lunes 6/12/21

Método científico & magia popular

Da igual que los expertos expliquen que hemos doblado nuestra esperanza de vida gracias al método científico. La necesidad humana de creer en lo no probado, en lo mágico, en lo improbable y hasta en lo imposible, siempre que venga pintado de “energías positivas o negativas”, se acaba imponiendo.

Tengo que admitirlo, a estas alturas de la vida, soy un descreído. Peor aún, soy un cínico. Tras décadas resistiendo el cruel empuje del ego y esa suerte de exhibicionismo que, indefectiblemente, impregna a todo periodista que se precie, incluso al que trabaja barato o gratis, tan común por otra parte, me he decidido a romper mi silencio personal, aunque de forma bien cobarde, detrás de un seudónimo que, espero, me proteja de las críticas de mis amigos, las únicas que a estas alturas me hacen mella. En los tiempos del exhibicionismo descontrolado, cuando los viajes de mis amigos, sus compras, sus programas de tv favoritos y hasta sus reflexiones sesudas y prestadas de un lama tibetano sobre el amor, la amistad y la vida son carne de escaparate impúdico gracias a algunas redes sociales, quiero refugiarme en el anonimato del seudónimo que tanta libertad, siempre con respeto, me concede.

Siempre hay diferencias, porque el igualitarismo, además de ser anticapitalista, no reconoce nuestros grandes valores.

Hoy me interesa desahogarme con un tema que poco tiene que ver con la fractura territorial de España, o mejor dicho, con la ruptura de esa ilusión que los psicólogos definen como “pertenencia de grupo” que era nuestro país hasta hace bien poco, siempre que mantuviéramos los privilegios históricos de unos pocos y, ya de paso, el atraso secular de otros. Siempre hay diferencias, porque el igualitarismo, además de ser anticapitalista, no reconoce nuestros grandes valores, que por cierto no nacen de nuestra capacidad, sino del terruño donde nacimos o vivimos o de si nuestra bandera tiene dos o tres barras. Y ya que nos ha sido dado ese privilegio, ¿por qué narices tenemos que compartir nuestra fortuna histórica, hoy fiscal, con los holgazanes del sur, o del este o del oeste?.

Pero no quiero perderme en las tierras movedizas (salvo en Moncloa) de la política emocional, sino reflexionar sobre un asunto concreto que me preocupa, aprovechando que mis propios privilegios de casta profesional me permiten expresar mi cínica y además sarcástica opinión en un medio de prestigio como éste. (sic).

El asunto es que, cuando el médico especialista le receta a mi madre (es sólo un ejemplo, mamá) dos fármacos que han superado el exigente método científico, e incluso el revisionismo permanente de Popper, para tratar su dolor reumático, mi progenitora se niega, porque “no quiero tomar más química”. Entonces la vecina del quinto le propone una mejor solución para su problema: “Una infusión de tomillo, un chorro de limón, una cucharadita de propóleo de las abejas, otra de té de menta y un trozo de jengibre. Lo dejas una noche al raso y luego te lo tomas en ayunas y con mucha fe”. Y mi madre no tiene ninguna duda, este es el remedio popular e infalible que va a curar su dolor reumatoide, y no la “química” de los laboratorios farmacéuticos.

Al final resulta que los nacionalismos excluyentes se parecen mucho a la fórmula mágica de la vecina del quinto: Mucha fe y poco método científico.

La magia, ancestral, atávica, basada en la fe de lo que no vemos, sigue entre nosotros. Da igual que los expertos expliquen que hemos doblado nuestra esperanza de vida gracias al método científico. O que las vacunas son el avance más importante de la humanidad, a pesar de la opinión ignorante y cuasi religiosa de un puñado de actrices de Hollywood- ¿han estudiado algo más que interpretación? ¿Han estudiado algo?-. Parece inevitable: La necesidad humana de creer en lo no probado, en lo mágico, en lo improbable y hasta en lo imposible, siempre que venga pintado de “energías positivas o negativas”, se acaba imponiendo.

Las religiones, es decir, sus impulsores, conocen muy bien esa debilidad humana, y por eso la han utilizado, y la siguen utilizando, para el control político de las masas. Hoy, los fabricantes de ilusión o miedos, intentan monetizar este campo de lo invisible, con sus cartas de tarot, sus influencias de planetas lejanos o sus productos milagrosos que hacen desaparecer las arrugas en 30 segundos. Ni siquiera tienen que demostrarlo, simplemente echan mano de esa fe ciega que todos tenemos a la hora de creernos hasta lo más increíble y sin ninguna prueba.

Otro día, si me dejan después de este bodrio (los visitantes únicos dixit), hablaremos de la homeopatía, mi tema preferido.

Al final resulta que los nacionalismos excluyentes se parecen mucho a la fórmula mágica de la vecina del quinto: Mucha fe y poco método científico. Y eso que no quería hablar de política…

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