viernes 18/6/21

El placer de viajar en avión

Lo que más me gustaba de viajar en avión era poder sentirme cerca de los míos.

Viajar en avión es un placer. Me encontraba en Seve Ballesteros, el aeropuerto de la ciudad de Santander, sentado en una de las sillas de la cafetería, con la maleta entre las piernas esperando a facturar. Adoraba esa sensación de esperar, tomándome un café, mirando a la gente pasear arrastrando sus maletas; esa sensación de nerviosismo por coger un vuelo, como si fuese el primero, así como el suceder de las horas, entre más de un millón de sentimientos diferentes.

Seguía sentado, observando cómo unos aviones despegaban y otros aterrizaban,  a la vez que mi café se enfriaba. Me encantaba ver cómo la gente esperaba la apertura de una puerta cerrada a cal y canto, con la esperanza de ver la cara de su hijo volviendo de un país extranjero tras pasar su verano mejorando el inglés; las lágrimas al ver a sus familiares regresar; correr para lanzarse a los brazos de su pareja tras la vuelta de viaje de negocios; los besos a sus nietos tras un largo año sin verlos, y un sinfín de emociones desmedidas. No podría expresar el sentimiento que aquello producía, la ternura que te invadía el alma al ver tanto amor. Me di cuenta de la variedad de sentimientos que existen y lo minúscula que es la felicidad.

Una voz un tanto estridente se hacía escuchar a través de los megáfonos esparcidos por todo el aeropuerto. Se trataba de un aviso a los pasajeros del vuelo Santander- Sevilla. Mi vuelo.

No podría expresar el sentimiento que aquello producía, la ternura que te invadía el alma al ver tanto amor

Después de haber facturado y pasado la zona de embarque, me encontraba cruzando la pasarela que unía el aeropuerto con la entrada al avión. Una azafata alta, morena, con los ojos grandes y una piel blanquecina, nos esperaba con una sonrisa de oreja a oreja para hacernos pasar al interior de la cápsula. No estaba nervioso, pues no se trataba de mi primer viaje en avión, era mi cuarta vez, la cuarta vez que me enamoraba de viajar en avión.

Me hallaba acomodado en mi asiento, el avión había despegado y yo observaba el paisaje que se veía a través de la diminuta ventanilla. Era precioso, no me cansaba de ver el paisaje cántabro, cómo el verde de las montañas predominaba y cómo el azul de la costa daba un color especial a la bahía. Me hallaba perplejo, como si viviese en una nube de algodón. No podría estar más maravillado en este momento, disfrutar de un buen libro a la vez que me perdía entre las nubes; mirar el horizonte en busca de nada y a la vez todo; ver la puesta de sol desde lo alto, y mucho más. Era inexplicable. 

Ya estábamos a medio camino, y apenas había pasado una hora y cuarto de viaje. Era increíble a la velocidad que se viajaba en avión. Son todo ventajas. Ahorrar tiempo a cambio de disfrutar conociendo nuevos lugares, ¿qué más se pude pedir?

No paraba de suspirar. No dejaba de mirar el infinito pensando en un millón de cosas. Nunca lo había dicho en voz alta, pero lo que más me gustaba de viajar en avión era poder sentirme cerca de los míos, mi familia, esas personas especiales que algún día nos dejaron aquí abajo, en la tierra, para observarnos desde el cielo. Me sentía más cerca de ti, papá.

Continué mi viaje mirando la inmensidad del universo, observando el cielo estrellado, disfrutando de lo que la vida nos regala, envuelto en una maraña de reflexiones y pensamientos. En definitiva, viajar en avión es un placer.

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