martes 30/11/21

Nadie velaba por la anciana de las velas

9.211 abonados en 419 municipios de Cataluña son pobres energéticos. Y posiblemente pobres de solemnidad. Sin luz no hay dignidad, aunque a Rosa P. V. le evitase ver sus propias miserias a partir del atardecer.

Rosa P. V. vivió casi a oscuras sus dos últimos meses. Encendía y soplaba velas todos los días como si celebrase un interminable cumpleaños. Murió iluminada por el resplandor equívoco de las llamas. Tenía 81 años, malvivía en un pisito de Reus y ahora la compañía y el Ayuntamiento rivalizan por arrojar luz sobre su triste fallecimiento.

Gas Natural le cortó la luz, lo natural cuando no se paga el recibo bimestral. Lo de Rosa P. V. se denomina pobreza energética y, cuando los protocolos se activan a tiempo, deja en manos del Ayuntamiento el abono de los recibos. Qué menos. Una compañía que no detecta la soledad eleva a la categoría de cruel esa ignorancia. Con el peor de los resultados: una muerta horrible por calcinación.

Una compañía que no detecta la soledad eleva a la categoría de cruel esa ignorancia. Con el peor de los resultados: una muerta horrible por calcinación

La conclusión es que nadie velaba por la anciana de las velas. Una existencia gris y un final negro. La soledad que no detectó la compañía tiene número: 9.211 abonados en 419 municipios de Cataluña son pobres energéticos. Y posiblemente pobres de solemnidad. Sin luz no hay dignidad, aunque a Rosa P. V. le evitase ver sus propias miserias a partir del atardecer.

La mujer de las velas se ha dado de baja voluntaria. Dos meses después de que Gas Natural le diese de baja obligatoria de la electricidad. La verdad, de nuevo, como víctima mortal adicional de un conflicto. El Ayuntamiento de Reus ya le abonaba el agua, pero asegura que la compañía no le advirtió de los impagos de luz de la anciana. 

Hay demasiada oscuridad en este oscuro episodio del Reus profundo. Alguien debe iluminarnos sobre el tristísimo caso de Rosa P. V., alumbrar la crónica de una muerte casi tan anunciada como la que noveló García Márquez.

Lo tragicómico del asunto es que todos tienen vela en este entierro: la compañía, el Ayuntamiento y los familiares. Un anciano siempre corre el riesgo de convertirse en un cuerpo enjuto a la deriva, agarrado a su pensión como última tabla de supervivencia.

Aunque cada día se escuche menos, existe un imperativo perfecto para invocar en estas situaciones: “¡ Luz y taquígrafos !”. Sobre todo luz.

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