domingo. 14.04.2024

El chico de los Winslow

El caso Winslow no deja de ser una lectura de dignidad y orgullo, de decencia y seriedad. Y, en cuanto a su arquitectura, una obra de arte narrativa y dialéctica

‘Tennessee Williams y Teny Rattigan, los dos mejores dramaturgos de la segunda mitad del siglo XX’. Son palabras de Peter O’Toole en la última entrevista que ofreció antes de fallecer.

Son tres artistas que encandilaron al público de todo el mundo -y lo siguen haciendo- en el albor de la segunda mitad del siglo XX. Son palabras de alguien con autoridad, como Peter O'Toole.

Terence Rattigan (Londres, 1911 - Hamilton, 1977) ha obtenido un éxito popular inaudito con su teatro. A algo se deberá. La cercanía de los temas que trata, a veces aparentemente simples, son trascendentes. Como es el caso que nos ocupa.

Algo debió de tener la obra de Rattigan de importancia cuando David Mamet dirige una película con igual nombre y el mismo asunto

También en El chico de los Winslow (1946) sucede esa atípica contradicción de una historia real. El alumno Ronnie Winslow estudia con catorce años en el Old Royal Naval College, y es delatado por el pillaje, ¡válgame Dios!, de cinco chelines por un giro bancario. Sin aviso previo, se constituye una falsa investigación interna encontrándolo culpable. Y su padre es invitado a que saque al hijo del Colegio -sinónimo de su expulsión-. El chico es inocente, y su padre cree en él. La hija Catherine, sufragista, y un abogado amigo de los Winslow van a esforzarse para restablecer el nombre tanto de la familia como de Ronnie. Un pequeño argumento que sobrepasa el área educativa. No hay pruebas. La única, que ese rigor perjudica tanto al sistema educativo de esa institución como a uno de sus alumnos, ya no por la falta de pruebas, sino por la pérdida de tiempo y de educación a un escolar que no valen la pena los cinco chelines. De cualquier manera, la falta y el castigo no son proporcionados.

Algo debió de tener la obra de Rattigan de importancia cuando David Mamet dirige una película con igual nombre y el mismo asunto, El caso Winslow (The Winslow Boy, 1999). Se la ha calificado como una "obra maestra". Rattigan, detrás del guión, consigue algo así como una esmeralda, una piedra preciosa de película, con la excelente dirección de Mamet. Todas las críticas van en ese sentido. La película no deja de ser una visión, que al tiempo se queda en una ilusión pedagógica. Pero ahí queda el texto de Rattigan adaptado a la película. En definitiva, el caso ha dado para mucho. Ahí está su trascendencia. Dos años después de la pieza teatral, surge Pleito de honor (1948), de Anthony Asquiht. Más de lo mismo, con otras palabras en el título.

Rattigan tiene conexión con el público. Es un imán para él. Son numerosas las representaciones que gozan sus obras de teatro. Así consta en su ficha deL IMDb, Internet Movie Database o Base de datos de películas en Internet, aunque no solo de películas, convirtiéndose en la base de datos mayor del mundo.

LA VERDADERA BATALLA

Los cinco chelines es lo de menos, nunca mejor dicho. La batalla comienza por el honor. Ese es el precio. Naturalmente no es la cantidad sustraída. Y no se habla para nada del agravio educativo o pedagógico del chico y de la institución. Se trata sola y exclusivamente del derecho al honor en el Reino Unido, una interpretación de parte, institucional. No del honor del estudiante y su familia. En 1936, una sentencia expresa: "... libre expresión no quiere decir derecho a expresarse libremente; significa expresión cercada por todas las leyes contra la difamación, blasfemia, sedición y otras". La vida sigue y la hermana de Ronnie, Catherine, duda y cubre con un manto de sospecha al jurista, un abogado de mucho prestigio y miembro del partido opositor en el Parlamento.

El único motivo aparente es restablecer el honor del chico y de su familia, acomodada. Por eso, la sentencia mencionada arriba es disimétrica. ¿De qué honor habla? Porque se está difamando a un alumno. Y, sobre todo, en público. Todo el Reino Unido estaba al tanto del devenir del caso y esperaban un final feliz. Entretanto, Rattinga aprovecha la sordidez del sinvivir en la espera a ver qué pasa y expresa su realidad a base de diálogos inteligentes, de un juicio pesado y sórdido, pero intrigante que es en lo que confía la mayoría de los circunspectos. La narración teatral de Rattinga, junto con la fluidez fílmica de Mamet hacen el resto. En ambas formas artísticas, se evidencia todo sin hallar nada  a la vista. Pero sí se sugiere, se da a entender. ¿Qué pudo pasar en la academia de aquellos cadetes?, ¿cómo reaccionaron los demás compañeros?, ¿hubo silencio cómplice? No hay nada fijo, solo nos queda la palabra, el ritmo del silencio y la maestría de la imaginación.

¿Cómo acaba esta película? Al menos se pudo limpiar el honor de los Winslow y el nombre de Ronnie, en el juicio. El jurista Sir Robert Morton, junto con el abogado Desmond Curry desautorizan todo el misterio sin desvelar, los almirantes dudan ahora de la culpa del muchacho. Ya no hay cargo alguno contra él. Ronnie es inocente.

Al final de todo lo dicho, El caso Winslow no deja de ser una lectura de dignidad y orgullo, de decencia y seriedad. Y, en cuanto a su arquitectura, una obra de arte narrativa y dialéctica.

El chico de los Winslow
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