lunes 21/6/21

Merecedores del perdón

Prefería mil veces ser perdonado a pedir perdón.

Mi corazón se sentía vacío, frío como un glaciar y probablemente enfermo terminal. No sentía, apenas padecía pues el rojo incandescente por el que se le había conocido ya no existía. Ahora era negro.

No se trataba de algo pasajero, ni tampoco de un escudo para protegerse del daño que causaban las palabras. Por mucho menos, las palabras causaron guerras hace mucho tiempo. Pero yo no sentía, al menos ahora no.

Siempre nos han enseñado que la vida está llena de obstáculos, que lo importante no es caer, sino saber cómo levantarnos. Pero hay situaciones que no tienen remedio, porque siempre habrá oscuridad si sigue existiendo luz.

La crueldad por la que se había conocido al ser humano era tan desmedida, que para el propio hombre la palabra "perdón" se le quedaba grande.

La gente iba cegada en sus tecnologías de bolsillo, chocaban los unos con los otros, se pedían perdón sin cruzar una mirada, sin sentimientos, como si se trataran de un rebaño de ovejas camino al matadero

Había pasado tantos años en el olvido, que ningún hombre o mujer era digno merecedor de un perdón por mi parte. Las buenas costumbres se habían perdido, así como la educación en los hogares. Ya no se regalaban abrazos, pues siempre se pedía un préstamo a cambio.

¿Dónde había quedado la bondad, la amabilidad de las personas, las buenas intenciones?

Me encontraba en una marquesina, esperando al autobús, mientras observaba la multitud caminar, con la cabeza gacha. Era obvio que ya no se miraban los zapatos, sino una pantalla de móvil. Ya nadie compartía miradas cómplices, miradas de empatía.

La gente iba cegada en sus tecnologías de bolsillo, chocaban los unos con los otros, se pedían perdón sin cruzar una mirada, sin sentimientos, como si se trataran de un rebaño de ovejas camino al matadero. En ese preciso momento me di cuenta de que el sentido de la palabra perdón se había perdido. Al mismo tiempo, descubrí que prefería mil veces ser perdonado a pedir perdón, pues me aseguraría de ser digno de esa disculpa.

Me regocijo al pensar, que en algún lugar de esta tierra, alguien pensará de la misma forma que yo lo hago. Y algún día, no muy lejano, recibiré ese perdón con los brazos abiertos, y únicamente en ese momento, mi corazón volverá a brillar de nuevo.

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