domingo 20/6/21

Un repentino amor de verano

La arena me rodeaba, y era la última persona que quedaba en la playa observando el atardecer. El sol se escondía tras el mar infinito. El cielo había cambiado de color, y el rojo se hacía dueño de él. Mientras el sol descendía, mi mirada se quedaba clavada en el horizonte. Fue en ese preciso momento cuando lo pude sentir. Sentía como los últimos rayos de sol al atardecer me envolvían en uno de mis profundos pensamientos. No podría explicar esa sensación de abandono, de cómo mi mente sobrevolaba la más alta nube, enredando mi mente en una maraña de pensamientos. Y de repente, sucedió.

Un año más ha pasado, he acabado las clases y por fin era verano. Tenía mil planes en mente, y como siempre, ninguno sin resolver. Mis padres habían decidido ir de vacaciones al sur, aunque a mí no me apasionaba mucho la idea.

Después de muchas horas de viaje, llegamos a Conil, un pueblo cerca de Cádiz plagado de turistas. El ambiente era seco, olía a salitre y apenas corría una gota de aire. Decidí coger mi toalla y perderme entre las dunas de arena, relajarme leyendo un libro y dejar que el tiempo pasara.

Entre capítulo y capítulo fijaba mi mirada en el océano. Me asombraba la manera en que el vaivén de las olas y el sonido del mar muriendo en la orilla me envolvían. Adoraba observar cómo la gente caminaba sin un rumbo fijo por la arena húmeda, cómo las parejas paseaban agarrados de la mano mostrando su amor al mar infinito. Con la mirada perdida, me di cuenta de que Cupido tiene más trabajo durante ésta época del año. 

Suena a tópico, pero cuando le vi, pude sentir todo lo que nunca había sentido al mirar a un desconocido a la cara

Tras tanto divagar y perder el tiempo, decidí volver al alojamiento en que nos hospedábamos. Arrastraba mis pies por la arena como si cada dedo pesara una tonelada. Volvía con la cabeza fija en el suelo. De repente, algo chocó contra mi hombro sobresaltándome, alcé la mirada para observar de qué se trataba, y justo en ese momento ocurrió algo. Dos ojos grandes y azules se habían clavado en mi mirada perdida.

Dicen que la mirada es el espejo del alma, pero yo creo que es mucho más que eso. Suena a tópico, pero cuando le vi, pude sentir todo lo que nunca había sentido al mirar a un desconocido a la cara. A través del azul de sus ojos pude sentir el sufrimiento de la pérdida de un ser querido, las veces que su equipo de fútbol había fracasado, los enfados con sus amigos, las decepciones de personas a las que creyó querer; pero además, pude ver cómo su pupila se dilataba al tiempo que yo hacía mis predicciones. En ese preciso momento, me di cuenta de que se estaba enamorando.

No supe verlo en su momento, pero meses después descubrí que era el destino llamando a mi puerta.

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