martes. 21.05.2024

Horas de desventura y penuria moral

Hoy no existe en nuestro país la llamada 'leal oposición', aquella que venía de democracias estables en gobiernos europeos, y que también provenía de gobiernos que ahora están gobernando

Articular una opinión sobre lo humano y lo divino, acerca de la política y de las humanidades y humanismo, de los demás y de uno mismo, o de países de interiorismo turístico frente a los que la espiral de violencia les ha acribillado, aniquilado y desaparecido en el inframundo, podría recordarnos -digo- cualquier examen de oposición tantas veces repetitivo, una manifestación o certamen, mucho más que una acción o una fiesta obligatorias e ineludibles. La verdad objetiva y unánime nos dice que estamos sobrepasados siempre con lo mismo y todos los días sin excepción; hoy es virulento y nuevo: nunca había pasado anteriormente en nuestra democracia.

Hay signos de esperanza en cuanto a nuestra ciencia que otros se han dedicado a destruirlos y a desarticularlos

Hoy no existe en nuestro país la llamada leal oposición, aquella que venía de democracias estables en gobiernos europeos, y que también provenía de gobiernos que ahora están gobernando. Indicaba que los partidos no gobernantes pueden y deben oponerse a todas y a cada una de las actuaciones que propone el gobierno, pero manteniendo la confianza y la fe; en suma, la lealtad al propio poder del gobierno. La oposición habla de la lealtad al Estado, pero cómo se engrana el Estado si no es mediante el gobierno, su fuente y poder.

Males no menores atacan también a la fluidez del progreso que se debería explicar y sin mentiras. A pesar del título de este artículo, hay signos de esperanza en cuanto a nuestra ciencia que otros se han dedicado a destruirlos y a desarticularlos. Ahora estamos en vías de impulsarla de nuevo y de concebir la investigación como una inversión no a corto ni a medio, sino a más largo plazo porque nunca nos la hemos tomado en serio lo suficiente. Así, acaba de reforzar la apuesta -96 millones- por la innovación y la ciencia.

En cuanto a la soberanía popular, la mayor desventura y penuria moral es la de quienes mantienen la absoluta certeza de que resida en el soberano pueblo sea más una expresión que una realidad más o menos agraciada. Y en cuanto a la corrupción de algunos políticos, con seguridad es la peor lacra que puede llegar a tener un país y un Estado. Unos lo atajan sin ambages, y otros responden: "¡Y tú, más!", reconociendo de una manera infantil el delito. Cuando la sociedad se desentona con estas trifulcas y confusiones, más se desentiende de la res pública y eso es lo más nocivo para una sociedad democrática, madura y mayor de edad.

Y así prosigue la paz y la muerte, y la felicidad que no es poco. La estética y lo hermoso es más que lo ornamental y decorativo. ¿Y la palabra? ¿Qué misión tiene cuando solo tañe, atruena y castañetea? ¿Solo restallar y crujir vana e hinchada? Y, sin embargo, recordamos los versos de Blas de Otero en Pido la paz y la palabra (1955):

Si he perdido la vida, el tiempo, todo
lo que tiré, como un anillo, al agua,
si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra.

Si he sufrido la sed, el hambre, todo
lo que era mío y resultó ser nada,
si he segado las sombras en silencio,
me queda la palabra.

Si abrí los ojos para ver el rostro
puro y terrible de mi patria,
si abrí los labios hasta desgarrármelos,
me queda la palabra.

Porque hablar en estas horas de lo que no se refiera, o peor, que no pertenezca ni competa de una manera derecha, a rejón, a esta ensalada corriente y habitual de bandidos, desventuras y penuria moral no debe traducirse como un tañido quejumbroso de campanas bien o mal organizado. Del mismo modo que el poeta Blas de Otero escribió reivindicando la apertura de murallas protectoras de los derechos humanos y su objetividad, ante el avasallamiento de los enemigos de la razón, seguiremos asimismo a La paloma de vuelo popular (1958), en La muralla de Nicolás Guillén.

Además, nos sigue acompañando la música, con la palabra. Y nada es recurrente cuando lo que se dice lo han dicho otros en este lenguaje del arte, con pocas palabras, poesía y musicalmente. Y también, nada es reiterativo cuando lo que se canta o se dice parece que es nuevo y nos sigue gustando:

Tú y yo, muchacha, estamos hechos de nubes
pero ¿quién nos ata?
Dame la mano y vamos a sentarnos
bajo cualquier estatua,
que es tiempo de vivir y de soñar y de creer
que tiene que llover
a cántaros.
Estamos amasados con libertad, muchacha,
pero ¿quién nos ata?
Ten tu barro dispuesto, elegido tu sitio,
preparada tu marcha.
Hay que doler de la vida hasta creer
que tiene que llover
a cántaros (…).

‘A cántaros’ (1972) – Pablo Guerrero (Esparragosa de Lares, Badajoz, 1946)

Horas de desventura y penuria moral
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