sábado 21/5/22

Un palo, dos palos, tres palos…

Los niños y adolescentes pasábamos como cándidos espectadores frente a la caja tonta, mientras los peligros de la calle estaban tras una esquina o al frente de una manifa.

Ustedes recordarán aquel programa para niños de los años 70 del siglo pasado: ‘Un globo, dos globos, tres globos’. Era cuando podíamos jugar sin el temor a que alguien viniera con una aguja. O eso nos gustaba creer. La aguja más peligrosa estaba en una jeringuilla y en el vinilo sonaba: “No montes ese caballo, va a pasar de la verdad, mira que su nombre es muerte y que te enganchará…”

Los niños y adolescentes pasábamos como cándidos espectadores frente a la caja tonta, mientras los peligros de la calle estaban tras una esquina o al frente de una manifa. Cosas de la Transición que a la mocedad actual le suenan a chino y no tienen muy en cuenta, porque ahora todo está en la red, donde se hacen amigos, buscas pareja, te tangan la pasta y aprendes a comisionar de maravilla. Para qué vas a estudiar si puedes comisionar. Es por ello que de lo globos hemos pasado a los palos: un palo, un millón; dos palos, dos millones; tres palos, tres millones… Y así hasta aprender todo un tratado de matemáticas puras para andar por la vida poniendo el esfuerzo en la parte contraria de la sabiduría: luego faltan buenos albañiles en la misma proporción que echaremos de menos en un futuro no muy lejano a buenos juristas o periodistas, por poner solo dos ejemplos cercanos, porque la constelación de mamarrachos crece hasta rondar la galaxia.

La juventud tiene frente a sí un anzuelo perverso: montar el caballo del dinero fácil

La juventud tiene frente a sí un anzuelo perverso: montar el caballo del dinero fácil. No debe manifestarse para conseguirlo, cree que lo encontrará tras cualquier esquina (en forma de comisión o bitcoin; uno solo es igual a 36.111,75 euros) y tirará las patas al Derecho romano, a la trigonometría y al Quijote, porque Cervantes no tenía parné, aunque sí un brazo inútil, y creen que Lepanto es la primera persona del presente de indicativo del verbo Lepantar.

¿Hay jóvenes preparados? Desde luego. Una pena que suelan irse a Londres o Berlín. Pero se quedan cada vez mejores comisionistas futuribles. Me acuso: yo, a su edad, siempre quise comisionar en chicles de colores.

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