sábado 4/12/21

La aldea abandonada

Se habla de más de 3.000 pueblos deshabitados de los que apenas queda el recuerdo. Se ven ya como esculturas modeladas al capricho de la naturaleza entre el abandono de sus antiguos moradores, y el desinterés de nuestras instituciones.

Fue casi sin darnos cuenta, allá por finales de la década de los 50, prolongado durante todo final del siglo pasado, llegando hasta nuestros días cuando se consumó un nuevo éxodo, donde muchos pueblos se han ido diluyendo poco a poco, desapareciendo por toda nuestra geografía: aldeas, pueblos e incluso pequeñas villas que veían marchar a sus hijos para no volver nunca jamás. Se habla de más de 3.000 pueblos deshabitados de los que apenas queda el recuerdo. Se ven ya como esculturas modeladas al capricho de la naturaleza entre el abandono de sus antiguos moradores, y el desinterés de nuestras instituciones. Sólo algún excursionista perdido, o un familiar rememorando su pasado son testigos de esta nueva realidad, hay un mundo cambiante donde queda poco tiempo para el romanticismo.

Las luces de la ciudad atraen y deslumbran a la juventud y los mayores se van quedando solos, son los últimos del pueblo que pronto formará parte de esa estadística de lugares perdidos,  ya no van a tener relevo generacional nadie volverá a cosechar esos campos, a llevar el ganado al monte, a labrar esa tierra y cultivar el huerto ...  Caminos que se cierran, casas que se desmoronan,.. Estos lugares entrañables pasan a ser el envoltorio de tantos recuerdos de nuestros mayores, rincón de añoranzas de tiempos pasados mejores, donde un día, no hace tanto, la vida fluía entre las labores del campo y la alegría de sus gentes.

Sólo algún excursionista perdido, o un familiar rememorando su pasado son testigos de esta nueva realidad

Ya nadie gasta sus recursos en reparar esas casas de pueblo aquejadas del mal del abandono, donde el silencio y la soledad caminan de la mano de unos arbustos y hierbas que crecen entre sus piedras, con el corazón roto y el tejado hundido, allí al fondo donde antes se oía el sonido de carros, e incluso se escucharon en algunos casos el rugir del motor de un tractor, donde los perros ladraban a los extraños, ahora va desapareciendo engullida por una vegetación que la abraza y acoge en su seno.

"Hoy dista mucho de ayer, ayer es nunca jamás", decía el poeta, y eso deben pensar los responsables políticos que miden sus aportaciones y subvenciones por los votos que les pueden repercutir, y hasta que las piedras no tengan derecho voto,  o a las ranas de las charcas cercanas les crezca pelo y se peinen con raya al medio, para esas casas de la aldea no habrá recurso alguno. En una sociedad donde la rentabilidad es dogma de fe, y sólo es rentable aquello que a corto plazo produce frutos, poco se puede esperar. Ahora, en algunos casos, es más fácil comprar un pueblo entero que una vivienda digna en la ciudad, aunque la vida, lo saben muy bien nuestros mayores, da muchas vueltas y lo que hoy es imposible, mañana quien sabe. A la casa de la aldea la ha partido el corazón el rayo de la indiferencia, la huída a conquistar nuevos mundos, la tempestad de la rentabilidad, y la dejadez de todos.

Es cierto que hay un España que se vacía, y otra que se masifica y no la oye

Es cierto que hay un España que se vacía, y otra que se masifica y no la oye, ello hace que también los recursos, los servicios, las infraestructuras, el propio progreso vaya sólo en esa dirección, donde va Vicente... Actualmente no es ni rentable llevar el pan y la fruta, esos pueblos mueren de inanición, de falta de todo los básico, tienen que volver a la cultura de la autosuficiencia, donde a 100 Kms lo tienen todo a mano.

Es necesario un plan que ayude a no dejar desiertos nuestros pueblos, una racionalización y aprovechamiento de los recursos, un desarrollo sostenible. Para aquellas segundas viviendas que se construyen destruyendo nuestra costa y espacios naturales, quizás la alternativa puede ser la rehabilitación de nuestras aldeas, y así que los urbanistas descubran un nuevo mundo seductor y fabuloso,  nuestro campo.

Ahora que el verano nos permite acercarnos allí donde tenemos nuestras raíces, a esa pequeña aldea de un pueblo perdido. Muchos somos los testigos de su desaparición, la tristeza y melancolía por lo que fue y ya apenas podemos contemplar. En mi caso los recuerdos están entre un bosque de castaños, pero vivo en la ciudad, siento que la he traicionado, aunque mi corazón siempre estará en aquella pequeña aldea donde  nací.

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