miércoles. 22.05.2024

La desigualdad siempre ha existido; ahora, con arrebato

La minoría selecta o rectora, además de la coincidencia nula entre la casta política y la realidad de la calle, son un verdadero lastre para que las diferencias entre los seres humanos se amortigüen.

Con 8.000 millones de habitantes en este planeta -hemos crecido 1.000 millones en la última década-, los seres humanos no somos ni estamos conformes con la minoría de la humanidad -representada por solo el 20% de la población mundial- que son los llamados poderes, el poder. También sucede que el restante 80% tampoco es que seamos un ejemplo de acuerdo entre nosotros, por ejemplo, en cuanto a los derechos de la mujer o con respecto al matrimonio homosexual, pongamos por caso, o el medio ambiente.

En lo que a nosotros nos ocupa, Europa y, más, España, los enriquecidos nos están arruinando y estafando con una recesión económica que permanece

La minoría selecta o rectora, además de la coincidencia nula entre la casta política y la realidad de la calle, son un verdadero lastre para que las diferencias entre los seres humanos se amortigüen, sobre todo cuando se sigue viendo a los empobrecidos como un amasijo más o menos uniforme, como un lodo de cloaca necesario para que arriba esté todo más limpio.

La igualdad no tiene nada que ver en la relación entre favorecidos y desfavorecidos desde el mismo momento en que esos términos son contrarios. Básicamente, los que tienen poder, o el poder, de cambiar las cosas han hecho caso omiso en estas tres últimas décadas a las conclusiones de la Conferencia Mundial de Derechos Humanos, reunida en Viena en el año 1993.

Dicha conferencia sirvió para denunciar el estancamiento de los derechos humanos en el planeta. No hubo sonrojo alguno por parte de nadie, pero sirvió para viajar a la capital austriaca. También sirvió para seguir bavardeando sobre el refuerzo del derecho que tiene toda persona a una educación de calidad, pública y para todos, de la importancia de tener en cuenta de una vez los derechos inalienables que tiene la mujer, o la infancia, o las personas que tienen alguna discapacidad, o los derechos de las poblaciones indígenas...; posteriormente, no ha habido más conferencias. Será que ya hemos conseguido todo, que ya está todo encarrilado.

¿Y en el primer mundo? En lo que a nosotros nos ocupa, Europa y, más, España, los enriquecidos nos están arruinando y estafando con una recesión económica que permanece y continúa con una duración que mantiene a toda la ciudadanía en vilo y en un estado de violencia, a pesar de que Bruselas excluya que Europa vaya a atravesarse en esa recesión y situando a nuestro país como la economía más creciente en este año que estamos.

Nuestros gobernantes no pueden cruzarse de brazos y atormentar más, si cabe, a la población, aduciendo que son causas extraterritoriales

Así, la población puede terminar desintegrada, según Manuel Vicent, en tres territorios aislados e inconexos en donde un número pequeño de multimillonarios se enriquecerán un día sí y otro también; el conjunto social, cuyas personas tienen unos ingresos que les posibilitan una vida cómoda y próspera en mayor o mayor porción, se sentirá constreñido a la indigencia -véanse, si no, los nuevos comensales de los comedores asistenciales-; y los empobrecidos  desde hace mucho tiempo, que se ocultarán en otro subterráneo más inferior, siguiendo en el esperpento como necesitados y pordioseros, ¡por Dios!

Y sin embargo, nuestros gobernantes no pueden cruzarse de brazos y atormentar más, si cabe, a la población, aduciendo que son causas extraterritoriales, que son ciclos económicos en donde nada puede hacerse, porque, en definitiva, la penuria y la miseria son determinadas por las administraciones de cada estado.

Porque, en definitiva, nunca será un eufemismo o una frase hecha decir que hay alimento para todos en el planeta. Es una materia y un problema de recursos y de su distribución y reparto, más que un tema de volumen de producción. Un asunto de decencia o indecencia.

Y al final, ¿qué nos queda? El poeta dice que la palabra; otros, el rencor, el grito y palabras que no dicen mucho y que suenan a tañidos de campana que los demás oímos y que ya no escuchamos.

Algo tiene Nelson Mandela cuando después de un corto periplo, exceptuada su estancia de 27 años en la cárcel en donde seguramente pensó mucho la sola idea de cómo cambiar el rumbo de su Suráfrica, ha sabido conciliar las diversas sensibilidades -salvo un número residual de afrikáners y netanyahus-. Aquí, la solidez y autoridad de sus palabras, nacidas del valor de su obra y su práctica:

«Nunca he creído que un hombre fuera superior a mí, ni en la prisión ni fuera de ella».

«Siempre parece imposible hasta que se consigue».

La desigualdad siempre ha existido; ahora, con arrebato
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