martes. 21.05.2024

Matilde Neruda

Matilde fue la que iluminó el libro de poemas del Premio Nobel de Literatura chileno Pablo Neruda, Cien sonetos de amor

Veo amanecer, lluvia de cristal
Manolo Díaz 

XCIV

SI MUERO sobrevíveme con tanta fuerza pura
que despiertes la furia del pálido y del frío,
de sur a sur levanta tus ojos indelebles,
de sol a sol que suene tu boca de guitarra.

No quiero que vacilen tu risa ni tus pasos,
no quiero que se muera mi herencia de alegría,
no llames a mi pecho, estoy ausente.
Vive en mi ausencia como en una casa.

Es una casa tan grande la ausencia
que pasarás en ella a través de los muros
y colgarás los cuadros en el aire.

Es una casa tan transparente la ausencia
que yo sin vida te veré vivir
y si sufres, mi amor, me moriré otra vez.

Pablo Neruda, Cien sonetos de amor. Ed. Losada, 1960. 

Y Matilde Urrutia (Chile, 1912-1985), su tercera y última esposa (1966), sobrevivió doce años más al poeta chileno Pablo Neruda, fallecido en 1973, viviendo su ausencia y su muerte como en una casa grande, como en una casa de ausencias. Se habían conocido en 1946. Se reencontraron tres años más tarde en el exilio mexicano del poeta por su pertenencia al Partido Comunista de Chile.

Matilde fue la que iluminó el libro de poemas del Premio Nobel de Literatura chileno Pablo Neruda, Cien sonetos de amor. (Ed. Losada, 1960), cuya dedicatoria (1959) está destinada a ella:

II
Amor, cuántos caminos hasta llegar a un beso,
qué soledad errante hasta tu compañía! 
Siguen los trenes solos rodando con la lluvia. 
En Taltal no amanece aún la primavera.
 
Pero tú y yo, amor mío, estamos juntos, 
juntos desde la ropa a las raíces, 
juntos de otoño, de agua, de caderas, 
hasta ser sólo tú, sólo yo juntos.
 
Pensar que costó tantas piedras que lleva el río, 
la desembocadura del agua de Boroa, 
pensar que separados por trenes y naciones
 
tú y yo teníamos que simplemente amarnos, 
con todos confundidos, con hombres y mujeres, 
con la tierra que implanta y educa los claveles.

Ibidem. 

Ambos subían hacia la telecabina, al Cerro de San Cristóbal -880 m de altitud- en Santiago de Chile, en la cordillera de los Andes:

IV 
Recordarás aquella quebrada caprichosa 
a donde los aromas palpitantes treparon, 
de cuando en cuando un pájaro vestido 
con agua y lentitud: traje de invierno.
 
Recordarás los dones de la tierra: 
irascible fragancia, barro de oro, 
hierbas del matorral, locas raíces, 
sortílegas espinas como espadas.
 
Recordarás el ramo que trajiste, 
ramo de sombra y agua con silencio, 
ramo como una piedra con espuma. 

Y aquella vez fue como nunca y siempre: 
vamos allí donde no espera nada 
y hallamos todo lo que está esperando.

Ibidem.

Hoy sigue muriendo, en Santiago, agosto. Tiembla el termoscopio austral, y persigue una fina lluvia las huellas nebulosas del poeta. Las imaginamos en la floresta del escorado, encubierto y callado jardín de su casa de los sonetos y de los cantares, y también del daño, del suplicio y de la aflicción. Ahora se empieza a derrumbar el muro de mutismo y mentira. Y se da paso a la paz. Pablo Neruda no murió de "caquexia cancerosa" por un "cáncer de próstata" con "metástasis", según los informes médicos, doce días más tarde del golpe militar, sino asesinado por inyección letal, encontrándose ingresado en una clínica. La investigación sigue abierta. 
 

Matilde Neruda
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