagoga, sin poner freno alguno a su libertad, e invoca al hombre y a la sociedad para que pongan todos los medios para su liberación, mediante su independencia económica, toda vez que está requerida para dirigir la sociedad, quien puede llevar el timón de un mundo más justo, solidario y saludable, y capaz de crear el hijo bello, sano, mediante la maternidad consciente.

Las feministas de su tiempo, a pesar de aplaudirle sus ideas liberales, nunca entendieron qué quería decir con “madre”. Y, sin embargo, el eugenista nunca impuso nada a la mujer, salvo el derecho a la educación. El atributo de madre era opcional, si bien lo blindaba sublime y singularmente. Como pensador regeneracionista, nunca se le pasó por la cabeza la función paridora de la mujer, sino la opción e invitación a que, después de una Cátedra de Maternología en la adolescencia, contribuyese a crear y a consolidar el hijo bello en una sociedad y especie humana en progreso.

¿Ya ha triunfado la lucha por la liberación de la mujer? Mucho, una gran zancada, pero no tanto como para que la propia publicidad nos muestre a la mujer, por ejemplo, solo bastardeando sobre qué detergente es el mejor o anunciando, con la falda más corta que el cerebro de una ameba, un coche  -por eso le da por devorar el de los demás-. Debemos seguir luchando para que no haya ni un tantito de discriminación.

La película La sonrisa de Mona Lisa (2003) -una mirada válida e interesante- se desenvuelve en 1953, época en que para la mujer no eran tiempos de atreverse ellas mismas al cambio. En un colegio de señoritas disfrazado de Universidad, una profesora de Arte les hace preguntarse a sus alumnas por su papel para que el que han nacido, dándose la curiosidad de que a las jóvenes casadas se les hace la vista gorda, permitiéndoles el absentismo a voluntad. En la cinta se plasma la manera cómo las madres reproducen su rol en las hijas.

Porque quien manda, quien ostenta el poder, aún hoy, es el hombre: nosotros hacemos, deshacemos, jugamos, somos los machos dominantes, con mentiras tras mentiras para seguir jugando. Y la mujer quiere encontrar su camino a toda costa. Muchos siglos de sumisión y ‘devoción’ en una España gris oscura, de mucha hipocresía y de sobrado atraso e ignorancia hacen que sea ya hora de romper los muros de un patriarcado que no ha aprendido y sí humillado hasta el extremo a la mujer, hasta la invisibilidad.

Porque ¿la realidad femenina, su sentimiento, su sensualidad, y su inteligencia es o debe ser un gen dominante suyo o su psicología es solo la derivación de azares educativos, religiosos y sociales.

El trabajo de la hierba recompensa los esfuerzos pero es el más penoso del año para la mujer, el doble que el del hombre: dieciocho horas al día de ese trabajo duro y abrumador, la comida para los demás trabajadores, los niños, su educación…

Los papeles han sido simples y, a la vez, muy complicados. El índice de analfabetismo no ha sido pequeño, y para las rutinas más sencillas la mujer estaba más bien un poco torpe, debido a la educación recibida hasta entonces: nula, antinatural e ilógica. De tal modo y manera que aquella realidad le hizo exclamar, quizás con cierto exabrupto, al ilustre pasiego Enrique Diego-Madrazo:

«La pedagogía de los tres primeros años es la que la Naturaleza ha reservado a la madre. La mujer es la única hembra de la Creación que mata por ignorancia a sus hijos en este período. Es la única que ha perdido el instinto, que ha olvidado el arte de enseñar a vivir a sus hijos» (Pedagogía y Eugenesia, 1932, 51-52).

En cuanto a su función educadora, ya había apuntado Diego-Madrazo reiteradamente que la revolución que proponía el socialismo, en los primeros lustros del siglo XX, no tendría lugar si no la llevaba a cabo la mujer, con su necesaria e insustituible colaboración en la Pedagogía, educando en el orden hereditario en pro del bienestar. Ese es el legado más importante sin duda que nos deja el doctor, mayor que sus hallazgos y quehacer médicos, mayor incluso que el de haber traído a España sus métodos asépticos y antisépticos, haciendo caer notablemente la mortalidad.

 

Con mirada de hombre
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