domingo. 14.04.2024

La censura con tijeras

Las dictaduras están para eso, para dictar y no progresar con el espíritu crítico debido y respetado por los demás. El control es una debacle porque se estanca y no pueden fluir los nuevos caminos, las nuevas ideas, el respeto a los demás

Me ha llegado el libro Los señores de las tijeras. El cine que la censura nos prohibió, de Vicente Romero Ramírez, Akal (2023). El autor nos lleva a un relato ameno y surrealista del anatema y juicio al cine, sobre todo en las cuatro décadas de dictadura que sufrió la cultura en nuestro país. Una verdadera opresión y castigo.

Sin embargo, la censura no se cebó solo en el cine, sino en toda creación cultural y artística. El propio cantautor Manolo Díaz nos comentaba una anécdota sobre la censura en las letras de las canciones, una censura cicatera y sin venir a cuento, todavía en el año 1968. En este año sale su sencillo El tren ha partido / En el barrio de Dindás. Evidentemente, ese barrio de Madrid no existía. Se trataba del barrio de San Blas. O lo cambiaba por otra cosa, o no había canción posible. La moral infantil. Era un barrio nuevo basado en la especulación, en donde se hacinaban familias numerosas en pisos diminutos, pero, a pesar de todo, "en el barrio de Dindás se vive bien. No hay más que hablar". Era la masificación ciudadana, los barrios de las afueras, el paisaje insistente en las demás ciudades españolas. Corrían los años 60.

Cualquier manifestación cultural que pudiera ir en contra de los cánones establecidos era censurada

Cualquier manifestación cultural que pudiera ir en contra de los cánones establecidos era censurada. Había que tener ingenio para que el censor no se percatase de algo inapropiado y que la corrección o correcciones exigidas no resultasen algo absurdo para el contexto total de la producción. Como dice Vicente Romero, "el cine se vio como un medio que podía influir negativamente en la sociedad. Por eso surgió pronto la tentación de controlar sus contenidos, de eliminar aquello que cada época consideraba peligroso, en suma, de ejercer la censura sobre lo que se podía y no se podía ver". Otro ejemplo de censura es la que sufrió Chicho Ibáñez Serrador en su obra, escrita para él y su madre, Aprobado en castidad, que tuvo que cambiar el título por Aprobado en inocencia, porque no pasaba la censura. Ni que decir tiene que asimismo hubo de sortear con mucho ingenio e imaginación diversos obstáculos con el programa de Televisión Española “Historia de la Frivolidad”,  y así no fuese prohibida.

En fin, el libro de Vicente Romero deja bien a las claras los pesares y desdichas que tenían los que querían plasmar en el cine una realidad creativa y veían su trabajo cercenado, roto porque la mayor parte de las veces dejaban el lenguaje del cine inservible, a no ser que el creador aguzase la inteligencia para que el mal fuese menor, y los espectadores supieran leer o ver entre líneas el proceso de la película. Y es que las dictaduras están para eso, para dictar y no progresar con el espíritu crítico debido y respetado por los demás. El control es una debacle porque se estanca y no pueden fluir los nuevos caminos, las nuevas ideas, el respeto a los demás. Después de seis decenios, es posible admitir una sonrisa e intentar relativizar todo, pero seguramente el que sufrió esa censura, aún hoy tiene un amargor indescriptible que los demás no tienen, siendo lo mismo para estos últimos la calidad y la condición que la cantidad que no dice nada; la calidez, que la frialdad.

Y nos narra el autor del libro el caso más manifiesto quizá de la tragicomedia de la censura el de Buñuel y su Viridiana, cuando pensaba el director que ya podría volver del exilio. Pues sí podía, pero aún con mordaza en su película. Fue en 1961, y causó involuntariamente una barahúnda política:

El director general de Cine llamó a Buñuel y le dijo que aceptaba que hiciera Viridiana, pero que el desenlace le parecía inmoral y era muy difícil que pasara –narraba el cineasta Ricardo Muñoz Suay–.

Entonces Buñuel preguntó: «¿Y qué solución le damos?, ¿quiere usted que jueguen a las cartas?». Y el alto cargo contestó: «Pues bien, me parece muy bien que jueguen a las cartas». Entonces Luis pensó que el ménage à trois que sugería la partida de naipes resultaba mucho más atrevido que lo otro.

¿Tuvo suerte Buñuel o gozó de la suficiente perspicacia para vencer las triquiñuelas de la censura? El resultado, cuenta el escritor, se recondujo. Triunfó en Cannes, la censura le dejó en paz y el Vaticano la consideró 'blasfema', dándoles al director, y a los guionistas -el propio Buñuel, Benito Pérez Galdós y Julio Alejandro- un mayor mérito del que hubieran pensado, y más créditos.

La censura con tijeras
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