domingo. 14.04.2024

Hermann Hesse, la revolución de los clásicos

Negaba la devoción militarista y combatiente de no pocos escritores alemanes, actitud que le convirtió en un apestado y en un traidor, lo que él mismo cumple oficialmente haciéndose ciudadano suizo en 1923

Cuando poco se puede esperar ya que nos logre estimular o reportar un sentimiento, algún impulso, cuando los tiempos son malos para la música o la lírica, como cantaban Golpes Bajos, siempre nuestra responsabilidad con el agrado y entusiasmo de las humanidades y la literatura de todo tiempo, nos harán disponernos y recolocarnos con más vitalidad y autoridad en el descubrimiento y recuperación de aquellos textos que siempre nos iluminaron y que quedaron quizás olvidados, y sin embargo nos acrecentaron nuestra capacidad para seguir albergando alguna esperanza, continuar enfrentándonos a lo cotidiano y creer amando. Nuestros propios motivos.

En la entereza del retiro, sin los lugares y el tiempo medidos para respirar y poder ahora seguir los propios pasos, es normal ir recuperando algunos libros de su lugar, a autores en otro tiempo seleccionados -en la actualidad recordados, resucitados-, que nos transportan al tintero de nuestra memoria, más allá de las situaciones en las que fueron descubiertos, el largo camino de nuestra vida hasta ahora, el aprendizaje siempre nuevo, los matices diferentes, los giros invisibles entonces, y comprendidos hoy mejor mediante la sugerencia y la evocación.

Hermann Hesse debe ser tal vez encuadrado históricamente como el último romántico

Pongamos que nos referimos al alemán, suizo de nacionalidad, Hermann Hesse (Württemberg, 1877 – Montagnola, 1962), Premio Nobel (1946) y a su novela Bajo las ruedas (1906).

Escritor, novelista y pintor hasta hace cinco décadas, en el inicio de nuestra oposición a los sistemas educativos vigentes en nuestra dictadura pasada, fue precisamente el icono por Bajo las ruedas. El retardo de su lectura en España, callado está dicho. Los vagidos al alborear los 70 vehiculizaron a no pocos escritores malditos.  

Por el contrario, para mis coetáneos, su lectura no dejó de ser una de las líneas en que nos apoyamos la primera vez y que lo sería por siempre mediante nuestros descendientes. Cómo olvidar sus confortantes y estimulantes razonamientos que surgieron pasando de un lado a otro del dolor natural del ser humano, y del convencimiento que llega, y se le agradece, cuando se observa más cerca el fin. Es el momento en que trasladamos a nuestro magín los juicios lógicos y los paradigmas que mejor vienen al caso.

Bajo las ruedas, la segunda de sus novelas, quizás no goza del mismo crédito y éxito de las otras. Tanto su estilo como el lenguaje ciertamente es algo más tierno y atrevido, por la etapa en que la escribe, y -a pesar de su interés y conmoción- debido a los lectores. El novelista iba encaminado hacia ellos con más anhelo y deseo. Hermann Hesse debe ser tal vez encuadrado históricamente como el último romántico en la opinión del iniciador del dadaísmo, Hugo Ball, el concluyente caballero del refulgente entierro del Romanticismo. Por lo general, Hesse fue conservador siempre por lo que corresponde a la Literatura, si seguimos sus mismas palabras:

«Con pocas excepciones, me he contentado con una forma heredada, con un procedimiento accesible, con un esquema: nunca me ha interesado aportar algo formalmente nuevo, ni ser vanguardista ni preparador de caminos.»

Por su parte, André Gide afirmó sobre él:

«En Hesse lo acertado no es el movimiento de ánimo ni el pensamiento, sino solo la expresión; y lo que hace acertada la expresión en el sentido exquisito de la adecuación, de la reserva, de la armonía, y -en relación al cosmos- de la mutua dependencia de las cosas; una ironía contenida de la que, creo yo, solo son capaces muy pocos alemanes y cuya absoluta ausencia me echa a perder tan a menudo las obras de muchos de sus autores, que se toman a sí mismos tan terriblemente en serio.»

Hesse, literariamente, a pesar de lo que él piensa de sí mismo, es un importantísimo prosista eterno, poético. Abundando más, un educador y un pedagogo honesto e íntegro. Pero tampoco estamos hablando de un novelista 'de la comunidad', el típico 'marxista' -como otros colegas suyos contemporáneos-, aunque estuviese de moda serlo. Eso sí, tenía ideas clave, aceptables o no, admisibles o no, en función de un desarrollo social sostenible:

«Predico sentido propio, no subversión. ¿Cómo iba yo a desear revolución? La revolución no es otra cosa que guerra; es exactamente como esta, una “continuación de la política con otros medios (…)».

Una vida interesante, y controvertida. Esta última dimensión es la que posiblemente más nos debe atraer en este "artículo de opinión". Puede ser verosímil que declinase colaborar en la Gran Guerra. Sí se preocupó por los cautivos de guerra alemanes. Y, cuando estalla la guerra, clama en un diario suizo con un escrito. Su epígrafe manifiesta el Himno a la alegría de Schiller: O Freunde, nicht diese Töne!, ‘¡Oh amigos, esos tonos no!’.

Como en otros trabajos suyos, Hesse deja percibir unas cuantas de sus perseverancias

Negaba por tanto la devoción militarista y combatiente de no pocos escritores alemanes, actitud que le convirtió en un apestado y en un traidor, lo que él mismo cumple oficialmente haciéndose ciudadano suizo en 1923. En cuanto a la II Guerra Mundial fue nuevamente un pérfido por negar y repudiar el nazismo, motivo que le posibilitó en 1946 el Nobel.

Bajo las ruedas. La novela.

¿Qué conexión puede haber entre su vida y Bajo las ruedas? Sus padres eran predicadores luteranos. También, la publicación a sus 29 años de esa segunda novela suya, posiblemente la anterior afirmación y vocación hacia la Teología. Por otra parte, como en otros trabajos suyos, Hesse deja percibir unas cuantas de sus perseverancias: el desarrollo de cada individuo, o la insumisión frente a la sociedad insolidaria, narcisista, incompleta o líquida.

Cuando la madre de Hans fallece, el joven ha de vivir con su padre, un hombre demasiado artificial para un medio natural como el del campo, y aislado del bienestar de la ciudad -en aquel tiempo, todavía-. Su alma e ideales tempranos van cercenándose y su vocación literaria es trocada por los baños en el Nagold, en la boca de la Selva Negra, o la huida de lo común pescando cuando se le autorizaba. A sus 14 años, Hans Giebenrath -protagonista de la novela- ingresa en el cisterciense monasterio de Maulbronn a estudiar Teología, arrebatándosele los arrestos más admirados e importantes de nuestras vidas tan breves: la adolescencia y juventud.

Los buenos consejos de los condiscípulos, párroco, rector, vecinos y maestros de Calw -patria chica del escritor-, al parecer, dejaron una gran huella en su padre pretendiendo que la forma de vivir de su hijo daba mala reputación al padre, al hijo y al espíritu de la comunidad. Todo lo que pudiera hacer Hans lo consideraban mal. No podían consentir aquella manera de vivir ajena al rebaño. Y el padre le hace renunciar asfixiante, sofocante y angustiosamente a todos sus pasatiempos y aficiones. En el protestante seminario le acompañará otro compañero, simbolizando una revisión y una antítesis en su vida, en sus seguridades y en sus creencias, toda vez que esa amistad será espiada constantemente por el éforo. alguien parecido al Padre Prefecto en los seminarios católicos.

Las constantes amonestaciones, censuras, quejas del cínico e hipócrita padre, cuyos ojos nunca alumbraron virtud ni bondad ni expresión alguna de consuelo y alentadora para cualquier desazón y amargura, le conducirán a su contundente expulsión del centro de estudios, a un padecimiento grave, así como a su propia eliminación moral. Y cuando vuelve al pueblo, saboreará totalmente lo opuesto a cuando lo dejó. Un pesado desencanto. Quizás Hans hubiera podido llenar de dignidad a aquella pequeña sociedad opresiva que, demasiado ciega e introvertida, se había fijado en él, la imagen de lo contrario al perfil de ella. Solo le comprende, como siempre, el zapatero del pueblo, el hombre sabio, crítico con el sistema educativo y pedagógico, y que contradice, con apellidos y nombres, sin disimulos ni rodeos, a los autores verdaderos de tamaña insensatez.

Sin embargo, como entona otro poeta romántico inglés, William Wordsworth, en el final de Oda a la inmortalidad

«Gracias al corazón humano,

por el cual vivimos,

gracias a sus ternuras, a sus

alegrías y a sus temores; la flor más humilde, al florecer,

puede inspirarme ideas que, a menudo,

se muestran demasiado profundas

para las lágrimas.»

Hermann Hesse, la revolución de los clásicos
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