lunes 14/6/21

Los primos bastardos de Supermán

Ahí están los españolitos con su capa gilipollesca, con una ese líquida de Spain en la pechera como si fueran los hijos bastardos de Supermán. Enviados a la guerra contra el maléfico virus, cada uno por su cuenta.

De politicastro en politicastro y el ciudadano al charco. Es éste un axioma tan viejo como la historia de la Humanidad y, si no fuera porque en el fondo sólo hay falta de preparación, cierta dosis de idiotismo partidista y una creencia tan fría como la indecencia de que son intocables y tienen el riñón bien cubierto por una mano de grasa extraída del tuétano de la misma democracia, se diría que lo hacen con una infinita maldad. Póngale una corbata a un tipo con cuello de lagarto o un pañuelo de negro satén a cualquier lagarta y verán cómo mejoran en su butacón. Piensan, y bien, que el escaño es caño y, traguito a traguito, tacita a tacita, maman de los chorros del oro con una tráquea de inmensa profundidad. Siempre ha habido clases, fases y desfases.

Hay que magrearse poco, es decir, hacer el desamor, mantener la distancia de infidelidad y enfundarse de continuo un bozal

De haberlo sabido, Spielberg podría haber avanzado algo más de 40 años en el tiempo para rodar Encuentros en el tercer desfase. Esa película en la que por fin millones de españoles son los verdaderos protagonistas. Con cara de gilipollas e inmensamente contagiados, pero protagonistas por fin de una cinta encinta, preñada de trampas, sin remedio conocido y al albur de que el 13 negro de la ruleta del infortunio les entre o no pulmones abajo. Los responsables de la Cosa Púbica han hablado contra ello: hay que magrearse poco, es decir, hacer el desamor, mantener la distancia de infidelidad y enfundarse de continuo un bozal como el que lucen las vacas en los prados para hurtarles el verde.

Sobre la irresponsabilidad de miles o millones de ciudadanos, poco que decir sino abundar en que hay más tontos que margaritas y que en esa tesitura es cuando la política debe actuar a todos los efectos. No es así, quizá para aparentar que España es el país más democrático del mundo. Y ahí están los españolitos con su capa gilipollesca, con una ese líquida de Spain en la pechera como si fueran los hijos bastardos de Supermán. Enviados a la guerra contra el maléfico virus, cada uno por su cuenta (los políticos han vuelto muy morenos: será que somos unos putos envidiosos).

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