martes. 05.07.2022

Más estupideces de lo normal

Lo malo de medrar de esta manera en la cosa pública es que la gente piensa que, en realidad, todos los políticos son iguales: mala gente

Los políticos llevan varios días de fiesta electoral y, en consecuencia, se oyen más estupideces de lo normal. Ya son muchas las incongruencias que el ciudadano debe soportar en escenarios de guerra fría, pero, en cuanto huele a urna en el ambiente, es como ponerles a determinados próceres un disco de jotas y unas castañuelas en las manos. ‘Tontus tuus’, y a danzar al ritmo de cualquier eslogan, siempre ideado por el más inepto de la manada.

Así que escucharán ustedes de todo. Y todo será malo. Asistirán a una orgia de lo nefasto y lo peor. Rifirrafe: la derecha se ha vuelto extrema y la izquierda también. El centro ha desaparecido y en determinadas esquinas solo quedan herrumbre y moho. Quien hable será Jesucristo y quien se oponga será un psicópata que quiere la destrucción de la sociedad tal y como la conocemos. Una consigna podría valer para cualquier partido: el quid de la cuestión radica en quién la inventa primero para que no pueda usarla el enemigo. Las viejas formas han mutado a tácticas de baja estofa: hay que estampar al rival contra la lona por la vía de cloroformo. La verdad es subjetiva y relativa, la verdad no importa.

En ausencia de verdad crece la maldad como la hierba retorcida. Lo malo de medrar de esta manera en la cosa pública es que la gente piensa que, en realidad, todos los políticos son iguales: mala gente. Personajillos que han venido a servirse y no a servir. Bultos sospechosos que te endilgan el impuesto y te quedas con lo puesto. El nivel es tan bajo, tan zafio, que quien sea capaz de devolver la dedicación pública a donde estaba podría acuñar su nombre en el Gobierno durante lustros.

La cesta de la compra con un agujero como el de la capa de ozono y la política con esos pelos. O tirándose de ellos, que es tanto peor. Sujetos disfrazados de abyectos comerciales de un producto caducado. Un producto que, en buena parte de los casos, ni siquiera existe. Publicitan sillones para repanchingarse ellos. Y los venden de lujo.
 

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