lunes 29/11/21

20 N. Cuarenta años después

La transición fue, sin duda, esencial para el advenimiento y la consolidación de la democracia en España, pero no fue ejemplar haciendo justicia y reparando a las víctimas, ni fue capaz de conciliar a los españoles con su propia historia.

“Españoles, Franco ha muerto”. Así anunciaba el presidente del Gobierno, Arias Navarro, el fallecimiento del dictador. 

No murió en el exilio, murió en su cama, en España. En la España que soportó su dictadura de corte fascista durante cuatro largas décadas.

Hasta el último de sus días fue, por la gracia de Dios, el caudillo y generalísimo de los ejércitos de aquella España Una, Grande y Libre. Pero ni España era una, ni era grande, salvo en la ignominia del último dictador de Europa, ni desde luego era libre: eso lo sabían muy bien los de la otra España, los que fueron ejecutados, los que perdieron sus vidas en las cárceles, los que tuvieron que salir de su patria y los que vivieron humillados y sin dignidad.

Cuarenta años después deberíamos ser capaces de enjuiciar con la severidad que se merece la anacrónica y cruel dictadura de Franco

Cuarenta años después de la muerte del dictador parece como si los españoles nos hubiéramos sumergido en el mítico río Leteo, del que se dice que quienes se bañaban en sus aguas perdían por completo la memoria. Es harto infrecuente que nuestros jóvenes estudien el período franquista. Generalmente, la historia de España se detiene en la guerra civil y de ahí salta al período de la transición que, como es sabido, se articuló sobre la base de dar por saldadas todas las cuentas con el pasado inmediato, o, lo que es lo mismo, no se depuraron responsabilidades, ni se reparó el daño causado a las víctimas, ni tan siquiera se condenó la brutal y anacrónica dictadura de Franco. Se quiso inútilmente borrar el pasado.

La transición fue, sin duda, esencial para el advenimiento y la consolidación de la democracia en España, pero no fue ejemplar haciendo justicia y reparando a las víctimas, ni fue capaz de conciliar a los españoles con su propia historia.

Cuarenta años después deberíamos ser capaces de enjuiciar con la severidad que se merece la anacrónica y cruel dictadura de Franco. Tendríamos que reparar a las víctimas y a sus familiares, en lo que aún nos sea posible. Y, desde luego, no deberíamos ocultar o tergiversar este negro episodio de la historia de España porque negar la historia es como negarnos a nosotros mismos además de condenar a la ignorancia a las generaciones que representan nuestra mejor esperanza de futuro.

Comentarios