martes 30/11/21

El turnismo era un gran invento

Había pasado un siglo, pero el turnismo de la primera restauración borbónica sirvió de modelo al régimen del 78 que inauguró la segunda.

Corría el año 1874 cuando el general Martínez Campos encabezó el golpe de Estado contra la I República española e impuso la primera restauración borbónica –en la persona de Alfonso XII y sucesores–, que se prolongó hasta la proclamación de la II República en 1931.

De los casi sesenta años que duró la primera restauración borbónica, los más de cuarenta que van desde 1881 hasta 1923 se caracterizaron por el turnismo, un invento español de inspiración británica que consistía en que el rey –Alfonso XII primero y su hijo Alfonso XIII después–, con la bendición de la oligarquía que lo sostenía, alternaba en el gobierno al Partido Conservador de Antonio Cánovas del Castillo y al Partido Liberal de Práxedes Mateo Sagasta, y lo hacía a través de un parlamento que surgía de procesos electorales burdamente amañados y registraba mayorías conservadoras o liberales según conviniera, mientras el PSOE, partido marxista que Pablo Iglesias Posse había fundado en 1879, quedaba excluido de la mascarada.

Decía Marx –en su obra ‘El 18 Brumario de Luis Bonaparte’– que Hegel había afirmado que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen dos veces, pero que se había olvidado de añadir que una vez lo hacen como tragedia y la otra como farsa.

Quizás por eso, corría el año 1975 cuando el general Franco, que en 1936 había encabezado el golpe de Estado contra la II República española, moría en la cama después de haber impuesto la segunda restauración borbónica en la persona de Juan Carlos I y sucesores.

Si todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen dos veces, ¿como qué aparecerán ahora Susana Díaz y Javier Fernández, como un sainete de Arniches o como una película de catástrofes?

Había pasado un siglo, pero el turnismo de la primera restauración borbónica –que acabó en 1923 con Alfonso XIII apoyando el golpe de Estado y la dictadura del general Miguel Primo de Rivera como antes había apoyado los fraudulentos gobiernos alternos de liberales y conservadores– sirvió de modelo al régimen del 78 que inauguró la segunda restauración borbónica. Salvando las distancias –lo de amañar burdamente procesos electorales no parecería muy propio de las postrimerías del siglo XX ni de los albores del XXI–, se trata de que el rey –Juan Carlos I primero y su hijo Felipe VI después–, con la bendición de la oligarquía que lo sostiene, alterne en el gobierno al Partido Conservador de Cánovas y al Partido Liberal de Sagasta, pero convenientemente actualizados.

Y el Partido Conservador puesto al día es el Partido Popular. Manuel Fraga –ministro de Franco, padre de la Constitución de 1978 y fundador de AP, que él mismo refundó como PP– fundó en 1980 la Fundación Cánovas del Castillo –actualmente integrada en la fundación FAES que preside José María Aznar, otro reconocido ‘canovista’–, alguien dijo que por intentar hacer pasar a los suyos “más por nietos de Cánovas que por hijos de Franco”, y el propio Fraga reconoció que Cánovas fue uno de los principales exponentes de un conservadurismo español que en pleno régimen del 78 sigue “tan vigente como lo estaba a finales del XIX”.

Y el Partido Liberal actualizado no es otro que el PSOE, que en 1979, justo cien años después de su fundación, renunció al marxismo para participar, esta vez sí, en el flamante turnismo del régimen del 78, con Felipe González en el papel de Sagasta. El mismo Felipe González que, con el turnismo en sus horas más bajas pero en proceso de reinvención –o de ser sustituido por otro invento, lo que toque–, sigue sin explicar a quién había prometido la abstención del PSOE en la investidura de Rajoy para sentirse tan “frustrado” como se sintió por el no de Pedro Sánchez al líder del Partido Popular.

Pero esa no es la única pregunta que flota en el aire. Si todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen dos veces –una como tragedia y la otra como farsa–, si en el siglo XIX Sagasta –el inventor del turnismo, el político que logró convencer a Alfonso XII y a Cánovas de las ‘bondades’ de la fórmula– apareció como tragedia y si en el XX Felipe González –el mismo que acaba de sacar a Pedro Sánchez del escenario– apareció como farsa, ¿como qué aparecerán ahora Susana Díaz y Javier Fernández, como un sainete de Arniches o como una película de catástrofes?

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