viernes 24/9/21

¿Quién es el dueño de esta pocilga?

El problemón es que no hay sólo uno. Recordarán que no es la primera vez que digo que España se asemeja a una gran oveja a la que destacados próceres despedazan por cada una de sus patas. Cada cual tira en defensa de su interés, nunca del común, y la balada negra, la sintonía macabra y los lamentos del ovino, se escuchan ya en todo el mundo.

“Estoy hasta los cojones de todos nosotros”, ha dicho un diputado andaluz acerca de uno de los asuntos candentes e indecentes de la actualidad nacional. No importa cuál, hay tantos y tan mal sembrados que ustedes pueden aplicar la cita allá donde tengan por conveniente. La frase, que no es nueva (data de la Primera República), resume muy bien la boñiguera política. No hay badil para recoger tanto estiércol, no hay rastrillo para atropar tanta hez, no hay recipiente para enchiquerar tanto desecho, no hay prueba del algodón para borrar tanta mugre. En el peor momento hay quien abona y riega la indecencia y la traición contra el sentir ciudadano. Y justo cuando la salud pide árnica a gritos: tropelía de primer nivel.

Poderosos políticos, a proa y a popa; a babor y a estribor, pintan la cara de mierda a muchos que quieren servir a la cosa pública

Preguntar, como hizo William Munny, quién es el dueño de esta pocilga sería lo lógico. El problemón es que no hay sólo uno. Recordarán que no es la primera vez que digo que España se asemeja a una gran oveja a la que destacados próceres despedazan por cada una de sus patas. Cada cual tira en defensa de su interés, nunca del común, y la balada negra, la sintonía macabra y los lamentos del ovino, se escuchan ya en todo el mundo. Poderosos políticos, a proa y a popa; a babor y a estribor, pintan la cara de mierda a muchos que quieren servir a la cosa pública, trabajar a favor de la ciudadanía y cumplir el juramento legal y moral que se imponen cuando deciden representar a millones de personas. Pagan justos por pecadores, pero es lo que hay.

España es un maravilloso país porque también tiene una paciencia infinita, pero, como la lluvia fina de aquella novela de don Camilo, la injusticia, la falta de sensatez, la sonrisa floja y los comportamientos irresponsables de quienes debieran salvar la situación en el peor trance de la historia reciente, empapan de indignación a una colectividad que lleva un año con decenas de miles de muertos a sus espaldas. Mandamases que no han aprendido nada (tampoco quieren).

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